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Una pareja de recién casados

Una pareja de recién casados a su salida de la iglesiaFrancesco Dispinzieri

En el Día de los Enamorados

El romántico y actual consejo para esposos que dio hace 1.700 años un santo (y que no es san Valentín)

Casi coetáneo del famoso santo patrón de los enamorados, este otro Padre de la Iglesia dedicó varias de sus más importantes homilías a enseñar a los esposos a fortalecer el amor en la pareja

Nadie puede negar que la vida de san Valentín fue todo un testimonio de perseverancia por defender la importancia del amor humano como reflejo del amor de Dios, y garantizar que los novios pudiesen consagrar su unión con el sacramento del matrimonio. Algo que le llevó a ser martirizado allá por el siglo III, al infringir las leyes dictadas por el entonces emperador de Roma Claudio II contra la posibilidad de que los soldados tomasen esposa.

Pero Valentín no es, ni mucho menos, el único santo al que esposos y novios pueden acudir para encontrar las claves que les permitan conservar y acrecentar su amor. De hecho, otro santo casi coetáneo suyo, y que es reconocido como Padre y Doctor de la Iglesia, dedicó buena parte de su extensa obra a aconsejar a las familias, y en particular a los matrimonios y a los jóvenes, para vivir su unión como una verdadera Iglesia doméstica.

Hablamos de san Juan Crisóstomo, uno de los mayores predicadores de la Historia de la Iglesia (su apellido, de hecho, es más bien un sobrenombre, pues Crisóstomo significa «pico de oro»).

Un amor que refleja a Dios

En su homilía número 20, dedicada a los capítulos 4, 8 y 9 de la carta de san Pablo a los Efesios, Crisóstomo se dirige a los esposos con una serie de recomendaciones para que puedan vivir su amor esponsal como reflejo del amor de Dios. Y da algunas claves para el varón que pocas mujeres del siglo XXI se atreverían a desaconsejar.

El consejo para los maridos

«¿Qué es lo que debes decir a tu mujer?», se pregunta, dirigiéndose a los maridos. Y se responde con una delicadeza y una concreción que pueden resultar más que sorprendentes para un clérigo célibe que vivió a finales del siglo IV:

Dile con toda dulzura: 'Yo te he escogido, te amo y te prefiero más que a mi propia vida. La existencia de ahora no es nada; por eso mis oraciones, recomendaciones y todos mis actos van dirigidos a que se nos conceda pasar esta vida de manera tal que podamos estar reunidos en la vida futura sin temor alguno de separación. El tiempo que vivimos es corto y frágil. Si se nos concede poder agradar a Dios durante esta vida, eternamente estaremos con Cristo y el uno con el otro en una felicidad sin límites.

Tu amor me llena de gozo más que todo y no conocería una desdicha más insoportable que estar separado de ti. Aunque tuviera que perderlo todo y llegar a ser más pobre que un mendigo, arriesgar los más grandes peligros, aguantar lo que fuera, todo me sería soportable con tal que permanezca tu afecto hacia mí. Es solo contando con este amor que desearé hijos'.

Y no solo anima a poner palabras, sino a concretar con acciones ese amor romántico: «Será también necesario que tu conducta sea conforme a estas palabras. Demuestra a tu mujer que aprecias en mucho el poder vivir con ella y que, por ella, prefieres estar en casa que en la plaza. Prefiérela a todos los amigos e incluso a los hijos que ella te ha dado; y que estos te amen a ti por ella», recomienda.

Y para que esos buenos deseos tengan un fundamento mayor que el de la sola voluntad humana, daba el consejo definitivo a ambos: «Haced en común vuestras oraciones. Que cada uno vaya a la iglesia y en casa el marido pregunte a su mujer, y la mujer a su marido, qué es lo que allí se ha dicho y leído. Aprended el temor de Dios; todo lo demás irá viniendo como de una fuente y vuestra casa se llenará de bienes innumerables. Aspiremos a los bienes incorruptibles, que los otros no nos faltarán. 'Buscad primero el Reino de Dios, nos dice el Evangelio, y todo lo demás se os dará por añadidura' (Mt 6, 33)».

Un consejo con casi 1.700 años de antigüedad y que no ha perdido un ápice de valor para ponerlo en práctica en nuestra época. También en el día de san Valentín.

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