04 de julio de 2022

en primera líneaRafael puyol

Tenemos que trabajar más años

El mercado laboral no es algo estanco y cerrado en el que debe existir una distribución equitativa de los puestos de trabajo en función de criterios como el sexo o la edad

Los trabajadores séniores suponen en la actualidad el 20 por ciento de la población ocupada en España, un volumen aún reducido que está creciendo y todavía lo hará más en el futuro debido a un doble proceso: la caída de la natalidad y la consiguiente reducción de jóvenes activos y el aumento de la longevidad que multiplica el volumen de «mayores» ocupados. Esta evolución va a ser un proceso inevitable e imparable, pero no va a ser sencillo, ni fácil porque la presencia de gentes «de edad» en el mercado de trabajo se enfrenta a obstáculos entorpecedores y a vacíos limitantes. Permítanme presentar algunos de los impedimentos y señalar ciertas carencias que rinden difícil el camino de la «silverización» de la actividad laboral.
En el debe del proceso se sitúan, ante todo, las visiones deformadas sobre los trabajadores séniores causadas por todo un conjunto de mitos, prejuicios, falsas percepciones o estereotipos que conforman una actitud descalificadora de sus aptitudes para el trabajo. Los argumentos defienden que a partir de una determinada edad no resulta conveniente la actividad de los mayores porque se reduce su productividad, decae su ilusión, se resiente su salud, no «están al día» y restan empleos a los jóvenes. Se trata de lo que en un artículo anterior llamaba el edadismo laboral que no tiene fundamento, ni justificación.
Ilustración: Jubilación

Ilustración: JubilaciónLu Tolstova

La encuesta de salud, envejecimiento y jubilación (SHARE, por sus siglas en inglés) realizada en 27 países de Europa desde 2004 viene a poner en solfa muchos de los mitos relativos al impacto del envejecimiento sobre la economía. El sondeo permite comprobar la incongruencia de ciertas afirmaciones sobre temas como la productividad, la influencia negativa del trabajo sénior sobre el de los jóvenes o la salud. La productividad no se reduce de manera significativa entre los trabajadores mayores e incluso en algunos casos experimenta un leve crecimiento a medida que se envejece. Los conocimientos, la experiencia o la capacidad relacional aumentan con la edad y sus efectos mejoran la cuenta de resultados. Por otro lado, hay una cierta relación entre las tasas de ocupación de los séniores y la de los júniores en el sentido de que cuanto mayores son las primeras, más altas resultan las otras. El caso de los países nórdicos ejemplifica esta situación. Además hay suficientes evidencias de que jubilarse no mejora la salud, sino que puede empeorarla. También hay abundancia de trabajos empíricos que prueban que la motivación para el empleo no depende de la edad, sino mucho más del tipo de trabajo o de las condiciones bajo las que se realiza. Por último, frente a los otros argumentos de minusvaloración o inconveniencia del trabajo sénior –la falta de preparación o el elevado coste– hay respuestas sencillas. Existen pocas empresas (al menos en España) con programas de recapacitación para los activos de edad y poca oferta de trabajos parciales con reducción de sueldo. Y me consta que son muchos los que recibirían esa formación con satisfacción y aprovechamiento y muchos también los dispuestos a percibir sueldos más bajos por jornadas menos intensas.
Y ¿qué se necesita para que haya más ocupados mayores y su actividad sea más eficaz? Intensificar y mejorar el trabajo sénior exige una acción conjunta de los cuatro grandes interlocutores del mercado laboral: la administración, los sindicatos, las empresas y los propios trabajadores. La administración no debería impedir la actividad de los que quieran seguir trabajando y tengan capacidad para ello. La jubilación es un derecho, pero no debería ser una obligación. También sería conveniente mejorar las condiciones de la llamada jubilación activa y endurecer más las salidas tempranas del trabajo que en algunos casos resultan escandalosas. Los sindicatos no deberían impedir estas medidas porque los argumentos en los que se apoyan no son ciertos. El mercado laboral no es algo estanco y cerrado en el que debe existir una distribución equitativa de los puestos de trabajo en función de criterios como el sexo o la edad. Es algo dinámico, fluido, líquido en donde el incremento de un sector de trabajadores no tiene por qué suponer la disminución de otros. Las empresas tendrán que definir acciones para que la actividad de los séniores se realice con las condiciones de satisfacción y productividad adecuadas. Y los mayores activos han de tomar conciencia de que con esperanzas al nacer cercanas a los 90 años tienen que plantearse periodos laborales más largos. No tiene sentido que la ociosidad tras la jubilación sea más larga que la propia vida activa.
  • Rafael Puyol es presidente de UNIR
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