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Javier Corrales junto a su familia

Javier Corrales junto a su familiaCedida

La fe de un padre de 27 años tras superar un cáncer: «Está claro que hay alguien arriba que lo tiene todo pensado»

La historia de Javier, un joven madrileño, no ha dejado indiferente a nadie. Frente a la posibilidad de una recaída, confiesa cómo su relación con Dios le ha dado fuerza en su lucha contra la enfermedad

La vida de Javier cambió por completo cuando, en mayo de 2024, fue diagnosticado con cáncer de estómago. Tenía 26 años, estaba casado y sería padre dentro de poco. Después de meses de lucha y tratamientos, y pese a enfrentarse a una posible recaída, reflexiona sobre un camino en el que no han faltado ni apoyos ni oraciones de las numerosas personas que conocieron su historia.

En mayo del año pasado, tras unas pruebas médicas, recibió una dura noticia. Javier Corrales disfrutaba de su juventud, trabajaba en KPMG y recientemente se había casado. Un momento que sin duda jamás olvidará. Más que miedo, confiesa, lo que sintió fue una profunda incertidumbre. Los médicos solo pronunciaron la palabra «cáncer», sin aún conocer la causa ni la extensión. «Lo peor que pude hacer, y que no le recomiendo a nadie, es montarse sus propias películas. Hay que fiarse de Dios y punto. Es fácil decirlo, pero difícil de hacer, de eso no cabe duda», explica.

Su testimonio ha quedado recogido en la revista ‘La Locomotora’, distribuida entre antiguos alumnos del Colegio El Prado.

Después del duro impacto, Javier narra cómo transcurrieron las semanas, complicadas por las continuas visitas al hospital para realizar más pruebas. Recuerda cómo la gente opinaba, aunque con buena intención, y cómo el tiempo parecía correr en su contra.

«Yo solo podía pensar en mi mujer y en mi hijo que estaba al caer. No entendía el motivo por el que Dios permitía algo así en un momento como ese y, además, en mi cabeza solo se me pasaba que habíamos hecho las cosas bien mi mujer y yo. Podría decirse que pensaba que Dios estaba siendo injusto con nosotros. No voy a negarlo», detalla.

Consuelo en lo más cotidiano

A pesar de su juventud, lo más duro que tuvo que enfrentar fueron los propios tratamientos que le limitaban y le dejaban destrozado. «Tuve que aceptar que mi verano, mis planes, mi deporte o mi baja paternal no iban a ser lo que tenía en mi cabeza planeado. También me tuve que perder bodas que me hacían mucha ilusión. Pero siendo sincero, uno se acostumbra a cualquier cosa. Cuando te pasan estas cosas, por mi experiencia personal, aprendes a relativizar todo y la mayoría de cosas pasan a un segundo plano», reflexiona.

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Javier junto a su mujer y a su hijo

Contó con el apoyo de su familia, su mujer —embarazada en esa época no lo olvidemos— y sus amigos para sobrellevar los tratamientos. «Aprendí a disfrutar del momento presente y a valorar cosas sencillas, como un paseo tranquilo por Mirasierra un lunes a mediodía sin gente en la calle, un plato de comida sólida cuando el tratamiento me lo permitía (la mayor parte del tiempo solo podía comer líquidos) o un baño en la piscina cuando el sol ya había caído», afirma.

La figura de San José

Como bien sabemos, ‘nunca llueve a gusto de todos’, y para Javier y su familia, la enfermedad llegó en un momento especialmente delicado.

El año anterior se había casado y en julio llegaría el primer hijo del matrimonio. La detección del cáncer ocurrió en mayo, justo en la semana en que se encontraban en medio de una mudanza, tras la reciente inundación de su anterior hogar. «Fue una auténtica aventura», recuerda.

«En esos meses tuve muchas 'ayudas' o 'palancas', como decimos en mi trabajo, pero en ese momento me ayudó mucho fijarme en la figura de san José», detalla, señalando además cómo su devoción al santo coincidía con su cercana paternidad.

«Creo que san José vivió algo similar. No tuvo nada bajo su control y simplemente se fio de Dios, aunque no le viese el sentido a las cosas. No tuvo apenas nada de control sobre su vida en esos primeros años de vida de Jesús. Le recé bastante», detalla.

«Cada día me lo tomaba como una etapa más»

Los síntomas de la enfermedad se manifestaron mucho antes. Durante la JMJ de Lisboa, el joven comenzó a experimentar dolores de estómago que continuaron con el paso de los meses. «Menos mal que mi madre es médico y se preocupó enseguida. Me tiró de los pelos y me llevó a su hospital, donde me lo detectaron justo a tiempo. Si ya le debía casi todo a mis padres, imaginaos ahora después de esto, jaja. También tuve «suerte» de haber contratado un seguro privado unos meses antes por el embarazo de mi mujer. Está claro que hay alguien arriba que lo tiene todo pensado», explica.

Javier cuenta que el tratamiento fue largo, muy duro y lleno de incertidumbre. Consistió en 8 sesiones de quimioterapia separadas en dos bloques de 4 y en el medio una operación. «Cada paso era un obstáculo más a superar. Aquí me fijaba yo mucho en el Camino de Santiago para sacar fuerzas. Soy un verdadero loco del Camino (el último lo hice andando desde Mirasierra). Cada día me lo tomaba como una etapa más. De hecho, mi mujer me regaló una acuarela de un sendero del Camino que pusimos en el pequeño altarcillo que tenemos en casa para ayudarnos a rezar y no os podéis imaginar lo que me ayudaba esa tontería», recuerda con gracia.

Boda de Javier y su esposa

Boda de Javier y su esposa

Tras intensos meses de fármacos y visitas al hospital, Javier medita sobre cómo, a pesar de todo, también ha sabido encontrar el lado positivo: «Aunque haya sido un periodo duro, he disfrutado muchísimo. No lo recuerdo como una etapa mala de mi vida. He valorado la plena libertad para pasar tiempo con mi familia y amigos, dedicarme a rezar, pasear, pensar, leer, estudiar, hacer deporte en la medida en que mi cuerpo me lo permitía y muchas otras cosas que, en un mundo de prisas como el nuestro, me era imposible hacer».

Mucho apoyo y oraciones para una curación

Desde el momento en que se supo la noticia, el apoyo que sintió la pareja fue inmenso. «La respuesta de la gente y lo arropados que nos sentimos mi mujer y yo no tiene palabras. Más allá de nuestras familias, que por supuesto dieron todo y más por nosotros, la gente en general se volcó de una manera que jamás me hubiera podido imaginar», explica.

Javier recuerda con especial nostalgia una velada de oración en la parroquia de Nuestra Señora de las Nieves que hicieron para rezar por él, en la que «no cabía ni un alfiler de la gente que fue», relata. «Además, se montó un grupo de oración con turnos y todo de 1 hora frente al santísimo que dura incluso hasta día de hoy. La gente, sin ni siquiera conocerme muchos de ellos, reza por mi cada día. Si eso no es la verdadera comunión de los santos, que baje alguien y me lo explique», exclama.

«El detalle que llevo con más cariño en mi corazón fue el que tuvieron mi grupo de amigos de El Prado conmigo. Nada más enterarse, cogieron todos y con novias/mujer incluidas se fueron varios días seguidos a rezar el rosario a última hora del día a la ermita de El Prado. Algunos de ellos, digámoslo así, no se llevaban muy bien con Dios desde hace un tiempo. Eso, es amistad», reflexiona con emoción.

Relación y confianza en Dios

«A Dios cuando le vea le tendré que preguntar un par de cosas jaja, pero estoy eternamente agradecido. Ha sido duro, sí, e incluso sigo bajo riesgo de recaída y con esa incertidumbre en mi cabeza de forma recurrente, pero de esta experiencia he salido mejor de lo que estaba antes y, no solo yo, también mi entorno», reflexiona Javier acerca de cómo su relación con Dios fue clave y cómo se ha transformado a lo largo del proceso.

«Al futuro no le pido nada, pero a Dios le pido la gracia y la fe suficiente como para no volver a perderme en las preocupaciones del mundo. Vivimos en él y como tal, tenemos que amarlo, pero de forma ordenada. No me gustaría volver a llenar mi corazón de ilusiones y planes superficiales o ambiciones desmedidas. No quiero perder y desechar todo lo aprendido en este tiempo», reflexiona.

El verdadero ‘antes y después’, explica Javier, ha sido aprender a afrontar el día a día. La nueva normalidad que consiste en vivir sabiendo que Dios se encarga de todo, y que nosotros solo debemos relativizar lo que nos ocurre para valorar lo verdaderamente importante.

«También le pido la esperanza suficiente para afrontar cualquier nuevo revés o cambio de planes que pueda surgir. Es muy fácil hablar desde la posición actual, en la que parece que lo he superado, pero habrá que verse en una hipotética recaída. La vehemencia no es buena compañera de viaje. No obstante, como he dicho, mejor no montarse películas, pero, por si llegase, ¡hay que pedir!», narra Javier, explicando cómo, a pesar de poder enfrentarse a otra mala noticia en cualquier momento, su principal apoyo que es su entorno se ha fortalecido aún más.

Meses de visitas al hospital entre el cáncer y ecografías

Meses de visitas al hospital entre el cáncer y ecografías

«Además, estamos mucho más unidos y nos queremos mejor mi mujer y yo y obviamente también ha habido beneficios en mis relaciones familiares y de amistad. Además, que no es tontería, con esto de que me hayan quitado el estómago, complicado va a ser que esté gordo algún día. Estoy más «fit» que nunca jaja. Encima dicen que el pelo luego crece más fuerte (Veremos… jajaja)», añade con gracia.

«Dios tiene un plan, cuenta contigo»

Después de estos meses, podemos decir que Javier se ha convertido en un experto en visitas y revisiones en salas de hospital. Ante la pregunta ‘¿Qué le aconsejarías a una persona que estuviese en esa situación?’, él respondió:

«Que no se agobie, aunque sea normal y humano hacerlo. Pero, que, si uno se para a pensarlo bien y cree en Dios de verdad, cae en la cuenta de que tiene un Padre que lo ama con locura y que no le desea nada malo a él ni a su entorno. «Todo es para bien de los que aman a Dios» como decía San Pablo, creo. Dios tiene un plan, cuenta contigo. Igual su plan no es el tuyo o no coincide del todo, pero hay que abandonarse como hizo san José. Su plan es mucho mejor y va a dar más frutos. Aquí estamos de paso y aunque sea humano tener tus ilusiones, vive sabiendo que esto es temporal y que lo importante no es lo que se predica en los medios y en la calle últimamente. Vive tranquilo y confía en Él».

Huella imborrable de ser alumni de 'El Prado'

Finalmente, después de momentos difíciles, la casa se llenó de alegría con la llegada del nuevo miembro: «Mi intención no es hacerme el ‘pelota’, pero mi hijo Jacobo —que, por cierto, nació el 25 de julio (un guiño de Dios, considerando mi afición al Camino y mi devoción al Apóstol)— ya está apuntado para ir a Montealto en cuanto sea posible y, posteriormente, a El Prado. Eso lo dice todo».

Javier recuerda con ilusión su paso por el colegio El Prado, en Madrid

Javier recuerda con ilusión su paso por el colegio El Prado, en Madrid

«El Prado no es solo una escuela donde te enseñan a ser competente académica y profesionalmente. El Prado es una escuela de amistad y de valores. Obviamente se viene aprendido de casa, pero a mí personalmente diría que un alto porcentaje de lo que soy en esencia, mis actitudes hacia mí y hacia los demás, mis valores o mi forma de integrar la religión en mi vida vienen dados por El Prado».

Ahora que han pasado años desde su etapa escolar, Javier recuerda esos años con agradecimiento. Echa la vista atrás a todas aquellas experiencias y personas que dejaron en él una huella, haciendo que «El Prado sea lo que es, una escuela de vida», concluye.

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