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tribunaCarlos barros de lis tubbe

¿Dónde están mis impuestos?

Las autonomías mueven a los políticos a compararse y a justificarse, sean adversarios o no, entorpeciéndose entre ellos y perdiendo el foco. No solo entre políticos autonómicos, también con los del Gobierno nacional

Act. 05 mar. 2025 - 13:26

Nadie. Bomberos, Guardia civil, Ejército; no había nadie. Al amanecer siguiente… nadie, no había nadie. Era la esperanza defraudada del escritor Posteguillo ante la inundada y devastada Paiporta. Otro pensaría: ¿Dónde está el Estado? ¿Dónde están mis impuestos?

El estratégico retorno a América, desde Filipinas, carecía inicialmente de ruta. El Virrey de Nueva España, Velasco, conocía al fraile cosmógrafo y navegante que podía dar con la clave. Felipe II le «sacó» del convento. Así, en 1565, el agustino Urdaneta llevó a cabo el Tornaviaje, abriendo la ruta que durante siglos marcaría el dominio español del Pacífico.

Son dos casos contrapuestos del funcionamiento del Estado. Es bueno recordar un ejemplo positivo propio; donde competencia, técnica, visión y voluntad se combinan. Nos ayuda a levantar la mirada.

El Estado tiene la delegación, por la sociedad, del poder y de la gestión política. Sin embargo, quizá ustedes sentirán que el Estado actual no lo está haciendo bien; piensen que pone excesivo peso en ejercer el poder, y que además la gestión es mejorable.

El ejercicio desmesurado del poder y la gestión deficiente tienen tres causas: interés particular, ideología y malversación.

Tomemos las autonomías como ejemplo de interés particular. Existen intereses divergentes, que las muevan a pelear entre ellas, como el reparto de inmigrantes. Suponen estos objetivos dispares un debilitamiento de la solidaridad necesaria para una sociedad más fuerte. El juego de ambiciones favorece resultados de suma cero, apartando la posibilidad de multiplicación del esfuerzo compartido.

Las autonomías mueven a los políticos a compararse y a justificarse, sean adversarios o no, entorpeciéndose entre ellos y perdiendo el foco. No solo entre políticos autonómicos, también con los del Gobierno nacional. Así, en Valencia, no parece que remasen juntos aquellos que representaban a las distintas administraciones.

La expansión de mi Autonomía, sin moderación o límite, llega a ser inagotable. Lo quiero gestionar todo, todas las competencias, todas las propiedades, mío, mío, mío. Sin agilidad y con una expansión normativa interminable. Según la CEOE, en 2022 se publicaron más de un millón de páginas en Boletines Oficiales (+22% respecto al año anterior); 80,8% autonómicas.

Esta ansia supone una subversión del principio de subsidiariedad. Aquel que nos dice que el organismo superior solo debe hacer aquello que el inferior no es capaz. Sin embargo, cuando el organismo inferior, en este caso la Autonomía, lo quiere hacer todo, y lleva el principio al extremo, sin asumir su incompetencia o ineficacia, estamos convirtiendo el principio en una justificación falsa.

Existe pues una preponderancia del interés particular hambriento de poder. También una ineficacia cara y lenta que ese egoísmo particular conlleva.

La segunda causa, del excesivo poder y la gestión deficiente, es que el Estado no funciona por ideología. No funciona en España, y en otros países, por una concepción totalitaria del Estado. Ideología totalitaria en cuanto totalizadora de la sociedad. El Estado ambiciona ser la sociedad, toda la sociedad. Todo es Estado, el Estado es origen de todo y tiene que intervenir en todo, y además tiene opinión, que no es opinión, es ley normativa y con intención de ser ley moral (Ley de Memoria Histórica, 2007). Y, quien representa en cada momento al Estado, se cree que todo eso es cierto y, en algunos casos, cree que encarna al Estado. El Estado soy yo.

La imparable pretensión de legislarlo todo, de crear normas para cualquier ámbito social, crea dos efectos perniciosos: primero, arrincona a la sociedad civil y al principio de subsidiariedad cuando se aplica a la misma; y segundo, produce una delegación apática por parte del ciudadano que deja de implicarse en su deber de ser parte activa del todo social: «ya lo harán ellos».

Ese Estado borra los límites de la separación de poderes y fagocita la seriedad, valía y prestigio institucional. Vean lo que pasa con el Poder Judicial. El Estado totalitario, o con pretensión de serlo, no tiene límites, él es el límite, el Estado se convierte en el bien común. No hay autocontrol.

La tercera causa que se cita es la malversación. Quiere decir, que la gestión del Estado actual es cara y no se utilizan bien los esfuerzos de los ciudadanos materializados en los impuestos. El Estado, y la imagen que, a veces, vemos de los que sienten que lo encarnan, es de desprecio a lo que cuesta al ciudadano pagar sus impuestos. Cada euro malversado, mal utilizado, es un insulto al ciudadano. No estamos hablando de utilización fraudulenta, que es delito, nos estamos refiriendo a la gestión del dinero: sin conocimientos suficientes; sin valorar las implicaciones futuras de las inversiones y gastos públicos; sin austeridad; pensando que «el dinero público no es de nadie»; a la ligera; sin respeto.

A eso se une que el elefante estatal come toneladas de recursos cada día para mantenerse en pie. Ministerios incontables, subvenciones ideológicas, organismos superfluos, duplicidades, oficinas cuyos responsables no saben a qué se dedican, gastos de presupuestos inflados; todo grasa de elefante. Necesitamos, no un torpe elefante, sino una mula ágil y fuerte.

Esta enorme estructura política, en la que se ha convertido el Estado, además es causa que puede favorecer la falta de honradez, la falta de sentido de responsabilidad y la falta de decoro personal de algunos servidores públicos en la sombra de tanto pasillo.

En conclusión, el Estado actual no se ajusta siempre al Bien Común. En ocasiones: falta proyecto y sobra interés particular; falta cumplir normas morales y sobran normas ideológicas y totalizadoras; falta responsabilidad económica y sobra gasto.

Se puede reconducir. Hay que quitar las piedras del camino, y el primer paso es querer ver las piedras.

Carlos Barros de Lis Tubbe Instituto de Estudios de la Democracia CEU

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