María Magdalena: «Mujer, ¿por qué lloras?»
Alice von Hildebrand recuerda, en 'El privilegio de ser mujer', que ninguna mujer contempló la Transfiguración en el Tabor, mientras que varias permanecieron junto a la Cruz. No vieron primero el fulgor de la gloria, pero sí el rostro desfigurado del Siervo doliente
Cada 22 de julio la Iglesia nos pone delante a santa María Magdalena. Su figura aparece en uno de los momentos culminantes de la historia de la salvación: el amanecer de la Resurrección. Allí donde todo comienza de nuevo, donde la muerte ha sido vencida y el mundo todavía no lo sabe, una mujer llora junto a un sepulcro.
El Evangelio de san Juan describe la escena con una belleza extraordinaria. María va al sepulcro «al amanecer, cuando aún estaba oscuro», ve la losa quitada y corre a avisar a Pedro y al discípulo amado. Ellos llegan, entran y contemplan los lienzos. Del discípulo amado se dice que «vio y creyó», aunque todavía no habían comprendido plenamente la Escritura. Después regresan a casa. María, en cambio, permanece fuera, llorando. No comprende aún lo sucedido, pero su amor la mantiene cerca del lugar donde había sido depositado el cuerpo de Cristo (Jn 20,1-11).
Quizá aquí comienza una de sus grandes enseñanzas: antes de hablar de Dios, antes incluso de comprender lo que Dios hace, hay que aprender a permanecer cerca de Él.
San Juan Pablo II recordó en Mulieris dignitatem que las mujeres fueron las primeras en llegar al sepulcro, las primeras en encontrarlo vacío y las primeras en recibir el anuncio de la Resurrección. En María Magdalena este privilegio adquiere una intensidad especial: ella es la primera en encontrarse personalmente con Cristo resucitado y la primera enviada a anunciarlo a los apóstoles. Por eso la tradición la ha llamado «apóstol de los apóstoles» (Juan Pablo II, 1988, n. 16).
El cristianismo no eleva a la mujer rebajando al varón ni enfrentando a ambos, sino revelando la dignidad de cada persona a la luz de Cristo. Y en esa revelación las mujeres ocupan desde el principio un lugar que no puede explicarse únicamente mediante categorías políticas o sociológicas.
Alice von Hildebrand recuerda en El privilegio de ser mujer que ninguna mujer contempló la Transfiguración en el Tabor, mientras que varias permanecieron junto a la Cruz. No vieron primero el fulgor de la gloria, pero sí el rostro desfigurado del Siervo doliente. En el conjunto del Evangelio, la fidelidad junto al Cristo humillado y la misión pascual aparecen así íntimamente unidas: quienes permanecieron cerca de Él en la hora oscura se encuentran también entre las primeras en recibir el anuncio de su victoria (von Hildebrand, 2022, pp. 43-45).
Esta lógica desconcierta a una cultura que tiende a medir la dignidad por la visibilidad, el reconocimiento o el poder. Todo ello puede tener un valor legítimo, y sería injusto ignorar las humillaciones y exclusiones sufridas por las mujeres. Pero el Evangelio dirige la mirada hacia una profundidad mayor: hacia la fidelidad de quien permanece junto al Señor cuando ya no queda prestigio, promesa visible ni éxito humano.
María Magdalena no va al sepulcro a reivindicar una función. Va porque ama. Su amor es concreto y personal, fiel al Amado incluso cuando ya solo espera encontrar su cuerpo muerto. Su llanto no es sentimentalismo: no la encierra en sí misma, sino que la impulsa a buscar a Aquel que ha perdido.
Los ángeles le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?». Después Jesús, a quien ella confunde con el hortelano, le dirige una pregunta semejante: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?» (Jn 20,13-15).
En el cuarto Evangelio, el apelativo «mujer» puede despertar una resonancia particular. Jesús llama también así a su Madre en Caná y al pie de la Cruz (Jn 2,4; 19,26). San Juan Pablo II recuerda que María es «esta mujer de la Biblia», vinculada al Protoevangelio y a la plenitud de los tiempos, cuando Dios envía a su Hijo «nacido de mujer» (Juan Pablo II, 1988, nn. 2-3; cf. Gén 3,15; Gál 4,4). En la Virgen, esta palabra alcanza un significado único: ella es la nueva Eva, Madre del Redentor.
Esta significación no puede trasladarse sin más a María Magdalena. La Virgen ocupa un lugar irrepetible: fue «redimida de modo eminente», preservada del pecado desde su concepción por los méritos de Cristo (Lumen gentium, n. 51).
Pero precisamente desde esta diferencia podemos contemplar en Magdalena a una hija de Eva alcanzada por la redención dentro de su propia historia. No es la Inmaculada ni el arquetipo perfecto de la feminidad. Es una mujer liberada por Cristo —el Evangelio recuerda que de ella habían salido siete demonios—, fiel en la hora oscura y llamada personalmente en el jardín de la vida nueva.
La única misericordia redentora de Cristo actúa en ambas de manera distinta. En la Virgen, como preservación del pecado; en Magdalena, como curación, liberación y llamada. En ella reconocemos con facilidad a la persona que busca, que llora, que no comprende y que necesita escuchar su nombre para reconocer al Señor.
La tradición cristiana ha visto también una correspondencia entre el jardín de la caída y el de la Resurrección. Eva escucha la palabra de la serpiente y se aparta de Dios; Magdalena escucha la voz del Resucitado y es devuelta a Él. No se trata de una simetría perfecta ni de identificar a ambas mujeres, sino de contemplar a una hija de Eva introducida por Cristo en la nueva creación.
Cuando Magdalena reconoce al Señor, quiere aferrarse a Él. Pero Cristo le dice: «No me retengas» (Jn 20,17). No le manda renunciar al amor, sino aceptar que ese amor ha de ser transformado. El Resucitado no puede ser recuperado como si la Cruz hubiera sido solo un paréntesis y todo pudiera volver al estado anterior. La relación con Jesús ha entrado en el modo nuevo de la fe pascual, que abre a la comunión con los hermanos y a la misión. María no puede conservar al Señor para sí: debe dejarse enviar por Él.
Entonces Jesús la llama por su nombre: «María». Ella se vuelve y responde: «Rabbuní» (Jn 20,16). El apelativo da paso a la llamada personal. La historia de la salvación alcanza el corazón concreto de una persona que descubre que el Señor la conoce.
En una época que concibe con frecuencia la identidad como pura autoconstrucción, María Magdalena descubre quién es cuando Cristo pronuncia su nombre. No necesita inventarse ni convertir sus heridas o deseos en la medida última de la realidad. Se reconoce al ser conocida y llamada por Aquel que la ama en verdad.
Esta llamada no anula su condición de mujer ni su historia singular, sino que las ilumina. Cristo no se dirige a una abstracción, sino a una persona concreta. La identidad cristiana no es una fabricación solitaria ni una imposición exterior, sino la respuesta libre a una verdad recibida como llamada.
Después Cristo la envía: «Ve a mis hermanos y diles...» (Jn 20,17). El amor que la había llevado al sepulcro se convierte en misión. María Magdalena no anuncia una emoción aislada ni una interpretación nacida únicamente de su interior. Anuncia un acontecimiento: «He visto al Señor» (Jn 20,18).
En esta frase hay una sobriedad conmovedora. El testimonio cristiano nace del encuentro personal, pero no convierte la propia experiencia en verdad suprema. María no se anuncia a sí misma: señala al Señor. Ha sido verdaderamente alcanzada por el acontecimiento, pero el centro de su palabra no es lo que ha sentido, sino Aquel a quien ha visto.
La escena revela el camino de todo discípulo: permanecer, buscar, dejarse llamar y ser enviado. Pero ese camino se encarna aquí en la historia concreta de una mujer y manifiesta algunos de los rasgos que san Juan Pablo II reconoce en las mujeres del Evangelio: una sensibilidad especial hacia Cristo y su misterio y una atención particular a la persona concreta.
Por eso la fiesta de María Magdalena tiene algo que decir de manera singular a las mujeres de nuestro tiempo. La dignidad femenina no puede reducirse al poder, la competencia o la imitación del varón. Tampoco puede encerrarse en una emotividad desligada de la verdad. El Evangelio muestra una feminidad capaz de permanecer cerca del Señor, de escuchar su palabra, de amar con fidelidad y de dejar que ese amor sea purificado y transformado en misión.
Este es también el camino de toda alma cristiana: permanecer cerca del Señor, dejarse encontrar y llamar por Él y salir después a dar testimonio, con la certeza humilde de quien puede decir: «He visto al Señor».
Teresa Pueyo-Toquero es del Instituto CEU de Estudios de la Familia