El pequeño Xander, con un body que celebra su vuelta a casa tras 450 días en el hospital
Nació con Trisomía 18, una enfermedad rara
La asombrosa historia de Xander: los médicos dijeron que moriría antes de nacer... y ya tiene un año y medio
Alessia, la madre de este pequeño que nació con una enfermedad rara, no hizo caso a los consejos de quienes le sugerían abortar.
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El diagnóstico de una enfermedad rara en un hijo siempre es un jarro de agua fría. Pero cuando se produce durante el embarazo, y acompañado de presiones para abortar y promesas de que el bebé no nacería con vida, puede llegar a ser desgarrador.
Eso es justo lo que les ha sucedido a Alesia y a su marido Bradshaw. Hace poco más de un año, ella se quedó embarazada de su segundo hijo, pero en los primeros compases del embarazo llegó la noticia: el bebé que esperaban tenía Trisomía 18, una alteración genética muy poco frecuente, que suele provocar discapacidades graves, y que, según los médicos, era «incompatible con la vida».
De hecho, los médicos que atendieron a esta pareja estadounidense fueron completamente precisos en su diagnóstico: Xander, que así iba a llamarse el pequeño, no podría sobrevivir a la semana 12 de gestación. Lo más seguro para la mujer era, por tanto, que abortase, le aseguraron.
Si pudiera leer, el pequeño Xander, que ya ha cumplido 15 meses y vive felizmente en su casa, junto a sus padres y su hermana, tal vez encontrase alguna ligera objeción a esa taxativa condena a muerte que quisieron colgarle cuando aún estaba en su fase de desarrollo uterino.
Presiones para abortar
Porque Alesia y su marido se negaron a rendirse e hicieron oídos sordos a las múltiples presiones abortistas que sufrieron, como les ocurre a tantas otras parejas en su situación. Ahora, su historia ha salido a la luz gracias al portal provida Lifenews.
«Cuando fuimos al Mott Children Hospital (un hospital pediátrico de Ann Arbor, en el estado de Michigan, especializado en cuidados intensivos) inmediatamente cambiaron nuestra perspectiva y nos dieron una nueva esperanza», dijo Bradshaw Zeh.
Una esperanza que se prolongó durante casi un año y medio (con 450 días de ingreso hospitalario), en los que el pequeño Xander, primero en el vientre de su madre y después en una incubadora, ha enfrentado y superado más desafíos para su supervivencia que la mayoría de las personas en toda su vida.
«Ha pasado por cinco o seis cirugías mayores, e incluso nos diagnosticaron cáncer cuando tenía unos seis meses. Así que incluso se ha sometido a quimioterapia y a una resección hepática. Es más fuerte que nadie, que absolutamente nadie que conozcamos», explica su madre.
Una vida llena de celebraciones
Su testimonio demuestra hasta qué punto la vida frágil de un bebé desahuciado por la ciencia es capaz de llenar de vida, felicidad y entereza a quien tiene a su alrededor... y también de experimentarla por sí mismo.
«La primera vez que lo llevamos en cochecito fue de lo más especial. La primera vez que sonrió, se nos enterneció el corazón. También la primera vez que lo tuvimos en brazos. Y estas son cosas en las que la mayoría de la gente no se fija, pero nosotros las hemos podido descubrir gracias a él», dice su madre.
Hace pocas semanas, Xander ha sido dado de alta en el hospital y su llegada a casa ha sido celebrada por sus padres en redes sociales, donde ha recibido un inmenso número de apoyos de internautas. De hecho, algunos han revelado cómo su historia ha inspirado a otros matrimonios, tras un diagnóstico similar, a elegir la esperanza en lugar de la desesperación.
Un ejemplo inspirador
Alesia y su marido han explicado también que para superar este bache fue esencial la ayuda de Abel Speaks, una organización sin ánimo de lucro que brinda atención y apoyo gratuitos a familias que reciben un diagnóstico adverso, y a quienes los médicos les dicen que los bebés que están esperando pueden no sobrevivir.
Porque aunque Xander vive enchufado a una máquina para poder alimentarse y respirar, se alimenta, respira y vive. Aunque cuando sus padres le hacen cucamonas se ríe con alguna dificultad, Xander se ríe y vive. Y aunque su hermana no pueda jugar con él a los mismos juegos que otros niños de su edad, Xander juega... porque vive.