28 de octubre de 2021

Rescate bancario

Los bancos son como los judíos en la Edad Media o los templarios en la Francia del Rey Felipe. Tienen la desfachatez de intentar que devuelvas el dinero que te dejaron cuando lo pediste, o porque pretenden cobrarte cuando dan un servicio. A diferencia del fontanero que va a tu casa a arreglar gratis el grifo que gotea

Cada vez que imponen un nuevo impuesto o establecen alguna actuación que tenga que ver con el sector financiero, escuchamos a nuestros dirigentes, a los medios de comunicación afines y al resto de parafernalia, recordarnos el famoso «rescate bancario». El argumento es sencillo: puesto que la sociedad prestó en su momento un gran apoyo a la supervivencia de la banca, es justo que ésta, de grado o por fuerza, devuelva el favor.
¿Falta de información, ignorancia o mala fe? ¿Criterios conspiranoicos? ¿O tal vez aquella vieja máxima de propaganda política que viene a decir que una mentira repetida el suficiente número de veces se convierte en verdad oficial? Explicaremos por qué este argumento no sólo no tiene sentido, sino que está intrínsecamente viciado.
El mal llamado rescate bancario sólo benefició a un único pequeño banco, el Banco de Valencia, joya de la burguesía levantina. Y el monto que se le destinó fue en torno a un 2 por ciento del total. El resto, esto es, la práctica totalidad, fue a parar a rescatar a las cajas de ahorro.
Las cajas de ahorro tenían distinta titularidad y enorme casuística en cuanto a su propiedad, dependiendo de su origen fundacional y las distintas circunstancias a lo largo de su historia: Ayuntamientos, Diputaciones, autonomías, etc. Y sus órganos de gobierno los designan estos agentes públicos, junto a representantes de los distintos intereses sociales: impositores, clientes, sindicatos, etc. En cualquier caso, está clara su titularidad y gestión pública, nunca privada. Hasta que empezaron a privatizarse.
En el momento de la crisis, las cajas de ahorro podemos dividirlas en dos tipologías: las que continuaban siendo de titularidad pública y aquellas que ya estaban privatizadas, siquiera parcialmente.
En cuanto a las primeras, poco más cabe decir: el sector público rescató o ayudó a resolver un problema que tenía el propio sector público. Una mano lava a la otra. Si esto además sirvió para corregir o paliar errores anteriores o mala gestión de directivos (públicos) de esas entidades, no es objeto de este comentario. Lo que en cualquier caso queda claro es que nada tiene que agradecer la banca privada a esa actuación.
En cuanto al segundo grupo de cajas, las ya privatizadas, comentaremos el caso que ha resultado ser más paradigmático, Bankia, que procede de la integración de siete cajas, de las cuales la más destacada era Caja Madrid. Su andadura como empresa privada comenzaría con la campanada en el palacio de la Plaza de la Lealtad por su entonces presidente, Rodrigo Rato. A partir de entonces es una empresa privada: cotiza en bolsa y su propiedad pasa a ser de los accionistas. Una parte relevante, el 45 por ciento, queda aún en manos públicas, a través de BFA, tenedora compuesta por los primitivos propietarios (sector público local y autonómico) de las cajas originarias.
Y llegamos a la crisis. Hay un riesgo de quiebra tanto en esta como en otras cajas (en muchos de los casos su valor patrimonial neto es negativo). Así que, para evitar el desastre que supondría el colapso del sistema, se decide intervenir o rescatar a las entidades en problemas.
El proceso de nacionalización y reflote de Bankia fue complejo. Una vez que se determinó que el valor de BFA-Bankia era negativo, el Estado se hizo cargo de BFA y por tanto del 45 por ciento de Bankia (de nuevo, sector público sustituye a sector público) y tras varias ampliaciones y conversiones pasa a tener la mayoría del capital de ésta. Las acciones pasan de un valor nominal de 2 euros a 0,01 euros. Dicho de otra forma: como tu empresa no vale nada, mejor vete, que yo Estado me hago cargo de salvarla del naufragio (o de pagar las deudas). Lo evidente es que a los accionistas de Bankia no se les regaló nada: perdieron su inversión y quedaron fuera.
En las cajas que eran públicas y en la parte pública de las privatizadas la Administración salva a la propia Administración: saco del bolsillo derecho para tapar el agujero que tengo en el izquierdo. En el segundo, como Administración me hago cargo de un derrelicto que no vale nada, y nada es lo que doy a sus propietarios. Pero, efectivamente, «nada» es justo lo que se ha ayudado a los bancos privados y a sus accionistas.
Este rescate, mal llamado bancario, ha tenido poco que ver con los bancos y sí con las cajas de ahorro, que constituían la parte pública del sistema financiero. De hecho, cuando años después se dio un problema similar con el Banco Popular, la solución que se adoptó fue distinta, propiciándose que fuera otro banco privado quien se hiciera cargo. Esto nos parece correcto: si un negocio genera pérdidas, es justo que sean sus propietarios quienes las sufran, puesto que también obtienen sus beneficios. No hay razón alguna para que, con el dinero de todos los contribuyentes, se beneficie a actores del sector privado.
¿Por qué ese empeño en culpabilizar a los bancos de algo en lo que han tenido poco o nada que ver? Pues por la misma razón que nos argumentan la subida de otros impuestos o servicios con excusas, por ejemplo, ecológicas: es algo que estamos dispuestos a aceptar y creernos con facilidad, sin necesidad de argumentos o explicaciones. Hay que buscar culpables y los bancos son como los judíos en la Edad Media o los templarios en la Francia del Rey Felipe. Porque tienen la desfachatez de intentar que devuelvas el dinero que te dejaron cuando lo pediste, o porque pretenden cobrarte cuando dan un servicio. A diferencia del fontanero que va a tu casa a arreglar gratis el grifo que gotea.
Dejemos, pues, a un lado esta leyenda urbana del rescate bancario. Hay, por supuesto, como en toda actividad humana sus luces y sus sombras y, por supuesto, nadie debería confundir un banco con una asociación benéfica. Pero centrémonos en lo que en verdad esté mal y no en falacias y tal vez así podamos ir corrigiéndolo.
Santiago Rubio Carreira es economista

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