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TribunaFeliciana Merino Escalera

El naufragio del feminismo

El feminismo se ha rendido al poder, ha suplantado nuestra voz interior con soflamas ideológicas, mentiras y palabrería en una cultura «floja» que solo vende éxito, ego, competitividad, violencia

Hace 17 años me publicaron un artículo: La mujer sigue enjaulada, donde hacía balance de la situación que ha atravesado la mujer en el último siglo. En él planteaba que el movimiento de liberación de la mujer ha sido un fracaso. Un igualitarismo sin precedentes la liberó del patriarcado, pero fue lanzada a las fauces de una fuerza más extensa en el tiempo y en el espacio: el mercado.

Sin embargo, otra de las causas de su hundimiento ha sido la sumisión al poder y la atomización de la mujer. Imaginemos un campo yermo, árido y solitario, donde el viento barre sin piedad las huellas de quienes lo cruzan. Un horizonte seco, tan seco como las gargantas que callan. Sobre la tierra endurecida por el abandono, una figura se recorta: una mujer de manos ajadas, curtidas por mil labores, de rostro duro y sin expresión apenas. Sola. Completamente perdida, tratando de salir de un vasto océano de promesas rotas, bandeada por las olas de la igualdad, de la libertad, del empoderamiento. Hoy solo arrastra siglos de carga, ecos en un tiempo y un espacio que la nombran sin escucharla.

El feminismo se ha rendido al poder, ha suplantado nuestra voz interior con soflamas ideológicas, mentiras y palabrería en una cultura «floja» que solo vende éxito, ego, competitividad, violencia.

Nos dijeron que el horizonte era nuestro, que seríamos las arquitectas de nuestro propio destino, que el feminismo era la brújula infalible que nos guiaría hasta la libertad. Y aquí estamos hoy, tras décadas naufragando, descubriendo que nuestro iceberg va a la deriva por más que intentemos dirigirlo hacia aquel sur cálido que hoy nos parece ya un sueño. El feminismo ha sido un naufragio anunciado, la costa era un espejismo y, lejos de ser libres, nos han encadenado con nuevos grilletes, más sutiles, pero más letales.

El éxito inicial del feminismo en Occidente se ha vuelto en contra de la mujer. El mercado tomó las riendas y las mujeres capitulamos, porque las cargas ascéticas del mundo profesional volatilizaron cualquier otra lucha a cambio de la pretendida autonomía. La libertad económica supuso el fin de la libertad política, como ya vaticinara Benjamin Constant más de un siglo antes en su famoso discurso sobre la libertad de los antiguos y la de los modernos. El poder nos domesticó, acallando nuestra voz, convirtiéndonos en voceros de su discurso, o peor, en piezas de una maquinaria tecnocrática que devora almas sin pestañear.

Si en el 68 la rebeldía era contra la determinación de los roles, hoy nos encontramos con la unidimensionalidad del éxito y el aislamiento. La soledad se ha convertido en estructural, y eso lo cambia todo. Nos prometieron libertad, pero nos entregaron desamparo. Nos dijeron que el amor era una trampa, que la entrega era sumisión, que el cuidado era una forma de esclavitud.

Hoy, la mujer no pertenece a nadie, pero tampoco a sí misma. Es dueña de su cuerpo, pero lo alquila al mejor postor. Es independiente, pero su éxito se mide en horas de oficina y noches solitarias. Liberada de las cargas familiares, ha quedado cautiva del espejo, de la falsa imagen que le dicta el mundo, de un deseo de juventud que no acompaña, de una plenitud que nunca encuentra.

Antes los hombres nos excluían, aunque nos necesitaban. Ahora nos consumen, pero nos temen. Nos hemos convertido en un valor de cambio: hipersexualizadas, explotadas, expuestas. SOLAS. La entrega se convierte en rendimiento, la ternura en eficacia, el cuidado en escudo defensivo.

Primero alquilamos nuestra habitación a un casero avaricioso y tiránico; después vendimos nuestro hogar. Nos dijeron que podíamos con todo, sin advertirnos de que lo haríamos solas. Hoy, cuando la fatiga pesa y el silencio se extiende, cuando el cuerpo ya no responde y la mirada busca un refugio, descubrimos que no queda nadie al otro lado. Que el poder sin amor es una máscara vacía. Que la independencia sin afecto es un exilio.

Y así seguimos, errantes sobre el hielo, con el corazón endurecido por el frío y el alma clamando por el fuego que nos arrebataron.

Es cierto que el divorcio, como el aborto, la ruptura de la familia, el aislamiento y la soledad, a quien más beneficia es al mercado y al estado, porque hace posible una mayor sumisión y domesticación; pero también a Satanás, porque a Satanás le gusta vernos enfrentados, no unidos, y prefiere el odio al amor. Decía Lacan que la diferencia de sexos es insalvable y el amor termina en odio. Pero no es verdad: de la soledad más radical, de la nada más absoluta, del vacío más desolador, creó Dios al ser humano, hombre y mujer los creó. «Lloras?... Entre los álamos de oro, lejos, la sombra del amor te aguarda» (Antonio Machado). Solo desde la soledad podemos volver al Amor, que es origen y destino.

Victoria Ocampo, escritora, ensayista, traductora y mecenas argentina, allá por 1936 decía que «la emancipación de la mujer no está hecha para alejarla del hombre, sino muy al contrario, para acercarla a él, para unirla a él de manera más completa, más pura y más consciente.» No queramos arrebatarle al hombre el lugar que le corresponde, deseemos solo recuperar el nuestro.

Que el viento arrastre los escombros de este naufragio y queden los hombres y mujeres de buena voluntad, los de carne y hueso. Juntos construiremos un nuevo horizonte. Un horizonte donde podamos querernos, ayudarnos, comprendernos, cuidarnos; donde hombres y mujeres podamos ser de nuevo el alma viva de la humanidad, capaces de coser los hilos rotos con un oro distinto.

Es hora de replantearnos el camino recorrido. De reconocer que la verdadera libertad no consiste en negar nuestra naturaleza, sino en abrazarla plenamente. Necesitamos reconstruir puentes, encontrar un nuevo equilibrio donde el empoderamiento no signifique aislamiento, sino conexión profunda, amor y valor, empezando por nosotras mismas. Solo así podremos derretir el hielo que nos rodea y alcanzar, finalmente, el cálido sur que anhelamos.

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