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21 de febrero de 2024

TribunaMiguel Aranguren

Una cámara estuvo allí

Un hombre sin móvil no es nadie, y menos que nadie si el dispositivo tiene la cámara averiada. De ocurrir, no podrá inmortalizar la agonía de un comensal que se ha tragado el hueso de un albaricoque sin que nadie en el restaurante haga por auxiliarle

Actualizada 01:18

Prueba incontestable de que el teléfono móvil nos deshumaniza, es que lo hemos convertido en prueba incontestable de que en el mundo suceden hechos insólitos. Ya puede tratarse de una vaca encaramada en la copa de un pino, de una ballena asesina dándose un chapuzón en las playas familiares de Huelva –entre balones de Nivea y colchonetas con forma de Frigopié–, o de una anciana que dribla en patinete eléctrico los coches por la Gran Vía, que si alguien lo ha grabado y difundido por las redes sociales, lo que a priori juzgaríamos inverosímil se convierte en verdadero. Una vez correctamente viralizado, los excursionistas caminan por los pinares con miedo de que les pueda caer una vaca lechera en la cabeza, los bañistas se meten en el agua contando con que una orca puede robarles la pelota publicitaria, y los viajeros esperan al autobús advertidos de que, de un momento a otro, una anciana en patinete puede empotrarse contra la marquesina de la parada.
El mundo se ha llenado de cazadores de sucesos, parecidos a aquellos personajes de películas de sobremesa que salen a filmar tornados por las planicies interiores de los Estados Unidos. Después pasa lo que pasa: el gigantesco remolino se traga al automóvil en el que viaja el sagaz reportero, que minutos después, sin quererlo ni beberlo, irrumpe por el techo en el salón de una vivienda unifamiliar de Tuscaloosa, estado de Alabama, en el momento en el que una familia modélica bendice el pollo asado, la fuente de brócoli y las patatas al horno, porque en EE.UU. es posible hasta lo imposible.
Un hombre sin móvil no es nadie, y menos que nadie si el dispositivo tiene la cámara averiada. De ocurrir, no podrá inmortalizar la agonía de un comensal que se ha tragado el hueso de un albaricoque sin que nadie en el restaurante haga por auxiliarle, pues cada cual –clientes, camareros, piche y encargado de cocina– se encuentra inmortalizando el suceso desde un ángulo distinto, lo que exime del delito de omisión del deber de socorro, pues por encima está el derecho del espectador a engolfarse con una noticia sorprendente en el telediario de las tres.
Soy incapaz de enumerar lo que los medios de comunicación nos han servido gracias a las cámaras de los ciudadanos de a pie. Esos vídeos cortos abarcan todo tipo de sucesos espeluznantes, unos referidos a la infancia (un tiroteo en una guardería, el apuñalamiento en un parque, la riada que se traga el carrito de un bebé, el pequeño que cae por la ventana de un sexto piso…), otros a la fauna (un elefante que mata de un trompazo a una amigable turista que le ofrecía cacahuetes, un tigre de bengala que se merienda a un empleado de DHL tras aparecer en el interior de un envío, una marabunta de hormigas que mastica a un señor que echaba la siesta en el pantano de Bolarque, un chihuahua que se aparea con un caballo bretón…), y otros más a situaciones altamente comprometidas (una familia atrapada en un incendio, un toro bravo corneando por las calles del centro de Benicasim a una mujer que no suelta las bolsas de Mercadona, un adolescente que arrea un soplamocos a un DJ del Algete Raggaeton Fest por pichar «Soy un truhan soy un señor» cuando el auditorio había comenzado a perrear…).
Al inicio de esta tormenta de vídeos que llevan la firma de tipos que pasaban casualmente por ahí, advertí el comienzo de la degradación paulatina de la sensibilidad del espectador (la mía también). En mi juventud la televisión ofreció las imágenes del suicidio de un inversor de Wall Street. Pese a que tuvieron la deferencia de ocultar el instante en el que se reventaba los sesos de un disparo en la boca, la pieza causó tal impacto que mucha gente no pudo conciliar el sueño durante días. Ese squetche sería hoy pecatta minuta, pues nuestra finura ha perdido muchas capas, de modo que ya no nos basta con ver el atropello de un transeúnte para que la pieza nos deje un recuerdo de más de cinco minutos, sino que dicho transeúnte debe ser un niño, ciego para más detalle, huérfano a ser posible e ir acompañado por un perro lazarillo de mirada dulce y que se llamaba Panchito. Y el vehículo, un camión con doble tráiler y los frenos rotos, de modo que con el desgraciado impacto la cámara del móvil se llene de sangre.
Hay filmaciones divertidas –he puesto algunos ejemplos–, muy divertidas, en las que tenemos que felicitarnos por la oportunidad del que tuvo la feliz idea de recurrir a su dispositivo para inmortalizar el disparate. Y otras que nos deshumanizan, insisto, pues dan más valor a lo que se graba que a las víctimas que lo protagonizan.
  • Miguel Aranguren es escritor
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