25 de octubre de 2021

Carlos Marín-Blázquez
Carlos Marín-Blázquez

Otoño

El otoño acentúa en nosotros una actitud de introspección que en ninguna de las demás estaciones se nos antoja tan apremiante

Ingresar en el otoño es hacerlo en una dimensión retrospectiva. No es avanzar en el tiempo; es volver a los paisajes sobre los que la memoria ha depositado una delicada pátina de familiaridad. Es recobrar, en virtud de la circularidad de las estaciones, la textura de unos días sobre los que nuestra mirada vuelve a proyectarse con una ansiosa intensidad de reconocimiento. Cada otoño nos devuelve a un ámbito nunca del todo extraviado, a los primeros días de colegio tras el opulento milagro de las vacaciones, cuando a duras penas lográbamos sacudirnos la pesadumbre que nos acometía ante el deber de adentrarnos en un orden tan distinto al que dejábamos atrás, y de golpe la vida volvía a asumir una cualidad previsible y rutinaria, y era necesario aprender a rebuscar de nuevo, entre los anodinos pliegues de esa realidad recién estrenada, el destello de alguna novedad que nos aliviara del agobio y la congoja que nos invadían.
Luego, a medida que uno se hace mayor, percibe el otoño menos como el comienzo de otro ciclo laboral que como una mutación del espíritu. Todavía se nos aparece próxima la uniformidad inclemente del verano, cuando los días se sucedían sin que fuéramos capaces de distinguir en ellos matices nuevos, idénticos en su discurrir, tan invariables como la postura que adoptábamos sobre la cama o el sofá mientras leíamos o mirábamos de soslayo el televisor, tan agónicos como la desesperación que nos afligía ciertas noches en las que el bochorno nos impedía conciliar el sueño.

Aquellos espacios, hasta hace poco inhabitables, se abren otra vez ante nosotros revestidos de un timbre acogedor

El otoño, aún en sus inicios, nos alivia de todo eso. Ahora por fin el aire pierde su muda quietud de letargo, esa consistencia de empantanamiento que nos imponía una preferencia exclusiva por la inmovilidad y los ambientes refrigerados, y sentimos cómo, a la vez que las temperaturas atenúan su rigor, la vida se desliza hacia la configuración de un entorno más hospitalario. Regresamos a las calles en esas horas en las que, en el centro del verano, la cautela nos inducía a una reclusión preventiva; reconquistamos las mismas plazas de las que la aridez de un calor intratable nos expulsó tan sólo unos meses atrás. Aquellos espacios, hasta hace poco inhabitables, se abren otra vez ante nosotros revestidos de un timbre acogedor y benigno que casi habíamos olvidado que tuvieran.
Es cierto que los días acortan su duración, pero también lo es que en el paulatino decaimiento de la luz descubrimos el esplendor de una riqueza que nos subyuga, la efímera hermosura de cada puesta de sol que ya nos anuncia y nos hace desear la llegada de los crepúsculos encendidos con que habrá de obsequiarnos noviembre. La mirada se aguza para captar el flujo de las tonalidades que se suceden en el follaje de los árboles a punto de perder sus hojas. Y más adelante, a medida que el relente de las mañanas y de las primeras horas del atardecer nos prevenga de que nos hallamos en camino hacia la previsible crudeza del invierno, el paisaje se irá sumiendo en un esquematismo ascético, y será posible asistir, entre las brumas del amanecer, a la aparición del brillo de las fogatas donde los hombres del campo queman gavillas de rastrojos secos, en mitad de un aire atravesado por el olor de la ceniza y la humedad incipiente.
Por lo demás, con su estética de despojamiento, se diría que el otoño se empeña en susurrarnos una verdad adicional. Nos recuerda la condición caduca de todas las cosas, y, también, que la sujeción a los ciclos de ocaso y renovación consustanciales a la naturaleza no deroga la labor erosiva del tiempo, no nos exime de su zapa constante. Quizá es así, a través del recuerdo de esta obviedad intempestiva, como el otoño acentúa en nosotros una actitud de introspección que en ninguna de las demás estaciones se nos antoja tan apremiante. Convertimos lo externo en una geografía íntima. Miramos el mundo como si nos dispusiéramos a descifrar un símbolo. La naturaleza se repliega sobre sí misma y para nosotros, coetáneos de una época que se obstina en vivir de espaldas a la muerte, el manto de sobriedad que se extiende sobre la tierra se transforma en el marco depurado y tangible de una meditación necesaria.
Impregados de su mismo espíritu de humildad, el otoño nos invita a recordar a quienes faltan. No se trata tanto de dejarnos vencer por la añoranza como de conmemorar la dicha de que una vez estuvieran entre nosotros. Es un tributo de gratitud en el que el recuerdo de ciertas imágenes indelebles (¿quién no caminó bajo la lluvia al amparo del paraguas de alguien que ya no está?; ¿quién no jugó alguna vez sobre un lecho de hojas secas mientras unos de sus mayores, ya definitivamente ausente, cuidaba de que no se dañara?) se mezcla con el reconocimiento del don inestimable de la vida y la conciencia de su dramática fragilidad. Únicamente en la combinación de ambos planos hallamos el punto exacto de la identidad en la que aspiramos a cristalizar. El punto en el que, mientras cuidamos de nuestros hijos, la huella del ejemplo de quienes nos precedieron, su testimonio de dignidad y abnegación, sostiene nuestra esperanza en la posibilidad de un tiempo más humano.

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