Santi Atascal y la extrema inmadura (II)
De los gobiernos autonómicos donde han estado se van precisamente por eso, porque no saben administrar la normalidad, y regresan de nuevo, río arriba –se echan al monte– en busca de la zozobra (los votos), único lugar en el que son habilidosos
El resultado de la votación de investidura de Guardiola se veía venir; estaba cantado. La especialidad de los que han votado «no» es mantener las aguas de España revueltas y hacer aún más alto el «muro de las crispaciones» que sabemos, hoy con certeza, que al alimón construyen. En eso comparten habilidades: unos van poniendo ladrillos en la cara este y los otros trabajan la cara oeste. Así se retroalimentan, porque les interesan esas aguas revueltas y ese muro cada vez más talludo. El caso es que no falten borrascas ni palés de ladrillos que vayan acreciendo el muro tan bien sugestionado; perdón, tan bien construido.
De esta manera, los españoles acabamos votando con las entrañas de las emociones, activadas por el cerebro reptiliano, –¿se acuerdan?–. Aparcamos la razón en la lúgubre planta menos tres de un parking subterráneo, donde los mismos «currelas» se han encargado diligentemente de desatornillar los libertadores carteles que la salida indican.
Ahí abajo, todo es negro.
Dicen algunos que las cuadrillas este-oeste, en ocasiones, comparten hoy el almuerzo, bocadillo y bota de vino incluidos. Como les digo, se retroalimentan: los extremos se tocan y estos días, ya sin rubor, se han hecho la foto del almuerzo. Esa foto no creo que a Vox le salga gratis, el plumero se ha «revelado» con ella. En Aragón, el plumaje volverá y tendremos de nuevo abrazadas a las cuadrillas en una foto idéntica.
A don Santiago, nuestro Cid Campeador –a su barbero propongo para el Goya al mejor maquillaje y peluquería–, se le dan muy bien los deportes de riesgo. En ese escenario, su imagen, bien estudiada, le otorga cierta ventaja. Más que a caballo (es un amateur) me lo imagino deslizándose por un río de curso alto y torrencial de montaña, con impetuosa pendiente y corriente llena de rápidos. Ahí maneja su canoa verde con habilidades asombrosas en un descenso digno de medalla olímpica. Sabemos que los ríos van a dar a la mar.
Es en la desembocadura donde alternan las aguas dulces y saladas, donde unas suceden a otras, recíproca y repetidamente: es la alternancia, como en la política. Y es ahí, en la quietud de la desembocadura, en el «morir» intrínseco a la alternancia, donde los que «nacen» (cambio de Gobierno) reflexionan: es tiempo de introspección, altura de miras, cesiones y acuerdos. En ese lugar donde las aguas se juntan la canoa del Campeador, medalla de oro en la zozobra, misteriosamente colapsa y se da la vuelta. Tiene explicación: no saben remar la calma, la quietud y el reposo que el logos proporciona, y es, en ese contexto, donde la canoa del acuerdo vuelca. De los gobiernos autonómicos donde han estado se van precisamente por eso, porque no saben administrar la normalidad, y regresan de nuevo, río arriba –se echan al monte– en busca de la zozobra (los votos), único lugar en el que son habilidosos. Podríamos decir, en frase lapidaria, que quienes prosperan en el caos carecen de las herramientas necesarias para gobernar la normalidad.
A lo anterior hay que sumar que a Vox le aterrorizan los pactos con el PP, pues tienen metido a fuego en la cabeza el recuerdo de aquel pacto de 1989, bautizado entonces como el del «abrazo del oso», suscrito entre un PP todavía de Fraga y el CDS de Suárez, que llevó, en junio de 1989, a Rodríguez Sahagún a la Alcaldía de Madrid. En las elecciones generales de octubre de ese mismo año, con Aznar ya como candidato a la presidencia, el CDS perdió 5 escaños –pasó de 19 a 14– y ahí empezó su declive.
Esta imagen de deportista de riesgo disfrazado de Rodrigo Díaz de Vivar es, a mi juicio, la que cautiva a tantos jóvenes, por naturaleza algo desaprensivos e irreflexivos.
El PP tiene a sus espaldas varias «desembocaduras». Poco río queda hoy ya, la alta montaña cada vez está más lejos y el mar, más cerca. Feijóo se maneja bien río arriba y río abajo, y por eso, llegará al mar de la Moncloa.
En Aragón la canoa de Vox volcará nuevamente y justificarán el naufragio con las mismas huecas palabrerías; ajenos –o no, que diría Rajoy– a que la culpa la tiene solo el peluquero, o sea, la cosmética.
- Pablo Calvo-Sotelo es abogado