29 de junio de 2022

En Primera LíneaJuan Van-Halen

El Rey, ciudadano libre

Ambos Reyes, padre e hijo, saben que su deber supone un penoso equilibrio emocional y la defensa de un bien superior: la Monarquía. No caerán en trampas predecibles

En uno de los innumerables –y a menudo prescindibles– videos de autores desconocidos que me llegan al móvil figuraban algunos en los que muchachos, que deberían estar culminando la enseñanza media, no sabían responder a preguntas elementales sobre la historia de España. No ubicaban y sólo les sonaban, o ni eso, el Cid, Elcano, Goya, Alfonso XII, Machado… De la Segunda República no tenían ni idea –lo siento por Sánchez y la tropilla republicana–, no situaban la época de la Guerra Civil, y uno de ellos citó a Franco cuando le preguntaron por el Gran Capitán. Al preguntar a un muchachito por Ortega y Gasset aseguró que era el padre de Ortega Cano, grave revés para los adversarios de la fiesta nacional porque al menos aquel chico sabía el nombre de un torero. La Ley Celaá no tendrá que esforzarse mucho en su interés por expulsar la historia de las aulas.
Resulta preocupante como síntoma. Parece que no hay interés por lo que no se ha vivido. Sobre la Generación del 27, una jovencita dijo que cómo iba a saber algo sobre el 27 si estábamos en el 22. Eso es lo que ocurre respecto a la Transición con ciertos políticos que padecemos: no la vivieron y no la valoran. No saben o no quieren saber cómo se vivió aquella etapa singular y modélica de nuestra historia. Es como si para valorar a Lope o a Quevedo hubiese que haber compartido con ellos una jarra de vino. El pasado no es importante salvo las páginas de la historia que, manipulada y machaconamente, se salvan desde el maniqueísmo de los nuevos inquisidores. La llamada memoria histórica, nombre impropio como denunció Gustavo Bueno, es una historia con demasiadas tachaduras, con tramos de sombra, con falsedades para engañar a mediocres, nacida de unos listillos alzados en el corro de indigentes intelectuales.
Le ha dado alguna vuelta a esta tremenda realidad ante ciertas reacciones relativas al regreso a España de Juan Carlos I, el Rey padre –prescindo de la repetida cursilería de llamarle Rey emérito– que cuando aparezcan estas líneas probablemente ya estará en Madrid tras una breve estancia en Sangenjo –lo escribo así porque utilizo el idioma castellano y no el gallego, igual que no escribo London o New York, lo que supondría una memez–. Don Juan Carlos tiene establecida su residencia en Abu Dabi y allí regresará, pero es libre de viajar a donde quiera porque es un ciudadano con los derechos que amparan a los españoles. Tras dos años de residir fuera de España, a merced de la artillería de los medios engrasados por el poder político, y con las fauces de la Fiscalía General del Estado acechando, el Rey padre no tiene ninguna cuenta pendiente ni reclamación alguna en España.
España

Lu Tolstova

Contra Don Juan Carlos se ha seguido un acoso inmoral, injusto y vergonzoso desde una izquierda cobarde, vendida al extremismo y a los enemigos de España, a cambio de la permanencia de Sánchez en la Moncloa. Cuando Sánchez se atrevió a pedir públicamente explicaciones al Rey Padre invocando su necesaria ejemplaridad, cualquier español se quedaría asombrado del cinismo. ¿Y en su alta magistratura, la segunda del Estado, él no debería ser ejemplar? Ni es ejemplar ni es transparente.
El canciller austriaco, Sebastian Kurz, dimitió el año pasado tras la acusación de sufragar con dinero público unas encuestas favorables a su partido. Nosotros somos más finos, pero el CIS del socialista Tezanos, sufragado en su totalidad con dinero público, se ha hecho famoso por la desviación casera de sus encuestas. Por no recordar las tres dimisiones de ministros alemanes por haber utilizado el «corta y pega» en algunas partes de sus tesis doctorales. El ministro de Defensa, Theodor zu Guttenberg, en 2011, la ministra de Educación y Ciencia, Annette Schavan, en 2013, y la ministra de Familia, Franziska Giffey, en 2021. La actual presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, estuvo a punto de dimitir en 2015 como ministra de Defensa al denunciar su Universidad «lagunas evidentes» de su tesis en la atribución de referencias.
Ante acusaciones similares de plagio o «corta y pega», incluso tras el desliz vengativo de algún exministro que se atribuyó parte de la autoría, el señalado, Sánchez, no dio explicación alguna. Sencillamente no dijo ni pío. Pero ahora Sánchez pide explicaciones a Don Juan Carlos que, sin cuenta alguna pendiente, no tiene nada que explicar. Sus asuntos privados son temas de familia más o menos estéticos, los económicos los cerró con Hacienda, y los judiciales quedaron en nada. ¿Qué ha de explicar? Resulta chocante la estupidez de que habría cobrado comisiones de Arabia Saudita por el AVE a La Meca. Sería el primer caso en que las comisiones las paga quien encarga el trabajo y no el adjudicatario. Y sobre la donación del Rey de Arabia Saudita a Don Juan Carlos, suele entenderse desde un desconocimiento supino. Para el Rey saudí es calderilla.
Que el Gobierno social-comunista y sus aliados independentistas y filoetarras reabran una guerrita contra el Rey padre encubre su diana: la Monarquía y el Rey Felipe VI. Ambos Reyes, padre e hijo, saben que su deber supone un penoso equilibrio emocional y la defensa de un bien superior: la Monarquía. No caerán en trampas predecibles. Pero es una vergüenza nacional que la Moncloa juegue con la verdad, la realidad y la historia. Es la contradicción de proclamar que defiende la Constitución y gobernar gracias a quienes tienen como objetivo acabar con ella. Espiar a quienes suplica. Mientras, ciertos medios de comunicación y tertulianos bien engrasados seguirán dando el espectáculo, aunque ya no engañen a nadie. Se sabe quién llena sus bolsillos y para qué. Por muchas portadas que dediquen a asuntos de hace muchos años, olvidando lo que afecta a los que sirve. Un patio de Monipodio lleno de mangantes.
  • Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando
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