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El sacerdote y escritor Jaime Sanz SantacruzJuan González García

Entrevista

Jaime Sanz: «El 73 % de los creyentes se declaran felices, frente al 50 % de las personas que no tienen fe»

El sacerdote y escritor palentino se atreve con un libro donde desgrana la receta de la felicidad: «Sigue funcionando»

Dice que empezó «a escribir tarde», en torno a la pandemia de 2020. Y, desde entonces, Jaime Sanz Santacruz (Palencia, 1962) ha publicado ocho libros. Este doctor en Derecho, con más de 25 años de experiencia en centros de enseñanza, es el párroco de la Sagrada Familia y la Natividad, en Oviedo; capellán del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA) y delegado episcopal para la pastoral universitaria en Asturias. Acaba de publicar No busques ser feliz. ¡Consíguelo! (Editorial Palabra).

– «La receta no es nueva. Es eterna. Y sigue funcionando», asegura usted en su libro. ¿Cuáles son los ingredientes de esa receta que funciona?

– Todo el mundo busca ser feliz, queremos ser felices. Y yo encontré esta receta, las Bienaventuranzas, que he copiado tal cual, pero explicándola para que la pueda entender la gente de hoy. A veces, en la Iglesia tenemos un lenguaje un poco anticuado, un poco demodé. Y creo que es fundamental que entendamos que el mensaje de las bienaventuranzas es un mensaje de felicidad.

El Señor nos quiere felices, nos ha creado y el mundo es una maravilla. Cuando, en los funerales, hablas del cielo, suelo decir: El cielo, ¿cómo será? Si la tierra, que es lo más parecido al cielo, es una maravilla y nos cuesta tanto irnos, el cielo será la repera.

Yo explico, por ejemplo, cómo los santos fueron felices. Yo no conozco ninguno realmente que haya sido un amargado. Lo han podido pasar mal, han podido sufrir; a lo mejor han muerto mártires, pero siempre contentos, siempre alegres. Incluso añoraban el martirio, lo cual es una contradicción. Nuestro Señor Jesucristo fue el hombre más feliz del mundo. Primero, porque era el hombre más perfecto, pero luego, además, porque era Dios y quería mostrarnos este camino de felicidad que es la vida cristiana.

– Pero, por ejemplo, Santa Teresa de Jesús escribió que «la vida es una mala noche en una mala posada»...

– Bueno, ella hablaba del cielo porque la buena noche en la buena posada es la del cielo. O sea, que esto refuerza más mi tesis: si esto, que nos parece tan maravilloso –porque la vida es maravillosa–, es una cosa tan atractiva, ¡cómo será el cielo comparado con la tierra!

– Aunque, quizás, en la Iglesia se ha insistido en algunos momentos de la historia en la visión de este mundo como un valle de lágrimas...

– Quizás sí. No es que la Iglesia quiera que el mundo sea un valle de lágrimas, sino que el mundo a veces es un valle de lágrimas. Tenemos ahora una guerra que ha faltado muy poco para que sea mundial. Tenemos una situación de inestabilidad. Tenemos gente que pasa hambre. O sea, que la gente lo pasa mal. La Iglesia no quiere decir que la felicidad sea el mundo de yupi o pasarlo en grande. La felicidad del cristiano es dar sentido a la cruz, dar sentido a este valle de lágrimas para encontrarnos con Jesucristo, precisamente en la entrega, ofreciendo la contrariedad y apoyándonos de verdad en el Señor.

Ese es el camino de las Bienaventuranzas al que me refiero en el libro. Todas ellas son contradicciones. Decir que son bienaventurados los pobres... ¡En lógica humana no cabe! O los perseguidos, o los que padecen persecución, o los que pasan hambre. Pero luego, y esto es muy interesante, alcanzarán el reino de los Cielos. Y, ¿por qué? Porque si están unidos al Señor, si se entregan a Él en esas dificultades, dan sentido a la dificultad, crecen en el amor de Dios. Y luego Él les dará el consuelo.

Los españoles, más felices

– Su libro no es, ciertamente, un libro más de autoayuda...

– ¡No, no, no, para nada, para nada! Es un libro cristiano. Es un comentario a las bienaventuranzas. Pero quizá añadiendo este aspecto de la felicidad que creo que es que es fundamental. Fíjate en una cosa que es muy llamativa. Cuando vas a un país de tradición cristiana, como España o Italia, la gente es feliz, la gente sonríe, es alegre. Tú vas a un país en el ámbito protestante y todo el mundo va serio por la calle. Aquí cada vez se va notando más. Es una pena. O los países escandinavos, por ejemplo, o los países bálticos; allí también la gente es más seria. También es cierto que tienen menos sol, y eso influye, pero los países con una tradición cristiana tienen ese modo de vivir alegre, positivo, optimista. El cristiano es optimista por naturaleza porque conoce el perdón de Dios: sabes que, si metes la pata, Dios te perdona. Tienes la seguridad del perdón, y eso es maravilloso.

– En uno de los capítulos de su libro se pregunta: ¿Se puede ser feliz en este mundo?

– Sí, es una pregunta retórica. Lógicamente, se puede ser feliz en el mundo tal y como está. Claro que se puede ser feliz. Muy feliz. En el libro recojo unas estadísticas: las personas religiosas que tienen fe se declaran felices en un 73 %, mientras que las personas no creyentes lo son en un 50 %. Son mucho más felices los cristianos que los que no lo son.

– Aunque algunos insisten en que los creyentes acuden a la religión buscando un efecto placebo...

– Sí, un poco por si las moscas. Pero esa fe sería muy endeble, ¿no? Nosotros tenemos un problema de perseverancia. Tú fíjate en España. En torno al 22 % de los habitantes de ciudades como Madrid van a misa los domingos. Eso es muchísimo más que en el norte, que es, quizá, la zona más descristianizada de España. Pero los católicos bautizados pueden ser el 78 %. Es decir, ¿dónde están los que faltan? Dónde están esos católicos? Pues esos católicos son los que a lo mejor creen por si las moscas, o tienen una fe muy endeble.

No te puedes imaginar que un madridista no siga al Real Madrid, o que no se entere de cómo quedó el partido del otro día. No, no; lo sigue con pasión. Pues un católico tendría que seguir con pasión también su fe, porque, si no, no se ha enterado. O sea, ese es un madridista, entre comillas, aguado.

¿Y Jesús?

– Pues le confieso que yo pertenezco a la categoría de madridista no practicante... Pero recuperemos otra pregunta con la que titula uno de sus capítulos: ¿Jesucristo fue feliz?

– Sí, yo creo que fue la persona más feliz del mundo. ¿Puede decirme cómo ser feliz una persona que ha muerto en la cruz de esa manera tan ignominiosa, injusta, con un juicio sumario, sin pruebas y sin las garantías legales, y habiéndole además infringido una tortura como la flagelación? Bueno, pues Jesucristo fue plenamente feliz porque cumplió a la perfección el diseño que Dios Padre le había encargado para su vida.

Yo suelo explicar siempre una anécdota. Cuando renuevas el carnet de conducir, tienes una prueba que son como dos joystick y dos bolitas en la pantalla que van siguiendo un camino sinuoso. Yo no sé cómo he aprobado: siempre he logrado renovar el carnet, pero se me salen todas las bolitas porque es muy difícil mantenerlas en el camino...

– Le entiendo perfectamente: me ha pasado lo mismo...

– Bueno, pues yo creo que ese es el camino del cristiano: identificar nuestra vida con el plan de Dios. Y eso, ¿cómo se sabe? Porque somos felices. No porque nos vaya bien todo. Como los calvinistas, que podían pensar que al tío que le van bien los negocios es porque Dios está con él. No; Dios está también en los momentos de ruina y te da consuelo, y te da alivio, y te alienta, etc. O sea, que no es una cuestión de que las cosas nos vayan bien, sino de que identifiquemos nuestra vida con el diseño que Dios había hecho para ella cuando nos creó y que era el diseño de una persona feliz.

– Aunque Dios, en el caso de algunos santos –por ejemplo, a Bernadette Subirous–, le dijo aquello de «No te prometo la felicidad en esta vida, sino en la siguiente»...

– Claro, porque la felicidad en la siguiente vida es mucho más grande. Hay santos que lo han pasado muy mal. Y gente sufriendo. Soy capellán en el HUCA, el Hospital Universitario Central de Asturias. Es muy grande; el hospital de referencia. Hay más de mil camas. El otro día falleció un médico, un hombre muy buen cristiano, un hombre realmente muy bueno. Y este hombre pidió que no le dieran analgésicos y morfina, y pasó unos dolores tremendos. Tenía el corazón muy mal, pero también quería unirse al sufrimiento de Cristo. Y yo creo que es la persona más feliz que he encontrado en el hospital. Ibas a verle y era una gozada estar con él: una persona absolutamente plena y feliz. Ofreció este sacrificio que, sí, efectivamente, la cruz hay que entenderla, y a veces es difícil de entender.

Yo cito unas palabras de Fernando Ocáriz que son muy buenas: Descanso en la cruz. Alegría en la cruz. Luz en la cruz. O sea, que tenemos que encontrar muchas veces en la cruz el sentido del dolor, unirnos a Cristo para que nos dé la felicidad. Por ejemplo, la Virgen al pie de la cruz no es una mujer amargada. Está, lógicamente, muy dolida, porque está muriendo su hijo y de una manera injusta, pero a la vez yo creo que tiene esa serenidad que da la alegría de decir: Está haciendo y cumpliendo su misión y yo le estoy ayudando con mi presencia aquí para aliviarle algo del dolor.

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