07 de febrero de 2023

A verEnrique García-Máiquez

El numerito

Decía André Frossard que «Dios sólo sabe contar hasta uno», y Jesucristo paró de contar a los doce. Así que, cuando en su Iglesia nos ponemos a echar cuentas a bulto de millones, hay algo que, en último término, falla, aunque sea siempre con la mejor intención

Una amiga muy querida, cuyo hijo adolescente remoloneaba a la hora de ir a misa, se me quejó amargamente de que la Iglesia tenía cada vez menos atractivo y peso social. Yo invoqué sonriente a Nicolás Gómez Dávila y le dije que me bastaba rezar en un rincón con cuatro viejas beatas. No me dolía que la Iglesia no estuviese de moda porque ya sabíamos lo que las modas dan de sí y como vienen y pasan, mientras la cruz permanece. Ella, que siempre es muy dulce conmigo, me espetó: «Eres un snob».
Lo decía en serio, por supuesto, y tenía razón, y el corazón de madre roto. Sin duda, si la Iglesia moviese a las masas como antaño, su levadura alcanzaría a muchos más. Sin embargo, al leer las estadísticas que hablan de una sociedad española cada vez más indiferente a la religión católica, especialmente entre los jóvenes, he vuelto a recordar a mi Gómez Dávila, el solitario de Dios.
Es lógico preocuparse por los tantos por ciento, pero lo propiamente cristiano es ir persona a persona. Decía André Frossard que «Dios sólo sabe contar hasta uno», y Jesucristo paró de contar a los doce. Así que, cuando en su Iglesia nos ponemos a echar cuentas a bulto de millones, hay algo que, en último término, falla, aunque sea siempre con la mejor intención. Quizá un efecto colateral de haber vuelto los altares al público asistente haya sido que los sacerdotes están irremediablemente pendientes de la afluencia. Cuando celebraban de cara al altar, salía sólo contar hasta Uno.
La preocupación por el número termina en numerito. O en la tentación del «método Quevedo». ¿Recuerdan lo que decía don Francisco que había que hacer para que te persiguiesen muchas doncellas? Fijarse adonde iban y ponerse a correr delante. O termina en la utilización del criterio numérico como único indicador de frutos. Cualquier evento donde se junte mucha gente es obra del Espíritu Santo, como si el Evangelio rezase: «Donde haya dos mil o tres mil congregados en mi nombre, allí...»
Nunca sostendré que los números no cuentan, y menos en estos tiempos demoscópicos, y especialmente en algunas labores apostólicas que necesitan cierta economía de escala, como los medios de comunicación. Sin lectores ni oyentes, no pueden sostenerse. Pero el espíritu no debe supeditarse al número. A fin de cuentas, aquel «Muchos son los llamados –¡bien!– pero pocos los escogidos –¡vaya!–», es un diagnóstico que nos avisa de que lo mediático no es talmente nuestro ambiente.
Este dilema es un signo de los tiempos. ¿Nos preocupamos por que crezca el número a toda costa o nos encogemos de hombros, fijando la vista en el altar y fortaleciendo pequeñas comunidades más o menos estancas? Hay una tercera opción, que es la defensa de la cristiandad que está abriéndose paso en el debate intelectual de la mano, entre nosotros, de los profesores Alejandro Rodríguez de la Peña y Miguel Ángel Quintana Paz.
Porque la cristiandad es un concepto social, no estrictamente político, sino civilizatorio. Se la puede defender con fe o sin ella, aunque, a la larga, favorece una sociedad donde las personas tienen menos difícil acercarse a la fe. Para preocuparse por los números, hay que defender la cristiandad; y, entonces, tal vez, por añadidura…
Parece una solución mucho más coherente que defender solo una fe individual, incluso subjetiva, algo a la carta y desvinculada del todo su proyección pública y cultural, pero, a la vez, andar preocupadísimos con las cifras, las estadísticas y los tantos por ciento del CIS. La cristiandad respeta lo intocable de lo íntimo, lo inmensurable de las conciencias, el secreto de lo sacro y la irradiación del rito del cristianismo, sin olvidarse del necesario abrigo social que requería mi amiga para la fe del hijo y que tanto preocupa a los que leen las últimas estadísticas, y se echan las manos a la cabeza.
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