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23 de julio de 2024

Montaje de Belén de la Cruz y su padre

Estanislao Pery Paredes y su hija, la hermana Belén de la CruzPaula Argüelles

Entrevista con Estanislao Pery, padre de Belén de la Cruz

«Si mi hija supiera que la quieren hacer santa, ¡estaría horrorizada!»

Pocos padres en el mundo tienen una hija en proceso de canonización. Hace apenas 20 días, la Iglesia aceptó la causa de Belén de la Cruz, una carmelita que falleció en Córdoba en 2018

Vivió 33 años y murió en 2018 a consecuencia de un cáncer de ovario en su convento carmelita de San Calixto (Córdoba). Su muerte podría haber pasado totalmente desapercibida: una monja de clausura joven, sí, pero, después del primer shock, haber quedado relegada al recuerdo de sus allegados.

Sin embargo, la figura de la hermana Belén de la Cruz ha ido creciendo lentamente en estos seis años hasta convertirse casi en una gigante de la fe, en un modelo para miles de jóvenes y creyentes.

El aldabonazo vino hace apenas 20 días, cuando los obispos de sur de España dieron su plácet al obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, para abrir el proceso diocesano sobre la vida, virtudes y fama de santidad de la religiosa carmelita.

Ahora, su padre, Estanislao Pery Paredes, ha visitado la sede de El Debate para hablar sobre su hija, que antes de ingresar en el carmelo en 2005 se había convertido en la campeona de golf de Andalucía.

– Su hija era poco conocida pero, de un tiempo hasta ahora, cada vez se habla más de ella...

– Sí, bueno, la verdad es que ha sido un poco una revolución, en el sentido de que Belén, cuando estaba en el convento, no era conocida más que por su familia y amigos. Fue precisamente a raíz de su muerte cuando todo cambió. El mismo día del funeral, que lo celebró don Demetrio Fernández, porque insistió en hacerlo él, ya fue impresionante. Un sábado por la tarde lluvioso en el monasterio de San Calixto, que está en plena Sierra Morena, había más de 600 personas que no cabían en la iglesia y estaban fuera mojándose. A raíz de la homilía de don Demetrio, la gente que había estado allí me llamaba y me la pedía. Y, a partir de ahí, todo ha ido a más.

– ¿Por qué pasó eso, si no era conocida?

– Bueno, porque una monja de clausura en realidad está más relacionada de lo que parece. Gracias a Dios, las relaciones de la monja con la familia siguen existiendo, y lo mismo con sus amigos. La gente, cuando bajaba a pasar el verano al sur, paraba en el convento para verla, le escribía cartas y ella les contestaba. Quizás un segundo paso fue que las carmelitas, cuando muere una monja, la priora escribe un resumen de su vida que ellas llaman Carta de edificación. Este escrito se distribuye entre conventos de la orden y entre familiares. Pero la de Belén tuvo una repercusión tremenda. Le pedían a la priora más ejemplares y se llegaron a editar casi mil, que es muchísimo. Después, como la carta no tenía foto, todo el mundo quería saber cómo era, y nos pedían una foto.

«Una santa carmelita»

– ¿En qué momento se empezó a hablar de ella como santa?

– Quizás cuando hicimos el libro (Belén, carmelita descalza. Nuestra hija, editorial Xerión), que fue una insistencia de la madre priora y del visitador de las monjas. Había tanta gente que quería saber más de Belén que nos insistieron en escribirlo. La verdad es que nosotros no habíamos escrito nunca un libro y nos costó mucho. En el prólogo, que escribió don Demetrio, en varias ocasiones cita que Belén era una «santa carmelita» . Y quizás ahí es cuando la gente empezó a verla como santa. Al poco tiempo, don Demetrio redactó una oración para la devoción privada y la gente se empezó a encomendar, a rezar novenas y demás.

– ¿Ya desde niña se le veía venir que era santa?

– ¡No, no! Era una niña normal y corriente. Nosotros somos, como suelo decir, parroquianos de parroquia móvil, porque nos hemos cambiado muchas veces de casa. Éramos una familia de misa los domingos y punto. Las niñas fueron al colegio público y también a colegios religiosos. Belén era una chica muy deportista, le encantaba el campo, conducir, jugaba al golf. Era un poco tímida, pero muy amiga de sus amigas y en absoluto le gustaba figurar. No. Ella siempre, siempre estaba en un segundo plano. Eso lo reconocen todas sus amigas e incluso las hermanas del convento. Cuando la necesitabas, estaba. Pero cuando le querías dar las gracias, ya no estaba. Ya se había ido. Ya se había quitado de en medio.

Estudió en CUNEF

– ¿Cuándo les dijo que se quería ir de monja?

– Ella estaba estudiando CUNEF en Madrid y vivía en el colegio mayor Mater Salvatoris. Nos dijo que quería ser carmelita y entrar en San Calixto, concretamente. Claro, nosotros le dijimos que eso lo tenía que pensar, lo tenía que meditar, que era una decisión muy drástica ir a un convento donde no conocía a las monjas. Una vida durísima.

– Es llamativo que quisiera ser carmelita y no del Mater Salvatoris...

– Claro, cuando tenía más contacto con las monjas del Mater, pero ella no veía ningún problema en la vida austera y sacrificada de las carmelitas; lo tenía claro. Conocíamos el convento, porque mis suegros tenían una finca cerca de allí. Fuimos a hablar con la priora, que nos dijo que ya llevaba carteándose con ella un tiempo y dándole largas, porque era muy joven. Cuando escribió la primera carta, tenía 19 años o 20, y entró con 21. Al final vimos que estaba tan convencida que decidimos ni empujarla ni retenerla, sino andar a su lado.

Seguía siendo ella

– Los doce años que estuvo en el carmelo, ¿la vieron feliz?

– Los primeros meses fueron durísimos para nosotros y para sus hermanas, porque te produce un desgarro. Es una duda constante: ¿Podrá, aguantará, será lo que quiere? Y por otro lado, es duro para ella. Nos escribió una carta al mes diciendo: «Os estaría engañando si os dijera que no me está costando». Pero, según va pasando el tiempo, vio que esa era su vida. Estaba en su casa, feliz.

– ¿Cambió mucho?

– Una cosa que a mí me tranquilizaba mucho era que ella seguía siendo ella. Hay personas que de repente cambian. Se vuelven muy espirituales o diferentes, pero no era el caso de Belén: ella era ella. Te lo decía siempre: «Mira papá, yo soy la misma, pero vestida de marrón». Y era verdad. Tú la reconocías. Y fue muy feliz en el convento. Progresó muy rápido. Fue tornera. Después la hicieron tercera, que es la que llevaba el mantenimiento del convento. Se relacionaba con los hortelanos, con el fontanero, con el electricista, y todos la adoraban. Después ya la nombraron maestra de novicias siendo la más joven del convento, y más tarde sub priora. La nombraron por unanimidad, pero ella no quería bajo ningún concepto. Quería ser hermana rasa. Yo creo que tenía facultades y que por eso la escogieron, pero era un cargo que a ella no le gustaba mucho.

Campeona de golf de Andalucía

– Venía de ser deportista de élite como campeona de golf de Andalucía...

– Sí, siendo niña jugaba muy bien. Era muy habilidosa en los deportes: igual que montaba en bici, jugaba al futbito, le gustaba el golf, y no progresó más porque no le gustaba la competición. Hay una cosa muy curiosa. Ganó un premio de golf en el Puerto de Santa María un mes antes de entrar en el convento. En el periódico venía la relación de los ganadores, pero en la foto estaban todos menos ella. Es decir, que no le gustaba nada, le gustaba jugar pero no le gustaba competir. En cuanto iba a ser protagonista de algo, se quitaba de en medio.

– ¿Qué sintieron hace pocas semanas cuando se dio luz verde al proceso diocesano de canonización?

– ¡Te emociona! Y te supera. Porque es una cosa que en la vida te puedes llegar a imaginar. Por otro lado, también te sirve de consuelo. Ella escribía muchas veces en las cartas a sus primos y a sus amigas que hay que ser santo. Y explicaba cómo hay que ser santo: haciendo las cosas con corazón. Es decir, no hay que fundar ninguna orden, ni hacer ninguna cosa del otro mundo, sino hacer las cosas con ganas de ayudar y con humildad. Incluso en la primera carta que le escribió a la priora, una de las cosas que le decía es «quiero ser santa». El otro día a raíz de la noticia de la apertura de su proceso de canonización, volví a leer esa carta. La verdad es que me emocioné. El mundo está lleno de santos que no están en los altares. Todos conocemos alguno en nuestras vidas, personas que dices: «Realmente, esta persona es una santa». Pero el hecho de que la Iglesia inicie el proceso de canonización, pues la verdad es que te supera completamente, te quedas sin palabras. Tienes dentro una emoción grande, y satisfacción por ella. Aunque, conociéndola, estaría horrorizada. ¡Pero horrorizada! Si ella se entera de esto, bueno, ¡sale corriendo a donde sea!

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