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16 de junio de 2024

En primera líneaPablo Calvo-Sotelo

Héroes cotidianos

La política ha sido compleja siempre, hoy quizá más, con populismos a un lado y a otro y con un exceso de canales y de información próvidos con la manipulación, las medias verdades y los cuentos chinos, tan difíciles de digerir

Actualizada 00:30

Manuel Fraga fue el primer político de la democracia que llevó la cesta de la compra a la tribuna del Congreso. En sus discursos parlamentarios entrelazados con complejas cuestiones de Estado, tan pronto aparecía el kilo de garbanzos como las frutas y hortalizas. Tenía don Manuel en la cabeza el Estado y la sensibilidad de los paisanos de su Villalba natal. En Galicia no hay mayor halago para un forastero caído por esas tierras que de él digan que se comporta como un paisano más. Eso significa del forastero estar pegado al terreno, tener capacidad de adaptación y entender dónde está, actuando con agudeza, oportunidad y sensatez para formar juicio. Circunspección, mucha circunspección, hasta llegar a confundirse con paisaje y paisanaje. Fraga tenía esa intuición. Como dice mi amigo Dani Vega, alcalde de Ribadeo, eligió a Feijóo como sucesor porque vio en él muchas de las virtudes del buen paisano. Dani también las tiene.

Hoy quiero traer a esta columna la cesta de la compra y contar tres sucedidos de gente corriente, héroes cotidianos sin capa ni superpoderes, que saben mejor que nadie cómo está el patio.

La primera de las historias transcurre en un supermercado de esos enormes en los que algunas empleadas, para no aburrirse, se dedican al patinaje artístico admirando al desprevenido cliente que se mueve cauto por la pista en busca de productos que, se conoce, también viajan porque nunca están en el mismo sitio. Ya decía Heráclito, la vida es movimiento. Pues bien, en ese escenario rítmico, me topo, en la zona de los quesos, con un señor circunspecto (se acuerdan) de mediana edad, con un carro apenas mediado y perfectamente ordenado, parecía más una pantalla del Tetris. Apunta, sin prisa, con la meticulosidad del contable, partidas en una agenda de bolsillo. «No se sorprenda usted, hoy la compra hay que hacerla así, apuntar lo que llevas gastado y cuando llegas a 120, como en las autopistas de peaje, pues levantas el pie. Ya ve como tengo el carro, pues con este parmesano me pongo ya en los 115 euros; por cierto, hoy está de oferta».

Ilustración: heroes cotidianos

Paula Andrade

La segunda historia, en un restaurante de Madrid sin pretensiones, bien situado y puesto con gusto, en el que los sartenazos, de momento, bailan solo en la cocina. Tiene el sitio un menú del día rico y variado a un precio razonable algo por encima de la media. Atienden con eficacia y simpatía, muy de agradecer hoy esto último. Pues bien, como cliente habitual me dejo ver mucho por allí; últimamente de maniobras, o sea, cumpliendo a rajatabla un régimen de adelgazar, que me obliga a pedir pescado. Con el régimen de adelgazar pasas hambre pero, sobre todo, andas peleado con el mundo y melancólico por la vida y, claro, entras con más frecuencia en jardines laberínticos sin salida de incendios. Con ese frágil estado de ánimo, espeté antes de ayer al camarero (hablar por no callar) si la merluza no sería congelada. «Mire, oiga, apreciado cliente, en este restaurante lo único congelado son los sueldos». Cualquier lugar es propicio para el humor.

La tercera historia no exenta de gracejo como las anteriores, se desarrolla el mismo día de la merluza en unos grandes almacenes, con hábitos de toda la vida con los que elegantemente llaman oportunidades, al outlet. Aplican sabiamente desde siempre el paradójico lema de don Eugenio todo lo que no es tradición es plagio. Pues allí, en ese templo de la tradición, me dispuse a pagar en la caja dos oportunidades cien por cien lana shetland con una rebaja del copón. Imitando a Torrente en sus labores de investigador private, comenté a la sonriente cajera mi impresión de que había menos gente por allí. «Pues sí, ha bajado la cosa un poco. Mire, aquí damos la segunda oportunidad, la primera la da el gobierno gestionando la economía y parece que está pinchando. Para que me entienda usted, esto es como las elecciones a la presidencia de la República francesa, a doble vuelta, en las que para estar en la segunda hay que estar bien en la primera». ¡Toma esa! Con su Libro del buen amor, ya nos enseñó el Arcipreste de Hita en el siglo XIV la sabiduría escondida en la cultura popular.

Ya ven, estas historias de héroes cotidianos anónimos (paisanos de la vida) están llenas de sutileza, finura y humor. Creo que se equivoca Savater (soy admirador) cuando dice que en España hay siete millones de tontos que votan a Sánchez. Aquí el votante más tonto hace relojes. La política ha sido compleja siempre, hoy quizá más, con populismos a un lado y a otro y con un exceso de canales y de información próvidos con la manipulación, las medias verdades y los cuentos chinos, tan difíciles de digerir. Sin embargo, la gente, con todo, se deja manipular lo justo porque casi nunca pierde un pesquis afinadísimo. Metió la pata también un sorprendido Alfonso Guerra en el 79 cuando dijo que el pueblo español se había equivocado dando su voto de forma mayoritaria a Adolfo Suárez y a la UCD. ¡Ay, esa superioridad moral de la izquierda de arqueología incierta!

Los héroes cotidianos solo tienen un superpoder que ejercen con el voto cada cuatro años. Nos ponemos la capa y con la papeleta en la mano volamos hasta la urna. Los gallegos acaban de desempolvar la suya, han volado y han votado. ¿Se han equivocado? Para la empoderada y perfecta Yolanda Díaz, estrepitosamente. Claro, ella es lo más, puede ser lo que quiera y conseguir todo lo que se proponga y en su mundo de Barbie sus paisanos gallegos, por cientos de miles (700.491, para ser exactos), son tontos de remate.

Llegarán las europeas en verano (para entonces habrá que poner aliviaderos al canal del trasvase de votos del PSOE hacia el PP que ha comenzado a brotar en las gallegas) y Feijóo llevará a los mítines la cesta de la compra con garbanzos, frutas y hortalizas y cuarto y mitad de Constitución, sentido común, limpieza y convivencia.

Probablemente ganará de calle y alguien saldrá entonces a la palestra y dirá que millones de españoles somos imbéciles.

¡Le digo a usted, guardia!

  • Pablo Calvo-Sotelo es abogado
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