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El Papa, incensando la imagen de la Virgen María, durante la misa en la basílica de San Pedro

El Papa, incensando la imagen de la Virgen María, durante la misa en la basílica de San PedroVatican Media

El Papa, en su primer mensaje del año: «El mundo no se salva afilando espadas»sino por la intervención de Dios

Durante la misa en la solemnidad de Santa María Madre de Dios, el Papa señaló que sólo una paz desarmada y confiada en Dios puede sanar la historia.

En su primera alocución pública del año 2026, el Papa León XIV ha vuelto a lanzar una advertencia a una comunidad internacional que parece precipitarse por la senda de la escalada bélica y el pulso entre los grandes bloques geoestratégicos: «el mundo no se salva afilando las espadas» sino dejando que Dios actúe para vivir «sin más grilletes ni cadenas».

Durante la eucaristía que celebró en la basílica de San Pedro este jueves 1 de enero, con motivo de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, el Santo Padre recordó que «al inicio del nuevo año, la Liturgia nos recuerda que cada día puede ser, para cada uno de nosotros, el comienzo de una vida nueva, gracias al amor generoso de Dios, a su misericordia y a la respuesta de nuestra libertad».

La intervención de Dios contra la tiranía

El Pontífice utilizó el repaso de la bíblica historia de Israel para apuntar los riesgos de la vida espiritual: el pueblo judío, esclavo en Egipto, «había gozado de algunas seguridades (no faltaba el alimento, así como un techo y cierta estabilidad), pero al precio de ser esclavo, oprimido por una tiranía que exigía cada vez más dando siempre menos».

Aceptar la libertad que provoca «la intervención de Dios y la respuesta generosa de su siervo», supone que «muchas de las certezas pasadas se pierdan», pero a cambio está «la libertad, que se concretaba en un camino abierto hacia el futuro, en el don de una ley de sabiduría y en la promesa de una tierra en la que vivir y crecer sin más grilletes ni cadenas».

Además, lejos de caer en los tópicos que presentan el año nuevo como una suerte de listado de propósitos voluntaristas, o de abandonarse a la inercia y a la desesperanza, el Sucesor de Pedro propuso a los fieles encarar el 2026 «como un camino abierto, por descubrir, en el que aventurarnos, por gracia, libres y portadores de libertad, perdonados y dispensadores de perdón, confiados en la cercanía y en la bondad del Señor que siempre nos acompaña».

Dios es el origen de la paz

En el centro de su homilía, el Pontífice unió su llamamiento más expreso a la política internacional con una reflexión profundamente teológica, para remarcar que la Iglesia no se limita a hacer consideraciones como un mero actor internacional, sino que trata de iluminar al mundo con la fuerza profética del Evangelio.

Así, el Santo Padre destacó que María, «con su sí, contribuyó a dar a la Fuente de toda misericordia y benevolencia un rostro humano: el rostro de Jesús, a través de cuyos ojos de niño, luego de joven y de hombre, el amor del Padre nos alcanza y nos transforma».

Esta «total gratuidad de su amor» presenta a Dios ante el mundo «desarmado y desarmante, desnudo, indefenso como un recién nacido en la cuna». «Y esto -apuntó el Papa- para enseñarnos que el mundo no se salva afilando las espadas, juzgando, oprimiendo o eliminando a los hermanos, sino más bien esforzándose incansablemente por comprender, perdonar, liberar y acoger a todos, sin cálculos y sin miedo».

Defensa de la maternidad

Además, en su primer estreno de año como Sucesor de Pedro desde que Robert Francis Prevost fuese elegido Papa el pasado mayo, el Obispo de Roma quiso empapar sus palabras con una defensa tácita de la maternidad y de la vida gestante.

«Este es el rostro de Dios que María dejó que se formara y creciera en su seno, cambiándole completamente la vida», indicó el Santo Padre. «Es el rostro -continuó- que anunció a través de la luz gozosa y frágil de sus ojos de madre que espera; el rostro cuya belleza contempló día tras día, mientras Jesús crecía, niño, muchacho y joven, en su casa; y que luego siguió, con su corazón de discípula humilde, mientras recorría los senderos de su misión, hasta la cruz y la resurrección. Para hacerlo, también ella bajó la guardia, renunciando a expectativas, pretensiones y seguridades, como saben hacer las madres, consagrando sin reservas su vida al Hijo que por gracia había recibido para, a su vez, volver a donarlo al mundo».

Y concluyó invitando a no perder la esperanza ni a creer que sólo las fuerzas humanas rigen el rumbo del mundo, haciendo «memoria de los prodigios que el Señor ha realizado en la historia de la salvación y en nuestra existencia, para luego volver a partir, como los humildes testigos de la gruta, alabando y glorificando a Dios por todo lo que hemos visto y oído».

Orar por «las naciones ensangrentadas»

Tras la misa, ya durante el rezo del Ángelus, León XIV exhortó a orar «todos juntos por la paz, sobre todo entre las naciones ensangrentadas por conflictos y miseria, pero también en nuestras casas, en las familias heridas por la violencia y el dolor».

Confiando este clamor a la intercesión materna de María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, el Pontífice recordó que Cristo es «el sol de justicia que nunca declina» y renovó la certeza de que, incluso al inicio de un nuevo año marcado por desafíos, «la esperanza cristiana no defrauda».

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