Natividad (1732) de Giovanni Battista Tiepolo
Poesía de Navidad
Luis Rosales y su 'callar' para que el mundo entero oiga el alegre mensaje que trae el Niño recién nacido
El título corona adecuadamente el poema: Callar, infinitivo con valor imperativo, verbo que se repite hasta en cuatro ocasiones
'Callar'
y el corazón en la brisa
tiene una fiesta imprecisa
de campanario sin nido...;
siempre hay un niño dormido
junto al silencio...; vivir
sin despertarle ni herir
con la nieve su garganta...;
callar, es la noche santa,
no la debemos dormir.
Callar... ¿Si el niño tuviera
siquiera luz por abrigo,
y el viento no helara el trigo
de su sonrisa primera...?;
callar, ¿si el niño quisiera
descansarnos de vivir,
y el mundo dejara oír
su alegre mensajería?;
callar... habla todavía,
no la debemos dormir.
El poema con el que se inicia el Retablo del Nacimiento de Nuestro Señor (1964) pone ya de manifiesto, por un lado, la exquisita sensibilidad de Rosales, capaz de encontrar las más afortunadas metáforas, de altísimo vuelo poético; y, por otro, el dominio de la forma y de los metros y las estrofas tradicionales.
El poema está compuesto por dos décimas –en la edición del 40, llamada Retablo de Navidad, sólo contaba con una décima–, cada una de ellas constituida por versos octosílabos, con rima consonante, según el esquema abbaaccddc; es decir, dos redondillas con rima abrazada (abba y cddc) y, uniéndolas, dos versos de enlace que repiten las rimas última y primera de cada redondilla, ac. En este caso, los versos 6, 7 y 10 de cada décima son oxítonos y tienen la misma rima: ir; y ambas se cierran, a modo de estribillo, con el mismo verso: «no la debemos dormir».
Ambas décimas forman un conjunto conceptual perfectamente trabado: el Niño nace en una noche santa, que debe estar siempre presente en el corazón del hombre para actualizar, así, el mensaje de salvación que ha traído al mundo. La naturaleza desabrida -nieve, viento, hielo...- sirve de advertencia para marcar la conducta vital: «vivir / sin despertarle ni herir / con la nieve su garganta...» (versos 6, 7, 8 de la décima 1); sin que «el viento no helara el trigo / de su sonrisa primera;» (versos 3, 4 de la segunda décima) -imagen de incomparable eficacia estética; y frente a ella, la «fiesta del corazón», como una suave brisa en la noche santa del nacimiento, que nos trae «su alegre mensajería».
El título corona adecuadamente el poema: «Callar» –infinitivo con valor imperativo-, verbo que se repite hasta en cuatro ocasiones a lo largo del poema, y siempre en posición inicial de verso (en los versos 9 -de la primera décima- y 1, 5 y 9 de la segunda); repetición que contribuye a crear un clímax poético ascensional, que alcanza su culminación en la segunda décima. Y a ello contribuyen las dos interrogaciones retóricas (versos 1-4 y 5-8), montadas en construcción paralelística:
Callar... ¿Si el niño tuviera / [...]?
callar, ¿si el niño quisiera / [...]?
En definitiva, hay que callar para que el mundo entero oiga el alegre mensaje que trae el Niño recién nacido; y hay que callar para que la noche santa siga –«todavía»– pregonando dicho mensaje:
callar... habla todavía
no la debemos dormir.