De la fe a la historia, de la historia a la fe
Los Padres de Nicea se sitúan en continuidad con el depósito de la fe que les había sido transmitido: en la fidelidad «al monoteísmo bíblico y al realismo de la encarnación»
¿Qué significa para mi vida mi fe? ¿Qué dice mi historia a mi realidad de hoy? ¿Tiene que ver la fe que he recibido con los grandes desafíos del presente, y –pregunta quizás aún más apremiante– con las grandes preguntas de mi existencia?
Creo que estas son las preguntas de fondo que el Papa León XIV invita a todo cristiano a hacerse en la carta apostólica In unitate fidei, promulgada este pasado domingo, solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, con la ocasión del 1700 aniversario del Concilio de Nicea. Disponiéndose a realizar su viaje apostólico a Turquía, el Papa desea «alentar en toda la Iglesia un renovado impulso en la profesión de la fe» para que sea «confesada y profundizada de manera siempre nueva y actual» (1). Una novedad y una actualidad que se desglosan tanto en las implicaciones personales como en el ámbito eclesial en su conjunto y en el de la situación mundial más en general: la fe de cada cristiano, pues, sí tiene algo que decir en la Iglesia, en el mundo y en mi vida.
En efecto, como es evidente ya en su título, la carta se enmarca en la exhortación al camino de unidad de la fe entre los cristianos, al que el pontífice llama a través de unas palabras de la profesión de fe nicena: «Creemos en Jesucristo, Hijo único de Dios, que por nuestra salvación bajó del cielo» (1). ¿Basta con esto para caminar hacia la unidad plena entre cristianos? Paradójicamente, sí; basta con esto: la formulación que se fraguó en Nicea en 325 no fue «una teoría filosófica» (7) expresada en tiempos «menos turbulentos» que los nuestros (3), sino una profesión de la fe en el Dios que se ha revelado definitivamente en Jesucristo realizando una historia de salvación para todo el hombre y para todos los hombres.
Por esta razón, es una «coincidencia providencial» (2) la que se ha dado entre el Año Santo dedicado a Cristo, nuestra esperanza, y este importante aniversario del Concilio de Nicea, que, con su símbolo que se preocupó de profesar la fe verdadera en el Hijo de Dios, hace memoria de la «esperanza en los tiempos difíciles que vivimos» (2).
En un tan breve como preciso recorrido histórico por las circunstancias alrededor de la formulación del Credo, el Santo Padre destaca que los Padres de Nicea se sitúan en continuidad con el depósito de la fe que les había sido transmitido: en la fidelidad «al monoteísmo bíblico y al realismo de la encarnación» con su formulación «quisieron reafirmar que el único y verdadero Dios no es inalcanzablemente lejano a nosotros, sino que, por el contrario, se ha hecho cercano y ha salido a nuestro encuentro en Jesucristo» (5). Por tanto, lejos de ser un debate ajeno a la vida, «las afirmaciones cristológicas del Concilio están insertas en la historia de salvación entre Dios y sus criaturas» (7): describen la victoria sobre la muerte que el hombre desea, a la que está llamado y que le es imposible alcanzar si no por medio de la victoria sobre la muerte realizada en favor nuestro por el Hijo de Dios.
Tres, en concreto, son los subrayados de la carta.
El primero: Cristo «descendió», a saber, se encarnó. «El Credo niceno no nos habla, por tanto, de un Dios lejano, inalcanzable, inmóvil […], sino de un Dios que está cerca de nosotros, que nos acompaña en nuestro camino por las sendas del mundo y en los lugares más oscuros de la tierra» (7): de allí que la llamada a los cristianos sea el de encontrarlo como «nuestro prójimo en los pequeños y en los pobres» (7).
El segundo: al hacerse carne, Cristo «se hizo hombre», para que, habiéndose hecho como nosotros, nos hiciera lo que él es. «La divinización es, por tanto, la verdadera humanización» (7): sólo en Cristo el hombre puede llegar a la plenitud que de mil maneras ansía, sólo en Él «puede saciar el deseo infinito del corazón» (7).
El tercero: Cristo es «Dios de Dios», es homooúsios, «de la misma naturaleza del Padre». Los grandes Padres de la Iglesia de las décadas inmediatamente sucesivas –en particular a través del Concilio de Constantinopla, del 381– explicitarán también la igual adoración y gloria debida al Espíritu Santo, «mostrando que la Unidad y la Trinidad en Dios no están en absoluto en contradicción» (8).
A estos subrayados, el Papa apela también al final de la carta, mostrando sus implicaciones para la vida de los cristianos: en efecto, «el Credo de Nicea nos invita […] a un examen de conciencia» (10) y «nos recuerda […] que no hemos de olvidar que Jesucristo es el Señor (Kyrios), el Hijo del Dios viviente, que «por nuestra salvación bajó del cielo» y murió «por nosotros» en la cruz, abriéndonos el camino de la vida nueva con su resurrección y ascensión».
Un camino que llama a un seguimiento, «a menudo exigente o incluso doloroso», pero que «conduce siempre a la vida y a la salvación» (11).
Así, siguiendo al Hijo de Dios que «descendió», también para los hombres «la subida a Dios pasa por el abajamiento y la entrega a los hermanos y hermanas, sobre todo a los últimos» (11), con los que Cristo mismo se identificó. Y así, siguiendo la revelación del único Dios trinitario, también los cristianos estamos llamados a «una oración común al Espíritu Santo, para que nos reúna a todos en una sola fe y un solo amor», en un «ecumenismo orientado al futuro» (12), de arrepentimiento y conversión, de oración, alabanza y culto.
Así concluye, pues, la carta: con una invocación al Espíritu Santo. A Aquel que ha «inspirado los Símbolos de la fe»: «Ven y danos a gustar la belleza de la comunión» (12).
- Clara Sanvito es Profesora de la Facultad de Literatura Cristiana y Clásica de la universidad eclesiástica San Dámaso