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31 de mayo de 2023

En primera líneaRafael Puyol

La natalidad en España (II): la opinión de las mujeres

Nuestra baja fecundidad no se deriva de un rechazo por parte de las madres o los padres potenciales a tener hijos o a concebir solo uno, sino a la existencia de una serie de obstáculos que les impide realizar dos grandes pretensiones: la de concebir al menos dos hijos y la de tenerlos antes

Actualizada 09:55

En todos los acontecimientos siempre es importante escuchar la voz de sus protagonistas. Esto es lo que pretenden hacer las encuestas sobre la fecundidad que, más allá de los datos puramente estadísticos, reflejan la opinión de las mujeres (y también de los hombres) sobre la maternidad. La última es del año 2018 y recoge las reflexiones de quienes entonces tenían entre 18 y 55 años. Los datos obtenidos resultan de gran interés por dos motivos esenciales: porque refrendan algunas de las cifras sobre la natalidad de las estadísticas ordinarias y porque ofrecen algunos juicios a tener muy presentes si queremos cambiar la preocupante deriva de esta variable demográfica.
En mi artículo anterior destacaba como factor esencial de las bajas cifras de nacimientos, la edad tardía con la que se producen los alumbramientos. El dato de la encuesta es demoledor: el 88 por ciento de todas las mujeres entre 18 y 30 años no ha tenido (todavía) hijos. En esta natalidad tardía influye sobre todo el comportamiento de las madres españolas. Las mujeres de nacionalidad extranjera, que en términos relativos tienen más hijos que las españolas a todas las edades, alumbran a sus vástagos con menos años, si bien suponen una proporción limitada de todas las mujeres en edad fértil. La mayoría de los nacimientos se concentran hoy entre los 30 y los 39 años, de tal manera que no nos puede extrañar que antes de la treintena más del 80 por ciento de las mujeres españolas no sean madres aún, frente al solo 55 por ciento de las extranjeras. Claro está: hijos más tempranos significa a la larga más hijos y alumbramientos más tardíos un menor tamaño familiar. La encuesta recoge también los motivos aducidos por las progenitoras para retrasar su maternidad. Son razones genéricas de tipo económico o laboral como el fuerte desempleo juvenil, la inseguridad en el trabajo, los bajos sueldos y las jornadas u horarios que no favorecen desarrollar una actividad y atender a los hijos. Sin esas circunstancias limitantes la maternidad podría ser más temprana. Las mujeres españolas consideran que han tenido su primer vástago (32 años) unos 5 años más tarde de lo que les habría gustado, opinión que comparten más de la mitad de los hombres de 40 a 55 años, de tal manera que si ese deseo pudiera hacerse realidad habría más nacimientos.
Natalidad

Lu Tolstova

El argumento está avalado por otra información de la encuesta que me parece de especial relevancia: la manifestación de un elevado número de mujeres de querer tener más hijos de los que realmente dan a luz. Solo un 15 por ciento de las mayores de 40 años confiesan no desear tener ninguno, alrededor de un 13 por ciento se sienten satisfechas con uno y el resto –72 por ciento– les gustaría tener dos. Si el índice de fecundidad está en 1,2 hijos por mujer que se traduce en un volumen de niños al año de 340.000, imagínense los que podríamos sumar a nuestro censo si ese anhelo, que por cierto comparten los varones y que está presente en todas las comunidades, pudiera hacerse realidad. La pregunta, entonces, es: ¿por qué no se cumple ese deseo? ¿Qué es lo que provoca el desequilibrio entre los hechos y las aspiraciones? Las respuestas de las madres potenciales vuelven a ser rotundas. Entre las mujeres sin hijos se insiste en los motivos económicos o laborales: además de la falta de empleos y su precariedad, en las mayores dificultades de las madres para encontrar trabajo, en la ampliación de la brecha laboral a partir de la maternidad y en la incertidumbre sobre el futuro. Si a estos factores les añadimos el reducidísimo apoyo institucional para la crianza y educación inicial de los hijos y la falta de una verdadera política de conciliación de la vida laboral y familiar, tenemos los factores esenciales de la maltrecha situación de la natalidad en España.
Así pues, nuestra baja fecundidad no se deriva de un rechazo por parte de las madres o los padres potenciales a tener hijos o a concebir solo uno, sino a la existencia de una serie de obstáculos que les impiden realizar dos grandes pretensiones: la de concebir al menos dos hijos y la de tenerlos antes, lo que facilitaría el cumplimiento de la primera aspiración.
Ante esta realidad el gran interrogante es: ¿qué habría que hacer para que muchos de los matrimonios y las parejas españolas pudieran alcanzar el tamaño familiar deseado? Abordaré esta cuestión en mi próximo artículo.
  • Rafael Puyol es presidente de UNIR
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