Carlos Murciano y sus novedosos villancicos infantiles de brujas, Barbies y soldaditos de plomo
Lo que más admirable resulta es la sencillez de materiales poéticos con los que los construye; unos villancicos en los que fluye un alegre y candoroso lirismo
Salzillo «Cortejo de los Reyes Magos»
Carlos Murciano (1931) ha cultivado la narrativa en obras como Las manos en el agua (1981), El mar sigue esperando (Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, 1982)… Pero es, fundamentalmente, un poeta cuya poesía se dirige tanto a adultos como a niños. Entre sus obras líricas destacan las siguientes: A modo de esperanza (Accésit del Premio de Poesía Adonáis, 1954), Viento en la carne (1955), Un día más o menos (1962; Premio Ciudad de Barcelona, 1963), Los años y las sombras (Premio Ausias March, 1966), Libro de epitafios (1967, Premio Juan Boscán, 1966), Este claro silencio (Premio Nacional de Literatura, 1970), Del tiempo y soledad (1978)...
Murciano ha continuado publicando versos de gran inspiración y belleza: Quizá mis lentos ojos (1986), Como si nada (Premio Searus de Poesía, 1988), Sonetos de la otra casa (1996, Premio de Poesía Feria de Madrid-Jardines del Buen Retiro), Algo tiembla (Premio de Poesía Ángaro, 2010), Sonetos para ella (2018)… Y si tuviéramos que definir en dos palabras las constantes de su poesía, estas serían «hondura de pensamiento» y «versificación clásica».
Y un tema recurrente en su producción poética ha sido la poesía de corte navideño, que unas veces sorprende por su emoción contenida y profundo lirismo, como sucede con el villancico «Balada del posadero de Belén», que recuerda al mejor Gil Vicente, entroncando con la más genuina tradición navideña; y otras veces por la ampliación de la temática de sus villancicos, para acercarla a los lectores infantiles actuales. Así sucede, por ejemplo, con la sección «De Navidad», que forma parte de La rana mundana (1988), y que se inicia con el «Villancico del anuncio», que solo tiene tres versos: «La mujer del carpintero / ha tenido un Niño rubio / que brilla como un lucero»; una sección que incluye personajes tan poco «navideños» -y ahí radica su singularidad- como el soldadito de plomo, la muñeca Barbie, una bruja Brújula, el capitán pirata o animales habitualmente ajenos al «nacimiento», como el pavo real o el caracol. Y lo que más admirable resulta en estos villancicos es la sencillez de materiales poéticos con los que los construye Murciano; unos villancicos en los que fluye un alegre y candoroso lirismo. Y de entre esos ocho villancicos hemos elegido dos: «Villancico de la bruja que quiso ver al Niño» y «Villancico del pavo real».
Villancico de la bruja que quiso ver al Niño
brujuleteaba
por el senderillo
que a Belén llevaba.
Pañoleta fina, 5
escobón pulido,
zuecos charolados,
corpiño florido.
Se atusa el bigote,
zalamero, el gato. 10
-María, tenemos
bruja para rato. -Déjala que pase,
José, dejalá.
Suena un caramillo: 15
do-re-mi-sol-fa.
Brújula, la bruja,
no dice palabra.
Ve al niño y se olvida
del abracadabra. 20
Hinca la rodilla
sobre el suelo frío.
Sus labios dibujan:
Dios mío, Dios mío.
Argumento de enorme sencillez e ingenuidad: una bruja se encamina hacia Belén, y dejando sus «poderes mágicos», se postra ante el Niño, al que reconoce como Dios.
Sorprende que la bruja se llame «Brújula» -antropónimo inexistente- (verso 1); como tampoco existe el verbo «brujuletear» (verso 2), que Murciano emplea como sinónimo de «brujulear», insertando, a modo de infijo -y, por tanto, sin significado-, la sílaba «te», lo que le permite obtener el hexasílabo que necesita; y sorprendente es, asimismo, el hecho de que para expresar que la bruja abandona sus poderes mágicos para arrodillarse ante el Niño-Dios, haya recurrido a la palabra cabalística «abracadabra» (verso 20).
Logra con este léxico el poeta una estridente sonoridad, a base o bien de juegos paronomásicos («Brújula, la bruja, brujuleteaba» (versos 1 y 2), o bien mediante la elección de una palabra ya por sí misma de duro efecto fónico, al repetir la sílaba -bra- (verso 20: «abracadabra» (al modo gongorino del «infame turba de nocturnas aves» -aunque la tonicidad sea diferente-, que vuelan en el interior de la cueva de Polifemo).
Y aún hay otro recurso fónico, cuanto menos curioso: convertir en aguda la palabra «déjala», que es esdrújula (verso 13: «dejalá», esta voz al modo lorquiano del «Arbolé arbolé, / seco y verdé»), de forma que se obtiene una rima aguda con la palabra «fa», una de las cinco primeras notas de la escala musical, que se presentan desordenadas en el verso 16 por exigencias de la rima: «do-re-mi-sol-fa», y que sugieren el sonido del caramillo, una zampoña (flauta) de sonido agudo.
Por lo demás, Murciano ha recurrido a 5 cuartetas con rimas consonantes que logran imprimir al poema, considerado en su conjunto, una grata eufonía:
cuarteta 1: /ába/ («bruleteába/llevába»);
cuarteta 2: /-ído/ («pulído/florído»);
cuarteta 3: /-áto/ («gáto/ráto»);
cuarteta 4 /-á/ («dejalá/fá»);
cuarteta 5: /-ába/ («palábra/abracadábra», cuarteta que repite la rima de la 1;
cuarteta 6: /ío/ («frío/mío»).
En la cuarteta 2 se presenta la curiosa -por infrecuente en la imaginación popular- vestimenta de la bruja («pañoleta/zuecos/corpiño»), que va acompañada de su inseparable «escobón» (una escoba de mango muy largo) que utiliza para volar; y para ello se recurre a 4 versos de idéntica construcción: «nombre+adjetivo». Y de estos adjetivos, parecen «ocurrentes» «pulido» aplicado a «escobón» [bruñido, reluciente], y «charolados» aplicado a «zuecos» [brillantes, lustrosos], adjetivos casi sinónimos que provocan un cierto efecto cómico, porque las brujas se asocian con la fealdad.
Y no podía faltar «el gato» que suele merodear en el entorno de toda bruja, un tanto zalagatero (que es como interpretamos el adjetivo que le aplica Murciano en el verso 10: «zalamero»), y arreglándose (verso 9: «Se atusa») los largos pelos que le nacen a ambos lados de la boca (verso 9: «el bigote»), componiendo una imagen divertida.
El diálogo entre José y María no puede ser más breve y figura en cursiva en el original (versos 11-14: «María, tenemos / bruja para rato». // «-Déjala que pase, / José, dejalá». Es la forma de la que se vale Murciano para dar vía libre a que la bruja entre en el establo donde está el Niño. Y es esa anadiplosis con cambio de acentuación («déjala/dejalá») la que le da a los versos 13 y 14 un carácter muy peculiar, como ya señalábamos.
La cuarteta 5 expresa la reacción de la bruja: nada más ver al Niño, desaparecen sus poderes mágicos y queda enmudecida. Y en la cuarteta 6, el poema alcanza su clímax: la bruja, postrada de rodillas ante el niño, y sintiendo la frialdad del suelo, apenas puede susurrar «Dios mío, Dios mío» (verso 24); una reiteración que se hace más intensa porque Murciano recurre al lenguaje sin palabras (versos 23: «Sus labios dibujan…».
Este final nos trae el recuerdo de unos versos del poema «Érase una vez…», de José Agustín Goytisolo, en los que dice: «Érase una vez […] / una bruja hermosa», que compartía existencia con «un lobito bueno», «un príncipe malo» y «un pitada honrado». El poema termina así: «Todas estas cosas / había una vez, cuando yo soñaba / un mundo al revés». Quizá este poema de Goytisolo ayude a interpretar el sentido último del villancico de Murciano, que tiene más trascendencia de la que simple vista pudiera parecer.
Villancico del pavo real
vestido de negro
llegó hasta el portal.
El Niño lloraba.
La Virgen María 5
no lo consolaba
porque no podía.
«¡Hola, hola, hola!»
Nadie respondía. El pavo real 10
extendió la cola
con su pedrería:
su bella aureola
de luz y alegría.
«¡Hola, hola, hola!» 15
Ya no parecía
la noche tan sola.
Y el Niño reía.
Este candoroso villancico permite contemplar la sonrisa del Niño, que deja de llorar cuando el pavo real despliega sus magníficas plumas. Así de simple un argumento de tan singular belleza. 18 versos hexasílabos que se agrupan en diferentes tipos de estrofas. Y una interjección casi con valor onomatopéyico, a modo de salutación familiar, repetida hasta seis veces (versos 8 y 15), y con la que se pretende imitar la voz del pavo: «gluglú». (hablando con propiedad, es el típico caso que la Retórica define como «armonía imitativa»).
Volviendo a las estrofas, hay en el poema una soleá (versos 1-3), una cuarteta (versos 4-7), un dístico (versos 8-9), una quintilla (versos 10-14), otra soleá (versos 15-17) y, para finalizar el poema, un verso separado del resto (el 18). Pero es interesante comprobar cómo las rimas consonantes se enlazan de forma tal que el único verso que queda suelto es el 2 («vestido de negro»). Veámoslo en detalle:
soleá 1 (versos 1-3): rima aguda /-ál/ («reál/portál»);
cuarteta (versos 4 y 6): rima /-ába/ («llorába/consolába»); versos 5 y 7, rima /-ía/ («María/podía»);
dístico: versos 8, con terminación /-óla/ («hóla»), y 9 (con terminación /-ía/ («respondía»);
quintilla (versos 10-14): verso 10, «aparentemente» suelto, pero es repetición del 1 y, por tanto, tiene la misma palabra al final: «reál»; el verso 11 rima con el 13 en /-óla/ («cola/aureola»); esta rima coincide con la del verso 8 (primero del dístico), y con la del 18, pues se repite el mismo verso: «¡hola, hola, hóla!», y también con la del verso 17 («sóla»);
soleá 2 (versos 17 y 19): /-óla/ («hóla/sóla»);
verso «aparentemente» suelto: el 18 («Y el Niño reía»); pero la rima /-ía/ se repite en los versos 5 («María»), 7 («podía»), 9 («respondía», segundo verso del dístico), 12 («pedrería»), 14 («alegría») y 16 («parecía»).
De aquí los alegres efectos musicales que ha logrado Murciano en este villancico.
Entrando en el contenido de la estrofa 1, en el verso 2 se afirma que el pavo real iba «vestido de negro»; en realidad, su plumaje es azul y verde, con irisaciones doradas, algo que, desde luego, no le ha pasado desapercibido a Murciano; de forma que cuando despliegue en abanico su larga cola delante del Niño, lucirá en todo su esplendor su vistoso diseño, «con su pedrería: / su bella aureola / de luz y alegría», expresado metafóricamente en los versos 12-14. y con un encabalgamiento que se inicia precisamente en el verso 13. Incluso el pavo real ilumina la noche santa con su colorido, hasta tales extremos que «Ya no parecía / la noche tan sola» (versos 16-17). Y ello produjo la risa en el Niño, que dejó de llorar.
El carácter imperfectivo de los verbos, con excepción de los empleados en los versos 3 («llegó») y 11 («extendió») que son formas en pasado perfectivo-, el dan al villancico un aspecto de cuadro impresionista de alta eficacia estética.