Un penitente descalzo en la procesión de la Cofradía en del barrio de Pubilla Casas, en L'Hospitalet de Llobregat,
¿Por qué algunos nazarenos van descalzos, con cadenas, con cinturones de arpillera o cargando cruces?
Caminar descalzo, arrastrar cadenas, cargar una cruz o ceñirse con arpillera no es mero espectáculo ni, mucho menos, masoquismo. Son gestos de penitencia que expresan una fe encarnada en el cuerpo y que llaman al arrepentimiento y a la conversión.
En muchas procesiones de Semana Santa, entre túnicas y capirotes, hay un detalle que llaman la atención: nazarenos que avanzan descalzos sobre el asfalto, otros que caminan con cadenas en las manos o grilletes en los pies; hermandades enteras que llevan fajines o sogas de arpillera áspera, o penitentes que cargan pesadas cruces.
A primera vista, pueden parecer costumbres anacrónicas, morbosas o exageradas. A ojos profanos pueden resultar masoquistas o con un gusto insano por el dolor. Pero nada más lejos de la realidad.
Estos gestos están profundamente arraigados en la tradición penitencial cristiana, y buscan no sólo expiar las propias culpas, sino buscar asociarse al dolor de Jesús y practicar la mortificación: la muerte a uno mismo, como inicio de una nueva vida de conversión y entrega a Dios y a los demás.
Penitencia: una fe que pasa por el cuerpo
El cristianismo nunca ha entendido la fe como una vivencia puramente interior o meramente ascética. La conversión implica a toda la persona: sus pensamientos, sus obras, sus rutinas... y también su cuerpo. Y entraña sacrificio.
Por eso, desde los primeros siglos, los cristianos han practicado formas visibles de penitencia, herederas del judaísmo pero renovadas con una dimensión distinta: el ayuno, la vigilia y la mortificación no buscan remediar con voluntarismo los pecados cometidos, sino asumir las propias culpas y unirse al misterio de la cruz.
El Catecismo explica que «la penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy variadas». Entre ellas, están estas prácticas que hoy sobreviven en la piedad popular de la Semana Santa.
Descalzos: humildad y ofrecimiento
Ir descalzo durante la procesión es quizá el gesto más extendido. Una práctica que tiene un doble significado. Por un lado, expresa humildad: el penitente, con el rostro cubierto por el capirote, se presenta ante Dios sin protección, sin privilegios.
Un penitente descalzo, y con su cruz, en la procesión de Los Salzillos, del Viernes Santo, en Murcia
Por otro, es una forma de ofrecimiento, un pequeño sacrificio físico unido a la Pasión de Cristo. Es frecuente, de hecho, que muchos carguen cruces individuales para enfatizar la penitencia.
No es casual que Dios pidiera a Moisés «Quítate las sandalias, porque el lugar que pisas es tierra sagrada». El nazareno descalzo, en cierto modo, pisa también un terreno sagrado: el del corazón arrepentido.
Las cadenas: el peso del propio pecado
Más llamativas aún son las cadenas que algunos penitentes portan en los brazos, cargan en el cuerpo o arrastran con grilletes en los pies. No buscan «engordar el espectáculo», sino expresar una verdad espiritual: el pecado ata.
Unos nazarenos penitentes de Nuestro Padre Jesús Cautivo de Málaga, el pasado Lunes Santo
Arrastrar ese peso durante la procesión simboliza el deseo de romper esas ligaduras, de hacer visible una carga interior que se ofrece a Dios. Es una imagen muy cercana a la experiencia humana: todos llevamos pesos, heridas, culpas.
Y es, también, un modo de asociarse con Jesús cautivo, apresado en Getsemaní y encadenado durante la flagelación.
La arpillera: austeridad y conversión
El fajín o el cíngulo de arpillera —un tejido áspero e incómodo similar al esparto, pero más basto— remite directamente a la tradición bíblica de vestirse de saco y cubrirse de ceniza como signo de arrepentimiento.
Un penitente con fajín de arpillera porta una cruz en la procesión de Jesús el Pobre, en Madrid
Los profetas lo utilizaban como expresión pública de conversión: no basta con decir que uno cambia; es necesario mostrarlo con la vida. La arpillera, incómoda y humilde, recuerda que el camino hacia Dios pasa por el desprendimiento y por la muerte de uno mismo, es decir, por la mortificación.
Es un gesto elocuente y tajante de libertad ante la seducción del bienestar, de la comodidad y de los placeres del mundo.
Una elocuente pedagogía espiritual
Estas prácticas no son obligatorias ni constituyen el núcleo de la fe. La Iglesia insiste en que la verdadera penitencia es la del corazón. Pero también reconoce el valor de estos gestos externos cuando nacen de una fe sincera.
Porque, en el fondo, todos ellos apuntan a lo mismo: acompañar a Cristo en su Pasión y abrirse a un cambio de vida, aunque sea con un gesto pequeño de significado catárico.
En una cultura capaz que huye del sacrificio, mientras encumbra enormes sacrificios físicos en pos de la salud y el aspecto físico, estos nazarenos penitentes recuerdan, en silencio, que el amor verdadero siempre implica entrega… también del cuerpo.