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TribunaAgustín Rosety Fernández de Castro

De la guerra del Sukhot a un nuevo «desorden mundial»

Las operaciones terrestres en la Franja requerirán previsiblemente un esfuerzo lento y prolongado, dada la densidad de la trama urbana, sin olvidar su subsuelo

El impacto de un proyectil hace pocos días en un Hospital de la Franja de Gaza trae de nuevo a primer plano a las verdaderas víctimas de la guerra: los inocentes, los no combatientes. Pero quienes ejercen la violencia contra los civiles para doblegar al Estado no son combatientes, sino terroristas. En sus atentados masivos del 7 de octubre, Hamás acababa de exhibir con horrenda maestría el peor estilo de la Yihad Islámica, a la que une su irresponsable torpeza al batir en el hospital siniestrado a la propia población cuyos derechos dice defender. Hamás sólo puede merecer nuestro desprecio y nuestra condena.

Conflicto, guerra híbrida, terrorismo, intifada… La llamada «Guerra del Sukhot» es un nuevo y triste episodio del interminable conflicto árabe-israelí que, desde 1948, viene proyectando su amenazadora sombra sobre el orden mundial; en realidad, un desorden con epicentro en Oriente Medio, como sagazmente advirtió hace años Henry Kissinger. Un desorden que acaso pueda llegar a serlo más que nunca.

Un examen geopolítico de los acontecimientos recientes atrae nuestra atención, en primer término, a los Acuerdos de Abraham, concertados en 2020 entre Israel y países árabes tan dispares como los EAU, Bahréin, Sudán y Marruecos. Si les sumamos Egipto y Jordania, que hace décadas habían reconocido a Israel, es evidente que el llamado «frente de rechazo» estaba ya muy debilitado cuando Benjamín Netanyahu anunció, en septiembre pasado, haber alcanzado un acuerdo con Arabia Saudita, que supondría un nuevo reconocimiento del Estado de Israel.

Aunque no sea posible entender el Islam si no es en el marco de la nación árabe, matriz de la Umma, el Irán chií aspira al liderazgo musulmán, algo que las monarquías del Golfo, con importantes minorías –incluso mayorías– chiíes, no pueden perder de vista. A ningún observador escapa en este contexto la reciente mediación de China, principal cliente e inversor en la región, para el establecimiento de relaciones diplomáticas entre Irán y Arabia Saudita. ¿Intento de socavar la posición de Occidente en la región? Sea como fuere, la primera víctima geopolítica de Hamás han sido los Acuerdos de Abraham, que el líder saudí Mohamed Ben Salman se resiste ahora a suscribir, mientras los anteriores signatarios se ponen de perfil para satisfacción de China, «desinteresada» defensora de los intereses soberanos de las naciones del «Sur Global».

Jamenei, guía espiritual chií, ha negado que su país haya inspirado el atentado, aunque lo aplauda fervorosamente. Pero ¿quién podría creer a un sumo maestro de la taqiyya? Directa o indirectamente, por mediación de sus franquicias –la Siria alawui, Hizbollah y Hamás– Irán es el enemigo mortal de Israel, el «Pequeño Satán». El grande, como sabemos, es Estados Unidos. En sintonía con Irán, Rusia se beneficia del deterioro de la posición occidental en la región, en tanto se ve aliviada al alejarse de Ucrania el foco de la atención mundial. Sabiendo pues quienes ganan y quienes pierden con esta criminal acción de Hamas, podemos comprender las posiciones adoptadas por los actores estratégicos implicados en la situación.

Israel tiene derecho a defenderse, más aún dentro de los límites de Palestina entendida como un territorio pendiente de partición, una resolución de las Naciones Unidas que, no siendo aceptada por los árabes, desencadenó seis guerras. La OLP ha venido despreciando ofrecimientos de compromiso por parte de Israel, como fueron los de Oslo en 1993 y Camp David en 2000. En tanto no desaparezca esa amenaza latente para la paz que periódicamente arruina todo intento de resolver la cuestión, Israel tendrá que hacer uso de la fuerza en las zonas desde donde parten los ataques.

Estados Unidos viene respaldando sin fisuras a su aliado preferencial, la única verdadera democracia en la región homologable con las occidentales, no hay que dejar de repetirlo. En su reciente visita, Biden ha modulado su actitud con el gesto de promover la entrada de ayuda humanitaria por el paso fronterizo de Rafah, desde Egipto, a lo que Israel ha accedido. En cuanto a la Unión Europea, la visita a Israel de Ursula von der Leyen ha visualizado el apoyo a Israel, como no podía ser de otra manera, vista la inequívoca declaración de Alemania –que incluso ha invocado la Shoah– a las que se han unido las de Francia, Reino Unido, Italia y otros países, en términos semejantes.

No se pierdan ahora el ridículo papel interpretado por nuestro Gobierno en funciones, por desgracia en plena presidencia de turno de la UE. La declaración de su Gobierno «A», el de Sánchez, es más matizada que las de nuestros socios, al remitirse a una «paz justa», sólo posible tras la rotunda condena y desactivación de la amenaza que Hamas representa. En cuanto al Gobierno «B», Ione Belarra ha sido su portavoz más «inspirada», al calificar al Estado de Israel de «criminal» y «okupa». Podría parecer un elogio, viniendo de ella. Con estos disparates, la marginación de España entre sus pares, no ya como apestada, sino incluso como Estado fallido, se refuerza.

¿Qué cabe esperar de la evolución de la crisis? Las operaciones terrestres en la Franja requerirán previsiblemente un esfuerzo lento y prolongado, dada la densidad de la trama urbana, sin olvidar su subsuelo. El tiempo lucha contra Israel por tres motivos: la dificultad de mantener una narrativa favorable, el deterioro político del Gobierno de Netanyahu y el daño a la economía y la moneda israelí. Por otra parte, el conflicto podría extenderse al Líbano e incluso a Siria e Irán. La contención es obligada. Probablemente a ninguno de los actores convenga que la guerra desborde sus límites, con excepción de Hamas, que debe tener su propia agenda.

Al poner punto final, advertimos que no hemos hablado de Naciones Unidas. Poco hay que reseñar, salvo alguna oficiosa declaración de Antonio Gutierres. Tomemos nota del estado del multilateralismo. Pero los españoles no podemos dejar de recordar con admiración y gratitud a nuestros soldados que, bajo la Bandera de España, siguen velando por la paz y la estabilidad en una región que parece a punto de estallar, en medio del desorden mundial.

Agustín Rosety Fernández de Castro NEOS - Grupo de trabajo Cultura de Defensa

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