La agonía del Derecho
Menéndez insiste en esas últimas opiniones «En resumen, la democracia representativa, a la que debemos los mejores frutos de la historia, se quiere sustituir por la llamada democracia participativa que no es ni lo uno ni lo otro»
Es el preocupante título del reciente discurso de ingreso de Adolfo Menéndez como académico de honor en la Real Academia Asturiana de Jurisprudencia. Menéndez es abogado del Estado, profesor y tratadista sobre el Derecho en libros relevantes, al que tentó la política: fue subsecretario de Defensa y de Fomento en gobiernos de Aznar. Es secretario general de la Fundación Princesa de Asturias y presidente de la Asociación Atlántica Española.
Menéndez aborda el enfrentamiento entre Poder y Derecho, tan actual. Previamente, había declarado que vivimos «una embestida general contra el imperio de la ley». Una de sus primeras observaciones: «Sin Derecho no hay libertad, sin libertad no hay economía de mercado, sin economía de mercado no hay crecimiento material, y sin crecimiento económico no hay justicia distributiva posible, porque obviamente para distribuir riqueza primero hay que crearla», manifestando: «Lo jurídico y lo justo no siempre coinciden», pero «sin lo jurídico claudica la esperanza de lo justo, porque solo el Derecho es capaz de construir las relaciones y los procedimientos que fundan esa esperanza, en torno a los tres preceptos básicos de Ulpiano: vivir honestamente, no dañar a los demás, y dar a cada uno lo suyo». Preceptos lesionados a menudo en nuestro tiempo.
Considera el jurista: «Fuera del Derecho preponderarán siempre la fuerza bruta sobre la razón y el fuerte sobre el débil. Por eso la agonía del Derecho, la permanente contienda entre el Poder y el Derecho, es un asunto trascendental». De ahí que «el incumplimiento de la ley en las sociedades democráticas, incluso su mero manoseo, entraña un fraudulento escarnio y violación de lo previamente acordado, es faltar a la palabra dada». Y cita a José Castillejo, secretario de la histórica Junta de Ampliación de Estudios: «Un grupo de hombres a la cabeza del Estado puede mentir, hacer trampas, cometer perjurio, dar rienda suelta a su crueldad, y hacer justamente lo contrario de lo que ellos exigen a los demás» y «La vida ha evolucionado en la creencia de que los hombres actúan normalmente dentro de ciertos cánones universales, como cumplir las promesas, ser veraces…» Miremos alrededor.
Sobre la división de poderes, Menéndez recuerda: «aunque lamentablemente hayan intentado condicionarla o destruirla de mil maneras», y destaca la necesidad de «una justicia independiente». Citando a Steiner, asume: «Estamos completamente rodeados de un nuevo analfabetismo, el de los que pueden leer palabras ásperas y palabras de odio y de relumbrón, pero que son incapaces de comprender palabras como democracia, derecho, ley o justicia». Acaso por ello nuestro jurista advierte: «Conocemos por experiencia lo fácilmente que podemos caer en las garras de una indeseada e indeseable tiranía», y puntualiza su advertencia: «Negar el valor de la ley democrática y entregar candorosamente nuestra libertad a la voluntad y las ocurrencias del primer codicioso líder visionario que aparezca por el horizonte, fingiendo falsa originalidad innovadora con falso desinterés y prodigalidad». Es acaso nuestro mayor error como ciudadanos. Y lo estamos pagando.
Menéndez se refiere a quienes proclaman con insistencia que nuestra democracia y nuestro Estado de derecho «son estructuralmente deficientes, que no son tan sólidos como demuestran ser cada día, sino que padecen una malformación congénita insuperable, que realmente solo está en la cabeza de nuestros enemigos, es decir, de los enemigos de la libertad». Como causas contemporáneas del acoso al Derecho, cita: «el totalitarismo económico, el arriesgado desgobierno de la tecnología, las frustraciones generadas por las secuelas de la globalización, y el deterioro, cuando no la ausencia, de una elemental ética social».
El jurista aborda el protagonismo negativo de la propaganda: esa «convicción compartida por dos activistas, hipotéticamente contrapuestos, y coincidentemente perniciosos, como lo fueron Lenin y Goebbels, conforme a la cual repetir mil veces una mentira la transforma en una verdad asumida y, lo que es peor, asumible» por «los devastadores efectos de la propaganda perversa (…) entre las prédicas tecnoevangelistas que pueden conducir al pantano de las redes sociales y la desinformación». Inevitablemente, pensamos en Sánchez, que no dice una verdad ni proponiéndoselo y apuesta por la propaganda desterrando la información veraz.
Sobre otro tema fundamental aclara: «Está claro que resulta imprescindible restaurar nuestra deteriorada ética social», y se refiere al cumplimiento de las normas como «señal de probidad, honradez y reputación personal. Administrativa o comercial». Apunta: «No puede ser lo mismo delinquir que cumplir la ley; no es lo mismo comprometerse con el interés general que perturbar la convivencia al servicio de tal o cual interés particular». Y denuncia ciertas actitudes: «Se concede inmunidad a los correligionarios y se sacrifica a los demás por desafecto», «se utiliza a las instituciones en forma destructiva y completamente ajena a su naturaleza» o «se ataca la libertad de expresión». ¿Les suena? Es el panorama que presenta nuestra realidad nacional.
Menéndez insiste en esas últimas opiniones «En resumen, la democracia representativa, a la que debemos los mejores frutos de la historia, se quiere sustituir por la llamada democracia participativa, que no es ni lo uno ni lo otro». Y concluye la idea: «Todos esos son motivos de preocupación y razones para defender siempre el imperio de la ley».
El discurso académico de mi admirado Adolfo Menéndez, del que he abusado en este artículo porque sobra apostillarlo, es una contundente y elegante visión de lo que ocurre. De lo que nos ocurre. Y, en definitiva, una denuncia. Ojalá esa agonía del Derecho en la pugna con el Poder la ganen las leyes y no sus burladores. Ganaremos todos.
- Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando