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TribunaFrancisco Luis Molina Molina

Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York

Lo ideal sería poder gestionar el cambio tecnológico en sus diferentes aspectos e ir preparando a la población, a la par que se van paliando los problemas de adaptación que vayan surgiendo. Todavía no hemos conseguido dominar ese arte, pero tendremos que hacerlo, si no nos gusta ver a un demagogo en el poder

Recientemente, ha sido elegido como alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, musulmán chií. La noticia ha caído como una bomba en muchos ambientes de EE. UU. La interpretación que dan muchos comentaristas es que se trata de un voto de castigo y de protesta; el motivo subyacente es la pobreza que se ha difundido por amplias capas de la población del país. El dinero se ha acumulado en cada vez menos manos, se siguen dedicando inmensas sumas al aparato militar y a la producción de armamento, mientras fallan la sanidad, la educación, la vivienda e incluso la capacidad de alimentarse. Trump habría sido elegido con la esperanza de que cambiara estas circunstancias, pero esas expectativas se están viendo defraudadas. Amazon ha anunciado recientemente planes para sustituir 600.000 empleados por robots. Mamdani, por su parte, habla de la necesidad de una economía que esté al servicio de las clases trabajadoras.

La autora venezolano-británica Carlota Pérez muestra en sus obras como las revoluciones tecnológicas, una vez consumadas, van expandiendo su efecto y cambiando paulatinamente todos los aspectos de la sociedad. Se van haciendo posibles nuevas maneras de convivir, de trabajar y de relacionarse. Las formas hasta entonces utilizadas se van tornando obsoletas y van siendo sustituidas por otras. Aparecen nuevas profesiones, mientras otras se van extinguiendo. La dinámica de estos cambios produce un aumento de la inseguridad y de la precariedad. Nos encontramos actualmente inmersos en una de esas grandes transformaciones, de la cual todavía no se ve el fin.

Son muchos los países donde la juventud se revuelve ante la falta de perspectivas, la concentración del poder en pocas manos, la manipulación y la falta o deterioro de la democracia. A todas luces, parece que esa gran revolución tecnológica que estamos viviendo y de la cual se nos prometía un gran progreso para todos, se está haciendo en beneficio de una pequeña minoría y en detrimento de la gran mayoría.

Acemoglu y Johnson, ganadores junto con Robinson del Premio Nobel de Economía de 2024, hablan en su libro Poder y Progreso de cómo, a lo largo de la Historia, se repite que las revoluciones tecnológicas benefician de entrada sólo a una pequeña minoría. Así pues, el caso que nos ocupa no sería una excepción. También dicen Acemoglu y Johnson que hace falta lucha social para que las ventajas se extiendan a la mayoría de la población. Esas luchas no tienen por qué ser necesariamente violentas; los autores proponen en su libro varias vías de actuación.

Las revueltas que se están produciendo son muy explicables, pues corresponden a un malestar real, pero ese malestar es muchas veces una sensación difusa de carencia, de injusticia y de indignación, sin saber cuál es la causa o las causas auténticas de esa situación. Eso da lugar a que la energía desencadenada en esas revueltas pueda ser captada y aprovechada por elementos que desean hacerse con el poder, y que proponen soluciones, muchas veces atractivas por su simplicidad, pero que no son las adecuadas. Es una manera de desviar en provecho propio la energía generada por el descontento. Una vez llegados al poder, intentan instalarse como nueva casta dominante.

No sabemos hasta qué punto Mamdani podrá aportar soluciones a las amplias capas de la población de EE.UU. que se encuentran en la pobreza o cercanas a ella. Pero su elección se interpreta cómo un síntoma de que algo no va bien en la gran potencia de Occidente. Son muchos los que opinan que, en lugar de intentar arreglar asuntos en el exterior, la energía de sus gobernantes debería dirigirse a solucionar los problemas internos. De hecho, mientras estos problemas no se hayan resuelto, el país presenta un flanco de vulnerabilidad. Sin embargo, su solución implicaría grandes reajustes en el interior del país y esos reajustes nunca son fáciles.

Cuando una casta dominante se ve enfrentada a esas revueltas, puede reaccionar de diferentes maneras que, simplificadamente, pueden reducirse a dos: Reformas o represión. En la práctica suelen tomarse medidas mixtas. Las reformas se encuentran con la dificultad de que una buena parte de las élites se niega a renunciar a algunos de sus privilegios; sus miembros se inclinan más por el lado de la represión. Esto tiene su lógica porque si una parte de la clase dominante tiene una visión más a largo plazo y está dispuesta a sacrificar algunos privilegios a cambio de conseguir la paz social, otros elementos de las mismas no están dispuestos a renunciar a nada e incluso lo que intentan es aumentar sus ventajas. Así pues, una reforma implica siempre un conflicto dentro de las élites, que puede ser muy doloroso para las mismas. Por eso, muchas veces se opta por la represión.

Una situación donde las élites utilizan la represión como manera de mantener su poder facilita la actuación de los demagogos y, por otra parte, debilita al país hacia el exterior, porque los rivales son muy hábiles para potenciar los conflictos internos y, con eso, crear caos.

Lo ideal sería poder gestionar el cambio tecnológico en sus diferentes aspectos e ir preparando a la población, a la par que se van paliando los problemas de adaptación que vayan surgiendo. Todavía no hemos conseguido dominar ese arte, pero tendremos que hacerlo, si no nos gusta ver a un demagogo en el poder. El buen gobierno de un país exige tener en cuenta las necesidades de la gran mayoría de la población. La elección de Zohran Mamdani es un toque de atención.

  • Francisco Luis Molina Molina es doctor en Psicología
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