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"Aquí, las otras compañeras son mi familia", afirman las mujeres del Proyecto Lugo

«Aquí, las otras compañeras son mi familia», afirman las mujeres del Centro LugoCáritas

Prostitutas, cristianas y rescatadas: «Somos las pupilas predilectas de Dios»

A pocos días de la llegada de León XIV a Las Palmas de Gran Canaria, El Debate visita un centro de Cáritas que acoge a mujeres inmigrantes que fueron engañadas por las mafias: «Hagas lo que hagas, siempre estaremos aquí para ti»

Una pequeña carpa resguarda del sol a los periodistas llegados desde la península. Frente a ellos se sientan ocho mujeres, todas ellas provenientes de países hispanoamericanos. Bajo gruesas capas de maquillaje y la tinta de los tatuajes que recorren sus brazos se adivinan rasgos y gestos que denotan timidez, culpabilidad y mucho dolor.

El sol cae a plomo sobre la azotea que corona el achatado edificio de Las Palmas de Gran Canaria. En todas las grandes urbes del planeta, siempre hay una calle o un barrio cuyo nombre queda irremisiblemente ligado a la prostitución. Esa vía o esa zona se convierten, de alguna manera, en malditas. En este caso, la reputación recae sobre la calle Lugo.

Desde la azotea del achatado edificio se divisa la travesía en toda su extensión. Tiene algo de La Habana vieja esta modesta avenida grancanaria: edificios bajos de colores vivos; algunas casas arruinadas; parcelas por construir rodeadas por una herrumbrosa valla metálica. Y mujeres: muchas mujeres hispanas, de piel tostada; otras son mulatas; orondas -hoy las llaman curvys-, sobre sus sandalias de plataforma y animada conversación, mientras flirtean con la mirada con los pocos transeúntes que merodean por la calle Lugo. Aún es de día, y las sombras no brindan su protección a los desconfiados clientes.

Las jóvenes se arremolinan a la puerta de una vivienda baja que les sirve de cuartel. Pared con pared se encuentra el achatado edificio de la azotea. Aquí también hay prostitutas, pero no es este lugar para traer a los clientes: se trata de una obra de Cáritas, el Centro Lugo. «Aquí, el cafesito es uno de los mejores momentos», reconocen varias de las mujeres que frecuentan el centro. «Vienes, te sientas con una voluntaria o una orientadora, le cuentas tus cosas, tus penas, te escucha», afirma otra.

En el centro las acogen, las acompañan; tratan de orientarlas, de ofrecerles un futuro mejor. Tal vez, de conseguirles un trabajo de limpiadoras, de cuidadoras de personas mayores o de camareras. Les aportan herramientas sociales, autoestima, escucha, algunas clases prácticas. Muchas de ellas acuden con sus hijos pequeños, y se forma una alegre algarabía de ruidos, risas y juegos. «Las otras compañeras son mi familia», coinciden las mujeres del Centro Lugo

Uno de los talleres del Centro Lugo

Uno de los talleres del Centro Lugo

«Cada una tiene sus tiempos, sus procesos, y hay que respetarlos», especifican las orientadoras de Cáritas. Muchas logran abandonar la prostitución «y llevar una vida digna». Pero a ninguna se la «examina»: «Hagas lo que hagas, siempre estaremos aquí para ti. Si dejas la prostitución, estaremos aquí; si no la dejas, también estaremos aquí», subrayan las orientadoras y las voluntarias.

Amenazas de muerte

Los ojos les quedan arrasados en lágrimas cuando desvelan sus heridas a los periodistas que las escuchan. Ninguna acabó en la prostitución por su propia decisión. «Te engañan. Te dicen que vas a venir a trabajar a España de camarera o limpiadora. Y, cuando llegas aquí, te atrapan. Te amenazan de muerte. A ti y a tus hijos», rememoran. «Resulta que reuní el dinero con el que se tiene que pagar. Entonces, a ese dinero hay que pagarle un interés, y cada vez que tú te demores en pagar ese interés se te va a subir otro interés», explica una mujer colombiana. «Yo lloraba, porque sinceramente no sabía ni poner un preservativo. Y sí o sí tienes que trabajar. ¿Por qué? Porque estaba en juego la vida de mis dos bebés que había dejado en Colombia», confiesa con un sobrecogedor sollozo.

Varios periodistas, con el delegado de migraciones de la diócesis de Canarias

Varios periodistas, con el delegado de migraciones de la diócesis de CanariasCáritas

«Hay personas que te conocen desde pequeña, que conocen tu situación de pobreza, tus carencias, y se aprovechan de eso para abrirte las puertas aquí, en un camino que tú desconoces y que, quizás por miedo, no te arriesgas a frenarlo», reconoce una transexual venezolana. «También venimos con la idea de conseguir un sueño, de encontrar una pareja, de encontrar a alguien que te quiera y nos olvidamos del amor que realmente tenemos que tener por nosotros», agrega. Las mujeres asienten: todas sus historias guardan enormes parecidos, dentro de su singularidad.

¿Es cierto aquello que dice Jesús en el Evangelio de que las prostitutas os precederán en el Reino de los Cielos? ¿Cómo vive cada una de ellas su relación con Él? ¿Las vence la culpabilidad, el remordimiento, el abatimiento? «Somos las pupilas predilectas de Dios», asegura sin una sombra de duda una de ellas. Todas corroboran en silencio. «Yo, por lo menos, creo mucho en Dios, y todas las noches lloro. No soy mucho de iglesias, porque no me gusta mucho la Iglesia y eso, pero sí tengo una relación con Dios dentro de mí. Creo mucho en Dios y sé que Dios me ha ayudado mucho en todo este proceso también», añade otra mujer.

«Todo por mis hijos»

El estigma las persigue. Pero «nadie me puede juzgar, solamente yo sé por qué hago lo que hago», esgrime otra mujer de Colombia. «Como dice el dicho, nadie conoce las goteras de la casa ajena, ¿me entiendes?», ejemplifica. «Yo pienso que todos pecamos de manera diferente, ¿me entiendes?», insiste. «Y yo sé que yo trabajo para mis hijos y por mis hijos, y porque yo no quiero que mis hijos pasen las mismas necesidades que yo pasé. Yo no quiero que mis hijos se tengan que ver migrando a un país sin un euro, sin saber adónde van a llegar. Entonces, todo lo que hago lo hago por mis hijos, y en el fondo de mi corazón sé que Dios me ayuda, y muchas veces he sentido que es Dios el que está ahí, el que me pone a las personas indicadas, ¿me entiendes?», concluye con un hilo de voz.

El mural que han pintado las mujeres en la azotea del Centro Lugo

El mural que han pintado las mujeres en la azotea del Centro LugoCáritas

Dentro de pocos días, León XIV visitará las islas. Aún no saben si tendrán la oportunidad de saludarle personalmente. «Claro que iremos. Para nosotras es algo muy especial que el Papa venga a vernos», aseguran. El sol se va ocultando tras los tejados que circundan el achatado edificio de la calle Lugo. Pronto, los clientes aparecerán de entre las sombras para comprar por unos euros sus minutos de placer. Pared con pared, el Centro Lugo seguirá ofreciendo cafesitos, atención y compañía a las mujeres que lo necesiten. Siempre estarán sus puertas abiertas para ellas.

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