La Duquesa de Kent
La catedral de Westminster, símbolo del catolicismo inglés, acoge su primer funeral real
El cardenal arzobispo Vincent Nichols preside hoy las exequias de la Duquesa de Kent, en presencia de Carlos III, un acontecimiento histórico
La catedral de Westminster, principal templo del catolicismo inglés, protagonizará hoy, con motivo de las exequias de la Duquesa de Kent, un acontecimiento histórico: la presencia de un monarca británico, cabeza de la Iglesia de Inglaterra, en una celebración litúrgica de la Iglesia de Roma en el territorio de su reino. Precisión: no es la primera vez que un monarca británico asiste a unas exequias católicas, pues Isabel II honró con su presencia las del Rey Balduino de los Belgas en 1993 y Carlos III, siendo Príncipe de Gales, asistió ese mismo año a las del conde de Barcelona.
Repitió la experiencia doce años más tarde con motivo de los funerales de San Juan Pablo II y, en 2013, asistiendo a los de su íntimo amigo, el empresario católico Hugh van Cutsem. Puede que la lista no sea exhaustiva. También ha estado presente en varias bodas católicas de la realeza europea, entre ellas la de los entonces Príncipes de Asturias en 2004.
Tampoco es la primera vez que un monarca británico en ejercicio pone los pies en la catedral de Westminster, pues Isabel II traspasó su pórtico en 1977, durante su Jubileo de Plata, y en 1995, cuando asistió a unas vísperas, siendo recibida en ambas ocasiones por el entonces cardenal arzobispo Basil Hume, benedictino, a quien pocos días antes de su muerte, concedió la Orden del Mérito, una de las distinciones más selectas de la Commonwealth, pues solo la pueden ostentar 24 personas. Con todo, las exequias de hoy puede que cierren el lento proceso de reconciliación entre la Corona de San Eduardo y el mundo católico, siendo la catedral de Westminster el lugar más adecuado.
La catedral de Westminster
Fue el cardenal Henry Manning, segundo cardenal arzobispo de Westminster tras la restauración de la archidiócesis en 1850 quien, el 25 de mayo de 1865, declaró la necesidad de la sede de Westminster dispusiera de una catedral «de proporciones correspondientes a la sede principal de la Iglesia católica en el Imperio británico». Si bien fue su sucesor, el cardenal Herbert Vaughan, quien asumió la construcción. Murió en 1903, poco antes de la inauguración de la catedral.
Entre ambas fechas su edificación fue algo laboriosa; en parte por las exigencias del cardenal Vaughan, quien pretendió que el diseño y la ejecución de la obra corriesen a cargo de un arquitecto católico. Terminó cediendo, siendo el designado John Francis Bentley, quien ya había edificado una docena de templos católicos en Londres. Su modelo era la iglesia de San Constantino, base de la actual basílica de San Pedro de Roma.
El resultado final es la 50ª iglesia más grande del mundo en términos de superficie interior (5.017 m²), con capacidad para 2.000 personas. Todo el edificio, de estilo neobizantino, tiene una superficie construida de unos 5017 metros cuadrados; el factor dominante del diseño, aparte del campanario, es una nave espaciosa y sin interrupciones, de 18 metros (59 pies) de ancho y 70 metros de largo desde el nártex hasta los escalones del santuario cubierta con bóvedas abovedadas.
En la planificación de la nave se adoptó un sistema de soportes similar al que se puede ver en la mayoría de las catedrales góticas, en las que se proyectan contrafuertes enormes, aunque estrechos, a intervalos, y se refuerzan con muros transversales, arcadas y bóvedas. A diferencia de las catedrales góticas, en Westminster se limitan al interior. Los pilares principales y los arcos transversales que sostienen las cúpulas dividen la nave en tres tramos, cada uno de unos 395 metros cuadrados. Las cúpulas descansan sobre los arcos a una altura de 27 metros del suelo, siendo la altura interna total de 34 metros. Sobre todo, es el símbolo de la normalización del catolicismo inglés, y de su revival.