Enkhjin Baatar, de 21 años, junto a su amigo Michael Arvanai
En Mongolia también descubren la fe: los jóvenes llevan a sus amigos «a conocer a Jesús»
La pequeña comunidad católica del país, fundada en 1992, cuenta con poco más de 1.500 fieles en una nación de más de tres millones de personas
En una fría tarde de invierno en la capital de Mongolia, una estudiante universitaria se arrodilló en silencio ante un pesebre navideño en el interior de la catedral de San Pedro y San Pablo. Había perdido su teléfono en un autobús lleno de gente y se sentía impotente. Por sugerencia de un amigo, fue a rezar. Para Enkhjin Baatar, de 21 años, ese pequeño acto de confianza se convirtió en el punto de inflexión en un viaje espiritual que aún continúa.
Enkhjin creció en la provincia de Hinti en una familia modesta y trabajadora. Sus padres, Uugan Baatar y Enkh Tuvshin, trabajan en una fábrica de procesamiento de carne para mantener a Enkhjin y a sus dos hermanas menores, Enkhguun, de 15 años, y Enkhmaa, de 13. No poseen ninguna creencia religiosa, y la dejaron libre para creer –o no– en cualquier religión. Sin embargo, otra parte de su familia —abuela, tía y primos— asiste regularmente a misa en la pequeña comunidad católica de Mongolia, que cuenta con poco más de 1.500 personas en una nación de más de tres millones de personas.
Como muchos jóvenes mongoles de zonas rurales, se mudó a Ulaanbaatar para realizar estudios universitarios, y fue allí donde conoció a Khashdorj Michael Arvanai, un compañero de clase católico y monaguillo en la catedral. A través de la amistad, Enkhjin comenzó a descubrir una forma diferente de vivir la fe. «A través de él, comencé a conocer a Jesús más personalmente», ha explicado ahora a UCA News.
La joven, con sus padres y hermanas
Tras perder su teléfono durante la Navidad, Enkhjin le confesó su angustia a Arvanai. Él le sugirió rezar ante el pesebre, buscando la ayuda del Niño Jesús. «La experiencia fue profunda», dice ahora. No recuperó el teléfono, «pero ganó mucha paz mental». «Fue entonces cuando empecé a comprender el poder de la oración», recuerda. «Jesús escucha. Cuando pedimos con fe, Él responde a su manera», trata de explicar.
Enkhjin había visitado previamente una iglesia protestante y notó su énfasis en las Escrituras. Sin embargo, lo que la atrajo hacia el catolicismo, dice, fue el altar. «Lo que me atrae de la Iglesia católica es el altar, donde el Cuerpo y la Sangre de Jesús se sacrifican y se ofrecen al pueblo», confiesa. «Esto nutre el alma. Quiero experimentarlo personalmente», apostilla. «Anhelo el día en que recibiré el Cuerpo y la Sangre de Jesús por primera vez», agrega. Y es que Enkhjin fue aceptada oficialmente como catecúmena el año pasado y en esta vigilia pascual será bautizada, precisamente, en la misma catedral de San Pedro y San Pablo.
Solo 1.500 católicos
La Iglesia de Mongolia, fundada en 1992 tras la caída del comunismo, es todavía joven, está formada en gran parte por conversos y se sostiene gracias a comunidades muy unidas y a un acompañamiento personal. El viaje de Enkhjin es emblemático de esa realidad: la evangelización a través de la amistad.
Tuya, la abuela de su amigo Arvanai, ha observado con afecto el crecimiento espiritual de la joven. «Es una niña inteligente y devota», afirmó. «Aún no comprende muchas enseñanzas de la Iglesia, pero dice: 'Tengo fe en Jesús'», prosigue.
Enkhjin aún no ha elegido a sus padrinos, lo que, según ella, ocurrirá cuando Dios provea. En Mongolia, donde la práctica budista tradicional y las influencias seculares dan forma a gran parte de la sociedad, la conversión a menudo comienza no con instrucción doctrinal, sino con la experiencia vivida. Cuando se le preguntó cómo espera servir a la Iglesia, Enkhjin dijo que quiere convertirse en lectora, para proclamar la Palabra de Dios a los demás.
Su imaginación está moldeada por el Evangelio de San Juan. Se ve reflejada en Andrés, quien lleva a su hermano, Simón Pedro, ante Jesús, diciéndole: «Hemos encontrado al Mesías». «Al igual que Andrés, mi amigo Arvanai me trajo a Jesús», dijo. «Este es un momento muy importante en mi vida como joven mongola». «En el futuro, también quiero ser un 'Andrés' para muchos 'Pedro', llevándolos a Jesús. Entiendo que este es el papel de todo misionero en esta joven Iglesia de Mongolia», concluye.