La hermana Sandra Ramos, durante su entrevista en El Debate
Jornada Mundial Contra el Hambre
La ingeniera química que dejó el laboratorio para hacerse monja y dirigir una escuela en Sierra Leona
El internado de la hermana Sandra Ramos recibe sólo 2€ al semestre por cada niña matriculada. «Si no fuese por Manos Unidas, no podríamos seguir adelante», agradece
Los misioneros no están hechos de una pasta especial, pero lo parece. La hermana Sandra Ramos (México, 1973) confirma esa percepción: es de sonrisa fácil y franca, pese a vivir rodeada de miseria y precariedad en Sierra Leona, uno de los países más pobres del planeta. A la hermana Sandra se le podrían aplicar esos versos que redactó Antonio Machado cuando viajaba en tren: «¡Frente a mí va una monjita / tan bonita! / Tiene esa expresión serena / que, a la pena, /da una esperanza infinita».
La religiosa mexicana de 52 años se quita la rebeca para la entrevista, y deja a la vista un crucifijo enganchado a su hábito gris. «Así se le ve a Él», dice con un hilo de voz. Ha venido a España para presentar la nueva campaña de Manos Unidas con motivo de la Jornada Mundial Contra el Hambre que se celebra mañana domingo.
– Hermana, lo que más me llamó la atención al leer sus datos biográficos fue que es usted licenciada en Química Industrial... No es el punto de partida habitual para una monja...
– Bueno, yo tuve mi itinerario, mi camino de fe, digamos. Aunque nací en una familia cristiana, durante la adolescencia tuve una especie de crisis, en el sentido de hacer propia lo que era la fe de mi familia. Y la tuve precisamente por la la ciencia. Me acuerdo de que trataba de confrontar el tema de la evolución con la con la Biblia. Yo veía incongruencias, decía: Pero esto no es posible, esto sí, Dios no puede mentir. Y si la Biblia es la Palabra de Dios, ¿cómo es posible esta diferencia tan grande? Entonces cerré la Biblia, porque dije: Esto no puede ser mentira, es verdad, pero yo no lo entiendo. La cerré y me alejé existencialmente.
La religiosa pertenece a las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento
– Está claro que tenía usted una mentalidad científica desde pequeña...
– Es curioso que le diese vueltas a e esas cuestiones a esa edad, ¿verdad)? Y, bueno, después de eso, de donde yo soy, de Monterrey, es muy normal estudiar Ciencias Químicas, porque es una zona industrial. Además, tenía algunos familiares que habían estudiado eso.
Me acuerdo de un día en que un profesor de Termodinámica nos explicó que todo lo que hagas necesita un calor de formación, una energía para formarlo, que era un «dogma» que teníamos que creer. A partir de ahí, pensé: Bueno, pues es más sencillo creer que el Señor está en la forma consagrada que pretender creer que esto es así.
Retorno a la fe
– ¿Y volvió a abrir la Biblia entonces?
– Exacto, exacto; volví a abrir la Biblia y volví a entrar en contacto con la realidad de la fe. Entendí muchas cosas leyendo a Juan Pablo II cuando explica la evolución, la ciencia y todo eso.
Yo me acuerdo que buscaba el sentido de todo. En la mañana todos salen en coche hacia un lado, y yo preguntaba: ¿Habéis encontrado lo que buscabais? Descubrí que había algo que no me terminaba de satisfacer. Terminé de estudiar la carrera y estaba trabajando en una empresa donde hacían colorantes, pigmentos. En un año y medio conseguí ser la responsable del laboratorio de investigación. Era muy joven, tenía 22 años en aquel momento, y estaba encantada con eso, pero tenía dudas existenciales en mi corazón. Entonces dije: Bueno, yo me voy a quitar esto de en medio: voy a ir a unos retiros espirituales y me lo quito, porque estaba siempre con la duda de si me gustaría ser religiosa.
Pero resulta que, cuando entro a ese proceso, me encuentro con que yo tenía todos los síntomas del enfermo y que tenía vocación. Empecé a luchar contra Dios porque le dije: Déjame ir en paz. Pero no hubo trato: Dios me quería para Él.
Buscando, encontré a las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento y me gustó la espiritualidad, porque era una mezcla entre vida contemplativa y activa. O sea, yo sí me quería dedicar a la vida contemplativa, a rezar y esto, pero también tenía que hacer algo, porque yo era una persona de acción. En la Providencia de Dios, unas religiosas de esta congregación me dieron el testimonio de su vida. Eran dos hermanas que acababan de salir de Sierra Leona, que estuvieron a punto de morir, estuvieron secuestradas, y yo decía: ¡Wow, qué emoción, eso sí que es acción! Y por eso me enganché a la congregación. Estuve en Cuernavaca, México, durante cuatro años. Luego estuve en Roma estudiando Teología Misionera y finalmente llegué aquí, a España. Trabajé en Pamplona en el colegio mayor por 13 años y después de ahí me tocó Sierra Leona.
Salvando a 120 mujeres vulnerables
– Allí es usted la directora de un centro de formación profesional, ¿verdad?
– Eso es. Tenemos 120 mujeres vulnerables, madres solteras, mujeres que han dejado de estudiar, y se les enseña un oficio: corte y confección, costura, cocina... Algún oficio que les haga ayudarse a sí mismas para luego pues poder enfrentarse a la vida. También se les enseña a escribir, algo de números... Ahora mismo estamos confeccionando unos bolsos para el Hospital de San Juan de Dios en Barcelona. Y cositas así que nos van saliendo...
– Seguro que tendrá miles, pero cuéntenos una historia que le haya llamado especialmente la atención en estos años.
– Sí, mira, tengo una. Es la de una mujer que hace poco llegó. Esa chica es sordomuda. Se había muerto su esposo el año anterior y llegó con tres hijos. Y se me queda mirando así como ¡ayuda, por favor! Ella sabía escribir, y empezamos a hablar en inglés, escribiendo. ¿Que sabes hacer?, le pregunté. Sabía algo de costura. Entonces vi los cielos abiertos: le ofrecí una oportunidad para trabajar. Eso, a ella, le ha dado una esperanza, le da expectativas. Su hijo ahora ya volvió a la escuela.
«Tenemos 120 mujeres vulnerables, madres solteras», explica la religiosa
La ayuda de Manos Unidas
– Y, en todos estos proyectos, ¿cómo les ayuda Manos Unidas?
– Mira, Manos Unidas, realmente es un aliado. Estamos en sintonía de de valores y de objetivos, con lo cual es muy fácil hacer sinergia. Llevamos ahí, en Sierra Leona, desde 1960, y estamos pasando por todo lo que pasa el pueblo: la Guerra Civil del 91 al 2001, en la que nosotras intentamos resistir hasta el 95; luego estuvo el ébola; luego el COVID... Manos Unidas siempre ha estado con nosotros en varios proyectos a lo largo de toda esa historia. Concretamente, en estos últimos tiempos nos han ayudado a rehabilitar el internado para chicas de secundaria y, también, un edificio entero que es para bachillerato.
– ¿Cuántas niñas tienen allí?
– Son solo 80.
– Bueno, no son pocas...
– ¡Sí! Si no estuviera Manos Unidas, nosotras no podríamos hacerlo, por muchos ideales e ilusión que tengamos. No se puede mantener todo eso con los recursos que tenemos del Estado. Por cada niña que se te matricula, recibimos 2€ al semestre...