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¿Por qué las empresas deberían contratar a jóvenes con fe? Los últimos datos de 2026 que lo respaldan

Un nuevo estudio a 9.000 jóvenes de nueve países revela que los creyentes afrontan el futuro con un 13% menos de incertidumbre que sus compañeros

Muchas noticias recientes han hablado del aumento de bautismos en la Iglesia Católica. En verdad se trata de un fenómeno que no sorprende a quienes estudian la presencia de la religiosidad en nuestra sociedad, especialmente entre los jóvenes. En un estudio del grupo de investigación Footprints– cuyos investigadores principales son José María Dorronsoro y Gema Bellido– y realizado en 2024, se observa un aumento importante del interés por la religiosidad entre jóvenes de numerosos países de diferentes continentes.

Ahora, con motivo de un segundo estudio realizado por el mismo grupo de investigación acerca de la visión que los jóvenes tienen del mundo del trabajo, han podido descubrir el impacto que la religión tiene en el modo en que éstos entienden la propia profesión o estudio y en su compromiso con la vida cívica y social. Esta investigación se realizó a principios de 2026 en colaboración con GAD3 y contó con la participación de 9.018 jóvenes en nueve países: Italia, España, Reino Unido, Kenia, Filipinas, Estados Unidos, México, Brasil y Argentina.

Los resultados que se darán a conocer a mediados de mayo son realmente interesantes. Por ejemplo, cuando se pide a los encuestados que definan con una sola palabra-concepto qué significa para ellos el trabajo, los creyentes destacan «responsabilidad» 5 puntos por encima de sus pares no creyentes, mientras que los no creyentes lo ven ante todo como una «necesidad».

En esta misma línea, los no creyentes valoran más que los creyentes como prioridad laboral tener un buen salario (32% vs. 28%). Los creyentes, en cambio, dan mayor peso relativo a «contribuir a la sociedad» como prioridad primera. Se trata de dos diferencias significativas que apuntan a que los creyentes tienen más presente las dimensiones sociales y relacionales del trabajo, mientras que los no creyentes lo entienden más como obligación con uno mismo para subsistir.

Creer o no creer: dos formas de afrontar el trabajo

Los jóvenes que creen en Dios poseen de manera clara una comprensión más amplia del trabajo. Más del 60% de quienes se declaran creyentes afirman que su trabajo o estudio puede adquirir un significado espiritual y que su fe influye en la forma en que trabajan. Incluso un 54% va más lejos y describe el lugar de trabajo como un espacio donde es posible encontrar a Dios y dar un sentido trascendente a sus tareas.

Este dato cobra mayor relieve si se contrasta con la actitud general de la muestra ante el impacto social del trabajo. Un 77% del total —creyentes y no creyentes— desean que su trabajo tenga un impacto positivo en su entorno o comunidad. Otro hallazgo interesante tiene que ver con la dimensión emocional del trabajo.

Cuando se pregunta a los jóvenes cómo se sienten al pensar en su trabajo presente o futuro, los dos sentimientos más citados en el conjunto de la muestra son esperanza (43%) y confianza (41%). La generación presuntamente más ansiosa de la historia moderna es, al menos en este ámbito, más optimista de lo que el discurso dominante sugiere. La brecha entre creyentes y no creyentes en este punto es una de las más notables de todo el estudio.

Los creyentes ven con más esperanza y confianza el futuro laboral (48% y 47%, respectivamente) que los no creyentes (33% y 28%, respectivamente). Al mismo tiempo, el estrés o la preocupación alcanza el 31% entre los no creyentes, frente al 21% entre los creyentes. La incertidumbre sube al 32% entre los primeros, frente al 19% entre los segundos.

Cuando la fe impulsa el compromiso social

No son diferencias desdeñables y apuntan a que la fe religiosa funciona, de manera cuantificable, como recurso psicológico y motivacional ante uno de los momentos más delicados y exigentes de la vida, que es el ingreso al mundo laboral. Y si la fe no elimina ciertamente la precariedad del mercado de trabajo, ni garantiza un contrato indefinido, al menos mitiga la incertidumbre por el futuro y alimenta la esperanza en vez de la resignación.

El 21% de los creyentes forma parte de organizaciones de la sociedad civil —ONG, grupos vecinales, asociaciones de voluntariado— frente al 13% de los no creyentes. El 60% de los creyentes dice seguir activamente los asuntos públicos, frente al 53% de los no creyentes. El 52% de los primeros participa en conversaciones sobre temas de interés colectivo en su entorno, frente al 42% de los segundos. Y el 39% de los jóvenes con fe toma parte en actividades y reuniones de su barrio o comunidad, frente al 24% entre quienes no hace esto.

¿Qué cabe decir de todo esto? En un momento en que las instituciones democráticas luchan por conectar con los jóvenes, y en el que el trabajo se entiende cada vez más en clave puramente individualista, los datos de este estudio merecen ser mirados con atención. Es verdad que la ciencia social no resuelve preguntas teológicas ni demuestra qué tradición religiosa tiene el monopolio del civismo, pero sí puede afirmar que el compromiso religioso, en contextos culturales muy distintos, está asociado a un mayor sentido de compromiso en el trabajo y una visión de la sociedad más esperanzadora, más responsable y más orientada al bien común.

Estos datos parecen señalar que la fe es un factor que contribuye muy positivamente al bien público y que a mayor práctica religiosa más participación cívica se da entre jóvenes de muy diversos entornos. Sin duda vale la pena preguntarse por qué ocurre esto y, cómo no, qué riesgos asume una sociedad que borra la presencia de la religión de su horizonte.

El proyecto Footprints es una iniciativa de investigación de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz en Roma que estudia a jóvenes de 18 a 29 años con el propósito de escucharlos a través de encuestas y grupos focales.

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