04 de julio de 2022

Fray Abel de Jesús
los términos del reino

La eutanasia cristiana

Por amor, el cristiano asume la vida y la muerte, el gozo y el sufrimiento, pues ninguna semilla que muere queda infecunda

El cristianismo es la doctrina que previene a románticos y a existencialistas de quitarse la vida, por cualesquiera que sean los motivos que cada uno tenga para suicidarse.
Ser cristiano es ser romántico, pero sin buscar el suicidio después de cada experiencia estética. Ser cristiano es ver la existencia caída con tristeza, como un existencialista, pero sin desear desangrarse en la bañera. El espíritu del cristiano es además vitalista, como Nietzsche, pero esta vez con verdaderas ganas de vivir la vida, y así conserva su cordura. Un cristiano es como Nietzsche, pero sin dolores de estómago. El cristiano supera incluso al vitalista en el amor al sufrimiento y a la alegría y a todas las demás pasiones de las que es susceptible la vida. El cristiano ama la tormenta, como un romántico, pero también los días de sol, como un vitalista. El cristiano participa del pesimismo antropológico de románticos y existencialistas, pero, al contrario que estos, su pesimismo le proyecta hacia un horizonte de esperanza.
La esperanza no es patrimonio de los románticos ni de los existencialistas ni de los vitalistas, solo de los cristianos. El cristiano es un realista –más bien del tipo pesimista sobre lo que este mundo puede dar de sí–, pero que disfruta de una mayor esperanza cuanto más profundo es su pesimismo. El cristiano está desengañado del optimismo, porque sabe que todo puede salir mal. La esperanza cristiana nace justo donde termina el optimismo. El materialista no tiene esperanza, porque es ateo, y un ateo o un agnóstico no tienen esperanza, acaso solo optimismo. El cristiano disfruta de todos los bienes del materialismo, especialmente si es un cristiano místico –al contrario de lo que se suele pensar–, pero además tiene esperanza. El cristiano tiene buen humor y afronta la vida cotidiana con la misma ligereza que un existencialista. Pero, mientras que el humor del existencialista puro es cínico, el humor del cristiano es honestamente escéptico. El cristiano, igual que el vitalista, no se preocupa por el mañana y asume el presente como un mandamiento divino y la despreocupación respecto al mañana como un precepto de Cristo, el Hijo del Padre providente. Pero el vitalista tiene un pie en la tumba, aun en la mayor de sus alegrías. El cristiano, por su parte, tiene un pie en el cielo, en el mejor de los casos, y esto incrementa su gozo de los bienes caídos del tiempo presente. El cristiano es un vitalista que ha aprendido que en la ascética está la vida.

El cristiano está desengañado del optimismo, porque sabe que todo puede salir mal. La esperanza cristiana nace justo donde termina el optimismo

Cuanto mayor es el desengaño y el desapropio del cristiano frente a los bienes creados, mayor es su esperanza, y mayor su disfrute de los bienes; el disfrute de los bienes, pues, crece con el desapropio de ellos. El pagano disfruta de los bienes del mundo, pero tiene una nauseabunda conciencia del hades que le espera, que es su destino. El cristiano disfruta de los bienes y, además, desconoce el miedo al hades y al hado: no hay destino ciego para el cristiano. El cristiano ama el sufrimiento, la oscuridad y el sinsentido, como un vitalista, aunque sobre esto versen la mayor parte de las acusaciones que sobre él pesan. Por eso no se suicida, si es cristiano, porque en la lógica esencial de su evangelio se encuentra la fecundidad de la cruz, que es la manifestación geométrica del sinsentido. Por amor, el cristiano asume la vida y la muerte, el gozo y el sufrimiento, pues ninguna semilla que muere queda infecunda. El cristiano ama la cruz y la Resurrección, y no hay para él mejor eutanasia, cuya etimología llama buenamuerte, que asumir el destino, que no es destino para él en absoluto, sino amor libre y consumado, y así se ríe del lobo estepario y de todos los demás suicidas ilustrados.
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