Al final sí era gol, Ferrán
Ya lo dijo una vez Johan Cruyff en aquella famosa frase: «No soy religioso. En España, los 22 jugadores hacen la señal de la cruz antes de ingresar al campo. Si esto funcionara, todos los partidos terminarían en empate»
Yo tenía un amigo el cual estoy convencido que ahora es santo. Él no era sacerdote, ni hacía milagros y mucho menos era perfecto. Era él mismo y, como tal, se dejaba hacer reflejo de Dios en su vida cotidiana. Era uno de esos santos que lo son «en la puerta de al lado» que diría el Papa Francisco (Gaudate et Exsultate), esos santos de lo ordinario, del día a día. De esas personas que, ya sea en el trabajo, en una cena de amigos, en la puerta de la iglesia o en el bar viendo un partido, saben dejar que el Espíritu se mueva en ellos y les inspire las más nobles acciones o las más grandes palabras.
Una de las frases célebres que mi amigo decía era que «Dios escucha siempre nuestras oraciones, y que responde siempre a nuestras súplicas. Pero su forma de responder suele ser distinta de la que nosotros esperamos» (como todo en Dios, vaya). Puede respondernos de forma afirmativa: «Adelante, te concedo esto que me estás pidiendo»; también más a largo plazo: «No te lo voy a conceder todavía, porque no es el momento» y, por supuesto, con la negativa, que para nosotros es siempre señal de injusticia y motivo de desconfianza: «No te daré lo que me estás pidiendo, porque yo ya tengo algo mejor para darte».
Si es usted, querido lector, una persona no creyente, puedo imaginarme que esto que yo le cuento le parecerá –con todas las de la ley– una soberana estupidez. Créame si le digo que después de los días y noches que tanta gente pasó en vela rezando por mi amigo Jaime, el santo, para que el Señor lo sacase del mal que lo afligía, y después de ver nuestros deseos frustrados junto con la vida de un muchacho que no había cumplido ni los treinta, yo también me sentí un estúpido. Un estúpido al cual su Dios había ignorado o ni siquiera escuchado en mitad de los millones de anhelos que expresa la humanidad en un mundo sumido en guerras, miseria y llanto.
Pero, a veces, en los lugares más oscuros, en nuestro peor momento o incluso cuando ya hace tiempo que perdimos la esperanza, Dios muestra su plan, si estamos dispuestos a verlo. Y en ese plan mayor podemos comprender, un poco al menos, que siempre estuvimos cuidados por Él, ya sea viendo cuántos milagros hizo el Señor por medio de un amigo recientemente fallecido, cuántas conversiones y cuántas personas cambiaron su vida después de compartir poco más de un fin de semana con él; cuánta gente deja sus proyectos por marcharse a ayudar a otros, cuántos valientes entran por la puerta del seminario dispuestos a hacer de su vida un servicio perpetuo o, más recientemente, viendo cómo un muchacho que suplicaba que no le anulasen un gol irrelevante en la primera fase de un torneo termina anotando el gol de su vida en la final del Mundial.
Y es que el deporte a veces se convierte en el escenario perfecto para las narrativas más inverosímiles. La pasión y entrega de medio mundo por lo que acontece en un coliseo moderno, donde los gladiadores no luchan como antaño con armas sino con una esfera sobre el césped en lugar de sobre la arena resultan el mejor teatro para que se de lo inenarrable. Ellos, al igual que la figura del antiguo gladiador, del torero o del atemporal actor de teatro desde la antigua Grecia hasta nuestros días, luchan y no cesan en su empeño de cumplir con el deseo humano de trascender, de pasar a los anales de la historia.
En esas se hallaba hace un mes Ferrán Torres, un muchacho salido de un pueblo de Valencia, jugador del vigente campeón de Liga y portador del histórico número siete de la Selección que llevaron antaño mitos como Raúl, Villa o Morientes. No obstante, Ferrán, al igual que su predecesor Álvaro Morata, no era quién de librarse del escarnio y juicio público que hacen en nuestros días las redes sociales. Carne de meme, de burla y de insulto por sus fallos en el accidentado primer partido ante Cabo Verde, Ferrán afrontaba el partido contra Arabia Saudí de la segunda jornada con esa desesperación propia de los goleadores que se quedan sin gol, como un mago sin trucos o un ave con las alas rotas. Cuando España ganaba ya por cuatro goles a cero, Ferrán anotaba lo que parecía ser el quinto gol, intrascendente para el resultado del partido, pero vital para su estado de ánimo. En ese instante, el árbitro se acercó al VAR para revisar un posible fuera de juego del valenciano y las cámaras enfocaron el rostro desencajado y nervioso del futbolista, que murmuraba como alma suplicante: «Por favor, que sea gol».
Qué tontería, podríamos pensar. Puestos a pedir, y más Ferrán, que ha manifestado su fe católica a lo largo de la Copa del Mundo, pidamos la paz en el mundo, pidamos justicia y otras tantas causas nobles. Además, ya lo dijo una vez Johan Cruyff en aquella famosa frase: «No soy religioso. En España, los 22 jugadores hacen la señal de la cruz antes de ingresar al campo. Si esto funcionara, todos los partidos terminarían en empate». Y a priori, para una persona no creyente o, peor aún, para una persona que malentiende lo que es creer en Dios y el poder de la oración, esta frase de la leyenda neerlandesa tiene todo el sentido.
Sin embargo, no puede estar más alejado de lo que es rezar verdaderamente. Así lo explicó el seleccionador Luis de la Fuente cuando dijo que rezaba durante el torneo, pero no por estar en un Mundial, sino que lo hace todos los días y agradece en cada oración, sin pretender disfrazar de devoción ante Dios un deseo personal y egoísta con el que sacar ventaja sobre el rival.
Así pues, en ese anhelo desesperado de Ferrán no se hallaba el pedir el gol por ser mejor que otros, ni por definir un partido contra una ya goleada Arabia que perdía por cuatro goles de diferencia. En el fondo anhelaba algo más profundo en ese «Por favor que sea gol»: anhelaba que el fruto del trabajo que todos los cristianos del mundo ofrecemos en nuestro día a día fuese recibido por Dios, sentir que el sacrificio valía la pena, sentir que uno está en el lugar donde debe. ¿Cuántas veces en nuestros proyectos personales sentimos el abatimiento del pensar que no servimos para nada? Y, sin embargo, ahí todos lanzamos esa oración aparentemente egoísta «Por favor, que se me dé la oportunidad», «por favor, que me salga ese examen como lo he preparado» que el Señor termina respondiendo de formas muchas veces extrañas e incomprensibles.
Le compartía, querido lector, que a mí Dios me regaló hace meses el responder «no» a mis súplicas por la salud de mi amigo, y efectivamente tenía para mí y para muchos de sus seres queridos el regalarnos la firme convicción de que su alma se encuentra ya entre los santos, no cómo suele decirse de cualquier ser querido que se nos va, sino con una firmeza diferente y casi milagrosa.
Algo parecido, casi milagroso al menos en el mundo de las narrativas del deporte fue la irrupción de Ferrán en la gran final. El delantero titular que había perdido su puesto, el artillero que suplicaba por un gol intrascendente en una goleada ante Arabia, el chico que nos confesó en esta Copa del Mundo que se apoyaba en Dios y en la Virgen, a la cual lleva colgada al cuello. Una teología sencilla y seguramente poco pulida de la cual Dios sabe rubricar las más bellas historias y los más grandes desenlaces, como el que Ferrán tuvo este domingo cuando su bota golpeó con furia aquel balón hacia el fondo de la portería uniendo su destino con el de Andrés Iniesta, quien al igual que él antes de ser campeón del mundo en Sudáfrica atravesó un calvario mental donde había perdido esa ilusión, donde el deporte no saciaba su alegría.
Pedía Ferrán que fuera gol, que su trabajo tuviese reconocimiento, que su sacrificio y esfuerzo fueran agradables a ojos de Dios, y Dios le respondió, como nos responde cuando no nos salen las cosas que pensamos que sí son para nosotros, como cuando se rompe una pareja que creíamos que sería el amor de nuestra vida, como al perder una final que creíamos que era lo que mas ansiábamos, como al pedir que se recupere un ser querido y le vemos marchar. Dios le respondió como decía mi amigo que respondía algunas veces: «No te daré lo que me estás pidiendo, porque yo ya tengo algo mejor para darte».
Pedías, Ferrán, que fuera gol, y al final sí era gol, Ferrán.
(En homenaje a Jaime de Gandarillas y a todos los que nos hacen ver la santidad en lo sencillo).
Alberto Varela Muñiz es el Delegado de Pastoral Juvenil de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol