El monasterio del Silencio en Latrun (Israel)
Los monjes que hacen florecer el desierto: «No solo el exterior, sino también el interior»
El monasterio trapense de Latrun, a 30 kilómetros de Jerusalén, cumple cien años. «Este lugar estaba completamente yermo; hoy acoge a 18 monjes de 6 nacionalidades diversas»
«Resulta muy interesante observar las fotografías antiguas: hubo un tiempo en que este lugar estaba completamente desierto, mientras que hoy, al llegar, uno se encuentra con mucha vegetación, con tantos árboles», observa el padre Guillaume Jedrzejczak, abad del monasterio trapense de Latrun. Este cenobio, ubicado a unos 30 kilómetros de Jerusalén, es el hogar de 18 monjes de 6 nacionalidades diferentes.
«Esto es muy característico de la vocación monástica: hacer florecer de nuevo el desierto. No solo el desierto exterior, sino también el interior», señala el religioso trapense en unas declaraciones que ha realizado al Christian Media Center con ocasión del primer centenario de la construcción del monasterio.
«Nuestra tradición cisterciense nació en el siglo XII como una reforma de la vida benedictina. Los monjes tienen la tarea de vivir una vida, que yo llamaría celestial, incluso en este mundo, esforzándose por vivir una verdadera fraternidad a la luz de la Palabra de Dios y la oración. Y esto es muy importante hoy, porque estos dos elementos son quizás los que más escasean», constata el religioso.
El monasterio de Latrun fue fundado en 1890, durante el Imperio otomano. Los monjes, procedentes de una abadía francesa, encontraron un lugar desierto que poco a poco transformaron en un oasis verde. Sin embargo, su historia no siempre ha sido pacífica: fueron expulsados durante la Primera Guerra Mundial, se vieron envueltos en los conflictos posteriores y el año pasado sufrieron un aparatoso incendio en los alrededores.
Treinta años de obras
El pasado 1 de mayo, los monjes celebraron con gran alegría el centenario de la colocación de la primera piedra. La construcción del monasterio actual fue una aventura que duró más de treinta años, «posible gracias al compromiso y la perseverancia de generaciones de monjes», refieren. «Este lugar es verdaderamente hermoso, porque se siente que incluso las piedras están impregnadas de las oraciones de muchas generaciones», asegura el abad. «Conocí a monjes muy humildes que dedicaban tiempo a acompañar al Santísimo Sacramento, trayendo a la oración la realidad de este país: compleja, pero con gente que a menudo nos muestra tanta bondad y compasión», prosigue.
Para el padre Guillaume, ser monje en Tierra Santa es una vocación única. «Vivir aquí permite comprender mejor las Escrituras, la historia bíblica y el profundo sentido de acogida a personas de todos los orígenes y confesiones religiosas», explica. «Acoger a todos los que vienen es muy importante para nosotros, porque todo hombre de buena voluntad es bienvenido», agrega. «Creo que la presencia monástica, incluso cuando es muy discreta y sencilla, es como una señal de la fidelidad de Dios a lo largo de los siglos. No la nuestra, sino la de Dios. La experimentamos concretamente: cuando se desató el incendio, este se detuvo ante la muralla. Para nosotros fue extraordinario, porque se destruyó muchísimo», rememora.