Fundado en 1910
tribunaÍñigo Castellano y Barón

España y la virtud de la esperanza: un canto civil frente a la oscuridad

Tribunales que no se pliegan, fiscales que se rebelan, jueces que aún pronuncian sentencias con dignidad, pese a las represalias del poder político. El cerco judicial a la corrupción —esa corrupción de aroma mafioso que infecta ya no solo a asesores y empresarios, sino a altos cargos institucionales— se estrecha día a día

En tiempos de zozobra, cuando la vida pública parece sumida en una espiral de descomposición institucional y la nación siente el peso de un gobierno desnortado, asoma con más fuerza que nunca una antigua virtud, luminosa y firme: la esperanza. No se trata aquí de un consuelo ingenuo ni de una resignación pasiva, sino de esa virtud teologal que, según Santo Tomás, mueve el alma hacia el bien futuro, arduo pero posible. La esperanza es la palanca interior que levanta naciones cuando parecen a punto de rendirse, y es hoy, en la España herida de nuestros días, una semilla que brota con creciente vigor.

No se puede ocultar que vivimos un tiempo crítico. El tejido institucional se halla erosionado, el Estado de derecho parece sitiado por quienes, desde el poder, no entienden la política como servicio, sino como coartada. La corrupción se multiplica como hidra, y la mentira se hace carne en el discurso oficial. La desafección ciudadana, el escepticismo ante los partidos y el descrédito de las élites dibujan un panorama turbio, incluso angustioso. Y, sin embargo, es precisamente en esa penumbra donde la virtud de la esperanza brilla más intensamente.

Porque la esperanza no es evasión, sino rearme. Rearme moral, cívico y, si se quiere, espiritual. La sociedad civil —ese cuerpo tantas veces dormido o despreciado por los arquitectos del poder— comienza a despertarse. Se agitan las conciencias, se multiplican las voces críticas, crecen las plataformas ciudadanas y se consolidan redes de resistencia frente al despotismo sanchista. No es solo el hartazgo, que ya es masivo; es el anhelo de libertad, de justicia y de verdad lo que empieza a movilizar a miles de españoles.

Frente al asalto institucional y al secuestro de los órganos del Estado por parte de un poder sin freno ni escrúpulos, crece también la esperanza en una justicia que, aunque presionada, mantiene reductos de independencia. Tribunales que no se pliegan, fiscales que se rebelan, jueces que aún pronuncian sentencias con dignidad, pese a las represalias del poder político. El cerco judicial a la corrupción —esa corrupción de aroma mafioso que infecta ya no solo a asesores y empresarios, sino a altos cargos institucionales— se estrecha día a día. La impunidad comienza a resquebrajarse. Y ahí, en esa resistencia jurídica, se aloja otra llama de esperanza.

Pero hay más. Europa, tantas veces tibia y cómoda, empieza a mirar con inquietud el experimento autocrático en que se ha convertido el actual Gobierno español. La indulgencia cede paso al recelo. El prestigio internacional de Sánchez se evapora entre titulares que ya no puede controlar. En Bruselas, en Estrasburgo, en Washington o en Berlín, se observa con creciente alarma cómo una democracia otrora ejemplar juega hoy con fuego populista, indultos clientelares, cesiones nacionalistas y una prensa domesticada. El velo se está corriendo. Y esa conciencia internacional, por lenta que sea, acabará siendo un factor clave en el retorno al orden constitucional.

Mientras tanto, en las calles, en los juzgados, en los foros y universidades, en las redes y tribunas, se libra una batalla silenciosa pero crucial. Una España aún digna, aún viva, aún libre, se resiste a ser arrasada por el cinismo y la demagogia. Los jóvenes —desencantados, pero no derrotados— comienzan a preguntar, a movilizarse, a leer, a actuar. Las familias, los autónomos, los profesionales hartos de pagar la fiesta de unos pocos, levantan la voz. No hay mayor esperanza que esa: la de un pueblo que despierta.

Porque lo que hoy está en juego no es un cambio de gobierno, ni siquiera un ajuste económico o político: lo que está en juego es el alma misma de España. Su continuidad como nación libre, constitucional, basada en el mérito, la ley y la unidad. Lo que hoy se defiende no es una ideología, sino la propia idea de ciudadanía. De ahí que la esperanza no pueda limitarse al terreno íntimo o piadoso: ha de ser militante, activa, combativa. Una esperanza que se hace acción, palabra, testimonio.

Como en otras horas difíciles de nuestra historia —cuando se enfrentaron invasiones extranjeras, dictaduras o miseria—, los españoles debemos volver a creer. Creer que todo mal tiene fin. Que ningún poder es eterno. Que los impostores siempre caen por su propio peso. Que la verdad, aunque arrinconada, siempre termina abriéndose paso. Creer que esta patria nuestra, tantas veces traicionada, aún guarda fuerzas para renacer.

La esperanza, entonces, no es una excusa para la pasividad, sino el primer paso hacia la reconquista. Reconquista moral, jurídica y democrática. La España que lucha desde la virtud de la esperanza no se resigna ni claudica. Y sabe que vendrán días nuevos. Ya se adivinan en las grietas del sistema, en la calle que clama, en los jueces que se rebelan, en los pueblos que ondean banderas sin complejos, en la gente que se une para decir «¡basta!».

Vendrá el día —y no está lejos— en que el abuso encontrará su límite, y la verdad su cauce. Vendrá el día en que el cinismo será derrotado por la decencia. Y cuando eso ocurra, será porque miles de ciudadanos decidieron no rendirse, porque supieron que la esperanza no es una emoción, sino una virtud.

Y una nación que cultiva la virtud, incluso en la tiniebla, es una nación que aún puede salvarse.

Íñigo Castellano y Barón es conde de Fuenclara

comentarios

Más de Tribuna

tracking

Compartir

Herramientas