03 de diciembre de 2022

A verEnrique García-Máiquez

Joaquín Sabina: nuevo icono conservador

Me inquieta el embeleso con que los que no son de izquierda aclaman a estos arrepentidos de su ideología totalitaria y desastrosa

Joaquín Sabina, «Baudelaire con guitarra», según su amigo y excamarada Luis García Montero, ha creado una escandalera mediática al reconocer que, pese a haber sido tan de izquierdas, ya no lo es… tanto. Supongo que García Montero le perdonará eso. Aunque esto otro ya le costará más: «El fracaso del comunismo ha sido feroz»; porque Sabina sabe lo que se hace con las letras y no usa «feroz» a humo de pajas, sino señalando, como quien no quiere la cosa, la violencia y la violación sistemática de derechos de millones de personas. La justificación que da de su cambio tampoco tiene desperdicio: «Tengo ojos y oídos y cabeza para ver lo que está pasando y es muy triste lo que está pasando».
Yo me alegro por el cantautor. También porque sé el peso que estos mitos mediáticos tienen en la opinión pública. Según santo Tomás de Aquino, el argumento de autoridad es el más endeble de todos, pero, si así lo es en buena lógica, no lo es en buena sociología, donde pesa lo suyo. Esto de Sabina hará reflexionar a sus grupis. Para eso no importa nada la paradoja de que Sabina haya socavado todo lo que ha podido la autoridad en su carrera artística. Hoy por hoy, nadie es más venerado que el antihéroe profesional, que el revolucionario que se forra y que el ídolo iconoclasta.
Hasta aquí, por tanto, todo fenomenal. A partir de aquí, un poco menos. Me inquieta el embeleso con que los que no son de izquierda aclaman a estos arrepentidos de su ideología totalitaria y desastrosa. Indica una falta de fe en las propias creencias, que solo se fortalecen cuando alguien que ha tenido la suerte o el privilegio de ser –oh– de izquierdas condesciende –ah– a renegar de lo suyo –eh– y a perdonar la vida a lo nuestro –huy–. En España, haber sido maoísta, como Federico Jiménez Losantos, es una cualificación para ser líder de opinión de las derechas y Alberto Núñez Feijóo presume de haber votado a Felipe González como del aval que le permite ser un líder de oposición moderado. Puede que a corto plazo pensemos que esos prestigios prestados nos fortalecen, pero, por lo subconsciente, transmiten una debilidad de convicciones muy profunda.
Pero también se valora la caída del caballo de cualquier converso por el dramatismo y la novelería. Nos hacen gracia los batacazos, como en las viejas películas slapstick de Charlie Chaplin y Buster Keaton. Es la emoción elemental del porrazo de cine mudo.
Además, contra el desdén, estamos advertidos por la lectura de la parábola del hijo pródigo. ¡Cuidado con marcarnos un hermano mayor! Ni de broma molestarnos porque nadie vuelva a casa y le matemos el cordero cebado para celebrarlo por todo lo alto. Bien que venga y venga mi porción de cordero y mi copa de vino. Chin, chin. Yo me sumo a la fiesta. Sin olvidar, como he dicho en alguna ocasión, que los cristianos viejos también nos convertimos diariamente, sólo que nuestro giro es de 360º, y lo celebramos en la intimidad.
Con todo, una pequeña advertencia sí que puedo hacer, ¿no?, con una sonrisa. ¿No resulta excesivo que la gente, emocionada por el sabinazo, nos repita: «Quien a los 20 años no sea revolucionario no tiene corazón, y quien a los 40 lo siga siendo, no tiene cabeza»? Fantástico que Joaquín adquiera cabeza a sus 73 tacos, por supuesto, pero ¿hace falta decirnos, a los que no hicimos el tonto –en este aspecto en concreto– ni a los 20 ni a los 30, que no teníamos corazón? Es como si el hermano pródigo de la parábola, cuando el mayor se sienta con él a celebrarlo, le dijese: «Quien no se gasta, antes de volver a casa, la pasta de papá con meretrices y vive luego entre cerdos, no tiene buenos sentimientos». Para mí que eso ya es innecesario.
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