Un mendigo en la puerta de la iglesia de San Ginés, en Madrid
¿Tengo que dar limosna al pobre que está en la iglesia? San Juan Crisóstomo ya respondió en el siglo IV
La Cuaresma es un momento en el que los cristianos son especialmente invitados a ser generosos, y algunos santos antiguos tienen mucho que enseñar al respecto
Los mendigos saben dónde hay que pedir, y por eso es habitual ver a uno –o a varios– apostados en las puertas de casi cada parroquia. A los cristianos, la Iglesia les aconseja en Cuaresma el ayuno, la abstinencia, la oración y, precisamente, la limosna. Tan importante es esta última que San Clemente de Alejandría llegó a aseverar que los pecados son purificados por ella.
Ahora bien, muchos fieles creyentes se cuestionan con frecuencia –y con una sana prudencia– si es bueno dar un donativo a un pobre que pide por la calle o canalizarlo a través de obras caritativas de la Iglesia católica. La duda no es, ni muchísimo menos, nueva. El propio Jesucristo habló en numerosas ocasiones, como en Lucas 21, cuando se refiere a la viuda pobre a la que ve entregar un par de monedas como ofrenda en el templo, y de la que llega a decir que «echó más que todos los demás, porque todos aquellos echaron de lo que les sobra; mas esta, de su pobreza, echó todo lo que tenía para su sustento».
Tres centurias más tarde, San Juan Crisóstomo (347-407) se enfrenta a la misma duda. «Los pobres delante de la iglesia piden limosna. ¿Cuánto dar?», planteaba en una de sus homilías que se han conservado. Tal vez, alguno de los que asistieron a esa misa del santo patriarca de Constantinopla esperarían que les dijera una cantidad exacta, para saber así si obraban bien o, por el contrario, les faltaba generosidad.
«¡Compra el cielo!»
Pero San Juan no entra en una «guerra de cifras»: «Eres tu quién decide; no fijaré la cantidad, con el fin de evitarte toda confusión», comienza diciendo. Pero, a continuación, eleva el sentido del donativo, para hacerles ver a sus oyentes que no se trata de un acto meramente humano, sino que, con él, pueden «comprar» su salvación: «Compra en la medida de tus medios. ¿Tienes una moneda? ¡Compra el cielo! No es que el cielo sea barato, pero es la bondad del Señor que te lo permite. ¿No tienes una moneda? Da un vaso de agua fresca (Mt 10,42)».
«¡Podemos comprar el cielo, y descuidamos hacerlo! Por un pan que das, obtienes a cambio el paraíso. Aunque ofrezcas objetos de poco valor, recibirás tesoros; da lo caduco, y obtendrás la inmortalidad; da bienes perecederos, y recibe a cambio los bienes imperecederos... Cuando se trata de bienes perecederos, sabes dar prueba de mucha perspicacia; ¿por qué manifiestas tal indiferencia cuando se trata de la vida eterna?», les planteaba el santo a sus oyentes.
Y les puso un ejemplo final: «Podemos, por otra parte, establecer un paralelo entre estos recipientes llenos de agua que se encuentran a las puertas de las iglesias para purificar allí las manos, y los pobres que están sentados fuera del edificio para que purifiques tu alma por ellos». «Has lavado tus manos en el agua: de la misma manera, lava tu alma por la limosna...», les proponía el santo.