El viaje de Penélope
Durante años renegamos de aquella Penélope que espera, la que teje de día y desteje de noche, la que se mantiene firme mientras el hombre viaja, lucha y se transforma. Nosotras comenzamos la odisea más tarde, pero también la emprendimos
Contaba Victoria Ocampo, ensayista, escritora y mecenas argentina, en La mujer y su expresión, cómo un hombre de negocios, al dictar unos encargos a su mujer, comenzaba con un seco: «No me interrumpas». Y así, convertía la obediencia femenina en un monólogo masculino, sin dejar espacio para que ella pronunciara palabra alguna. Al comenzar su discurso —una conferencia radiotelefoneada a España y Argentina en 1935—, Ocampo pedía justamente lo contrario: que la interrumpieran. No quería monólogos. No la hacían feliz. «¿Y cómo podría yo saber que estáis presentes, que me escucháis, si no me interrumpís? Me temo que este sentimiento sea muy femenino. Si el monólogo no basta a la felicidad de las mujeres, parece haber bastado desde hace siglos a la de los hombres».
Quizás Victoria intuía —y no se equivocaba— que para nosotras la interrupción ha sido siempre el umbral del diálogo verdadero. Y hoy, más que nunca, necesitamos volver a pensar desde la entraña y desde el otro. El resentimiento ha contaminado algunas formas del discurso feminista. Lo ha transformado en monólogo: esta vez de signo contrario, pero monólogo al fin. Ha repartido etiquetas y ha creado trincheras como si el alma pudiera dividirse por decreto. Como si el dolor solo pudiera comprenderse desde la revancha. Pero el resentimiento no edifica, solo corroe, intoxica, inmoviliza. Sin embargo, quizás aún podamos abrir un camino nuevo, capaz de inaugurar un diálogo fecundo, entretejido de afectos y raíces, de palabras y silencios. Porque la historia se escribe con lo que se dice, pero también con lo que se calla. A veces, la voz se vuelve silencio orante —que es también diálogo a un Tú—, pero no está hecha para el mutismo sino para abrirse, para tocar, para interrumpir con ternura la soledad del otro.
Igual que Ulises partió para volver, necesitamos que Penélope —la de nuestros días— comience el regreso. Penélope ya no teje en su palacio. Ha salido al mundo. Ha sido eclipsada por todas las ninfas —o ninfos— posibles. Ha explorado su propia odisea, pero aún no ha comprendido del todo dónde está su verdadero poder. Sigue fingiendo saber lo que no quiere saber. Vive en una niebla cómoda, sostenida por las rentas de antiguos sacrificios masculinos —sacrificios que aún no ha querido mirar con gratitud— y responde con resentimiento o desprecio.
Ulises viajó para volver, para dar cuenta de lo vivido y ser reconocido en lo que de valioso había ganado. Pero Penélope sigue aún lejos de casa. ¿Para cuándo el regreso?
Y que se entienda: no se trata de volver al fuego del hogar con el brandy bien dispuesto, aguardando al guerrero para servírselo presurosa. Ese no es el sentido. Tal vez el regreso de Penélope consista en comprender que su fuerza no radica en abarcarlo todo, ni en la espera pasiva, ni en la resignación, ni en la pose rebelde, sino en saber a qué volver. Volver al centro. Al ser. A la gratitud. A la ternura. Al diálogo. Al reconocimiento mutuo. Al amor.
Durante años renegamos de aquella Penélope que espera, la que teje de día y desteje de noche, la que se mantiene firme mientras el hombre viaja, lucha y se transforma. Nosotras comenzamos la odisea más tarde, pero también la emprendimos.
La nueva Penélope dejó el telar y salió al mundo. Surcó mares interiores y exteriores. Fue seducida por islas de promesas fáciles: placer sin vínculos, libertad sin raíces, gloria sin fidelidad al origen. Confundió emancipación con huida y la mentira desgarró su carne. Ha habitado paraísos falsos, cuyas costas doradas ocultaban el olvido de sí. Y en esa travesía, tantas veces sin mapa, nos hemos ido transformando… pero también desdibujando. Al alejarnos de Ítaca, al extraviarnos entre espejismos, ¿quién podría reconocernos ya? ¿Qué mirada podría encontrarnos como Ulises encontró a su esposa, buscando su verdadero ser? ¿Podría alguien ver en nosotras a la mujer de siempre y también a la nueva, a la que viajó, cayó, se equivocó —sí, también ella se equivoca: pensemos en el aborto, por ejemplo—? ¿Podría vernos sin resentimiento? ¿Podría incluso amarnos? ¿Podremos ser vistas con ternura, sin rabia ni culpa, más allá de la herida? Penélope supo reconocer a su hombre más allá del disfraz, del tiempo, de las cicatrices. ¿Quién podrá reconocer a esta Penélope que aún navega, sin saber si hay puerto de regreso? ¿Podremos nosotras convertirnos en un «quién»? ¿O nos quedaremos atrapadas en el «qué» del dolor, en el eco de un mundo sin redención?
Quizás la travesía no haya terminado, quizás todavía queden muchas islas que recorrer antes de volver, pero podemos al menos desear el regreso, como Ulises. Podemos sentir la nostalgia de un tiempo y un espacio donde el lecho, el alimento y la palabra tenían un valor sagrado. Podemos con tristeza recordar nuestra antigua fuerza, saber quiénes fuimos y qué hemos hecho con lo que fuimos. Podemos desear habitar de nuevo esa voz íntima y honda que no depende del aplauso ni del juicio externo, sino que nos lanza al abrazo sin límites, a otras manos que recojan nuestras lágrimas en un cuenco de barro.
Quizás así, Ulises y Penélope, «como dos náufragos que encuentran al fin tierra firme» (F. X. Bellamy) puedan terminar la búsqueda que emprendieron. Para ello la Penélope de hoy necesita pisar tierra firme, terminar su viaje. Tal vez entonces pueda darse el verdadero reencuentro: no con un Ulises idealizado, sino con el Ulises viejo y herido, el que siempre esperó nuestro regreso para comenzar otro viaje. Un viaje distinto, hecho de cicatrices, de historias contadas al oído, de perdón y de ternura. «Los esposos después de gozar del amor deseado disfrutaban contando uno a otro las propias historias» (La Odisea, Canto XXIII).
Esa será la prueba del regreso: el diálogo. El verdadero encuentro. El que no «interrumpe» ni teme a la historia ni al tiempo, porque ambos son eternos.
Y entonces, al fin, Penélope volverá a casa. Y no será el final, sino el verdadero comienzo.
Prof. Dr. Feliciana Merino Escalera es profesora de Humanidades de la Universidad Cardenal Herrera-CEU (Elche)