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Álex Navajas
Tribunas de veranoÁlex Navajas

El 'climatismo', la religión de los que solo miran al suelo

Desconocemos qué se esconde bajo nuestros pies; apenas sabemos lo que flota sobre nuestras cabezas. Y, aun así, pretendemos mantener el control de todo lo que se encuentra a nuestro alrededor. ¡El hombre, fiel a su descabellado empeño de tapar el sol con un dedo!

La inmensidad del firmamento

La inmensidad del firmamentoGetty Images

Nuestro planeta Tierra gira sobre sí mismo a cerca de 1.670 km/h; viaja alrededor del Sol a unos 107.280 km/h y se desplaza por la galaxia superando los 800.000 km/h. Desde que salimos disparados de ese minúsculo «grumo» de materia tras el Big Bang, hace cientos o miles de millones de años, el universo está en expansión, avanzando sobre la nada (y, ¿qué es la nada?), lanzando la materia en todas direcciones a unas velocidades siderales. Después, ya saben, ese hidrógeno original se fue enfriando, aparecieron las galaxias, los planetas, los satélites, las estrellas y todos los fascinantes elementos que completan nuestro complejísimo, bellísimo y prácticamente desconocido universo.

Dentro de esa inmensidad inimaginable se encuentra nuestro planeta, apenas un grano de arena si lo comparáramos con todos los granos de arena de la Tierra. Nuestra cabeza es incapaz de procesar toda esa grandeza. Ya le pasó a San Agustín en esa célebre anécdota que le sitúa en una playa, donde contemplaba a un niño que quería meter con su cubo de madera todo el mar en un agujero que había escarbado en la arena. «¡Pero, chico, eso es imposible!», le habría dicho el santo de Hipona con una sonrisa. Y el niño, mirándole fijamente a los ojos, le respondió: «Pues más imposible es que tú trates de meter la inmensidad de Dios en tu cabeza».

San Agustín, autor de 'La ciudad de Dios'

San Agustín, autor de 'La ciudad de Dios'

En esas nos encontramos: «a bordo» de un minúsculo planeta que salió despedido hace miles de millones de años y que, desde entonces, no ha dejado de viajar; donde todo se mueve a su alrededor y que esconde, en el centro de sus entrañas, un inmenso océano de fuego y lava. El hombre ha sido capaz de llegar a la Luna, pero solo ha logrado profundizar apenas 12 kilómetros en la corteza terrestre: los del pozo de Kola, en Rusia. Al alcanzar los 12.262 metros de profundidad, los ingenieros soviéticos tuvieron que cejar en su empeño: 185 ºC de temperatura hacían inviable la operación.

Las abandonadas instalaciones del pozo de Kola, en Rusia

Las abandonadas instalaciones del pozo de Kola, en Rusia

Desconocemos qué se esconde bajo nuestros pies; apenas sabemos lo que flota sobre nuestras cabezas. Y, aun así, pretendemos mantener el control de todo lo que se encuentra a nuestro alrededor. ¡El hombre, fiel a su descabellado empeño de tapar el sol con un dedo! «El cambio climático», repiten muchos. La pregunta, más bien, sería: ¿Alguna vez el clima ha dejado de cambiar? Un vistazo superficial a la historia de los últimos siglos sería suficiente para darse cuenta de que no. ¿Hay algo verdaderamente estable, fijo, sujeto, congelado, petrificado, inalterable en nuestro universo?

Los cristianos creemos lo que el Señor afirma: El cielo es mi trono y la tierra es el estrado de mis pies (Isaías 66, 1). Y eso nos hace permanecer serenos y confiados. Estamos en buenas manos. En las mejores manos. En las únicas manos que merecen total confianza. Como repetía Santa Teresa Benedicta de la Cruz: «¿Adónde nos conduce Dios? No lo sabemos. Solo sabemos que nos conduce». Y eso es suficiente. Cielos y tierras pasarán, pero mi Palabra no pasará, añade en el evangelio de San Mateo (24, 35).

Veremos pasar todo a nuestro alrededor, salvo la Palabra de Dios, que es lo único inconmovible. Eso no hace que los cristianos nos desentendamos de la creación: al contrario, la cuidamos como la Casa Común que el Señor nos ha confiado en este tiempo. La cuidamos con el amor del que custodia un regalo, y no con la angustia del que se aferra a su única tabla de salvación. Sabemos que esta tierra pasará, y no nos inquieta, porque lo importante, lo único verdaderamente importante, permanecerá.

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