Cartas al director
El Ejército de los muertos y la guerra de los vivos
«¿De qué mejor manera puede morir un hombre que afrontando su terrible destino defendiendo las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses?» se preguntaba el legendario Horacio Cocles cuando, durante la batalla del puente Sublicio (507 a.C), se vio protegiendo en soledad el puente que daba acceso a Roma. Su ejemplo, vinculaba la admirable dignidad del sacrificio con el arraigo a un suelo sacralizado por quienes descansaban en él y por las obras que en vida levantaron.
El valor de la idea no ha disminuido ni siquiera en una sociedad posheroica como la de la España del siglo XXI. De hecho, en 2014, un reputado periodista nacional afirmaba que «Gibraltar nunca será español» en la medida en que los británicos siguen honrando allí un camposanto en el que reposan parte de los restos de la batalla de Trafalgar (1805) y otras coetáneas de los tiempos del salitre, el viento y la pólvora. Por contra, en 2021, España exhumó los cementerios de Vélez de la Gomera y Alhucemas bajo estrictas razones de conservación y trasladó los restos hallados en las plazas –entre ellos, de soldados españoles de siglos precedentes– a la próxima Melilla. Aunque la acción no admite reproche razonable alguno, deterioró el testimonio más sagrado de la ancestral presencia de España en unas plazas en las que también hoy se cuestiona su continuidad.
Es cierto que una simple idea no va a conservar las plazas españolas del norte de África que, junto a Ceuta y Melilla, son reclamadas por Marruecos. Pero tampoco debemos disminuir su importancia. Al fin y al cabo, si pensamos en los mayores actos de resistencia de la historia, no podemos olvidar que todos ellos se fundamentaron en la dignidad contenida en una idea.