Rosario Livatino, el «niño juez»
Rosario Livatino, el «niño juez» a quien el Papa quiere hacer santo
Livatino fue beatificado el 9 de mayo de 2021, y es el primer juez italiano en vías de canonización. La figura responde perfectamente al deseo de nuevos santos que quiere el Papa Francisco
El «niño juez» Rosario Livatino, asesinado por la mafia en Sicilia a los 37 años, encabezará el «Catálogo de nuevos mártires» que quiere el Papa Francisco. Livatino fue beatificado el 9 de mayo de 2021, y es el primer juez italiano en vías de canonización. La figura responde perfectamente al deseo de Francisco.
Nuevos mártires
El pontífice ha pedido elaborar un catálogo de quienes «han derramado su sangre para confesar a Cristo y dar testimonio del Evangelio» en este primer cuarto de siglo, confiando la tarea, en vista del Jubileo de 2025, a la «Comisión de los Nuevos Mártires– Testigos de la Fe», instituida por carta el 3 de julio. El objetivo es que la memoria de los «nuevos mártires» se erija «en tesoro que la comunidad cristiana custodia» y ayude a los creyentes a leer también el presente «a la luz de la Pascua, sacando del cofre de tan generosa fidelidad a Cristo, las razones de la vida y del bien».
Entre esos «frutos maduros y excelentes de la viña del Señor» mencionados por el Papa se encuentra Rosario Livatino, un gran creyente, al que Francisco describió como «mártir de la justicia y de la fe».
Magistrado siciliano en el decenio comprendido entre el 29 de septiembre de 1979 y el 20 de agosto de 1989, como fiscal adjunto de la República tuvo a su cargo las más delicadas investigaciones antimafia, de delincuencia común pero también, en 1985, de lo que luego estallaría en los años 90 como la 'Tangentopoli siciliana'.
Incómodo para la mafia
Rosario Livatino se había convertido para entonces en una persona demasiado incómoda para la Mafia y fue asesinado en la mañana del 21 de septiembre de 1990 en una carretera de Sicilia, mientras conducía su coche hacia el juzgado. Por su muerte se identificó a los miembros del grupo asesino y a los instigadores, gracias a un testigo presencial, y todos fueron condenados.
Su muerte se reconoce como una muerte mafiosa. Fue «asesinado por la fe en Cristo y en la Iglesia», reza la motivación que decretó su beatificación. Por lo tanto, el asesinato se equipara a un auténtico martirio, tal y como lo define la Congregación para las Causas de los Santos en un documento fechado el 21 de diciembre de 2020.
Impartir justicia es autorrealización, es oración, es entrega de sí mismo a Dios
Arrepentimiento
Salvatore Calafato, uno de los instigadores del asesinato del «niño juez», escribió una carta pidiendo perdón: «No sé si es justo que pida perdón, pero empezar a hacerlo es quizás un primer paso que podría llevarme a la búsqueda del verdadero sentido del gesto, esperando recibir vuestra protección». Su arrepentimiento y su camino hacia la conversión son uno de los signos de la santidad de Livatino.
En el diario de Livatino, el 18 de julio de 1978, se puede leer: «Hoy he prestado juramento: desde hoy estoy en la magistratura. Que Dios me acompañe y me ayude a respetar el juramento y a comportarme como exige la educación que me dieron mis padres». La fe y el derecho, como explicó Livatino en una conferencia celebrada en Sicilia en abril de 1986, son dos realidades «continuamente interdependientes entre sí, continuamente en contacto recíproco, sometidas cotidianamente a una confrontación a veces armoniosa, a veces lacerante, pero siempre vital, siempre indispensable».
Según Livatino, de hecho, «la tarea del magistrado es decidir», y elegir es «una de las cosas más difíciles que el hombre está llamado a hacer. Y es precisamente en esta elección de decidir, en esta decisión de ordenar, donde el magistrado creyente puede encontrar una relación con Dios». Una relación directa, «porque impartir justicia es autorrealización, es oración, es entrega de sí mismo a Dios». Una relación indirecta, «por el amor a la persona juzgada».
La ley de la caridad
Por eso, refiriéndose a algunos pasajes evangélicos, Livatino señalaba en sus escritos cómo Jesús afirmaba que «la justicia es necesaria, pero no suficiente, y puede y debe ser superada por la ley de la caridad, que es la ley del amor. Amor hacia el prójimo y hacia Dios, pero hacia el prójimo como imagen de Dios; por tanto, de un modo no reducible a la mera solidaridad humana».
Su fe era tan profunda que cada mañana, antes de entrar en el tribunal, iba a rezar a la cercana iglesia de San José. Un ritual que se rompió para siempre aquella maldita mañana del 21 de septiembre de 1990.