Agustín de Canterbury es considerado como el apóstol de Inglaterra
Agustín de Canterbury: el monje que cruzó el mar con 39 hombres, convirtió a un rey y resucitó la fe en Inglaterra
Corría el año 596 y en Inglaterra apenas quedaba rastro del cristianismo. Todo cambió cuando la audacia de san Gregorio Magno puso rumbo a una misión que reavivaría la fe en las Islas Británicas
«Un único «sí», un único «no», un «demasiado pronto» o un «demasiado tarde» hacen que ese momento sea irrevocable para cientos de generaciones, determinando la vida de un solo individuo, la de un pueblo entero e incluso el destino de toda la humanidad», escribe Stefan Zweig en su célebre Momentos estelares de la humanidad.
Efectivamente, hay instantes que abren caminos de siglos. Y así ocurrió con el protagonista cuya fiesta se celebra hoy: san Agustín de Canterbury, un hombre que, gracias a su audacia y a la visión de un Pontífice, cambió el rumbo espiritual de Inglaterra y encendió una llama que, contra todo pronóstico, no se ha apagado hasta hoy.
Una isla sin culto y un Papa con visión
Corría el año 596. Inglaterra llevaba siglos sin apenas culto cristiano. La primera evangelización, ocurrida durante la ocupación romana, había quedado prácticamente reducida a cenizas tras las invasiones de anglos y sajones.
Pero un hombre de oración y mirada amplia, tuvo un gesto aparentemente pequeño pero con consecuencias descomunales. El Papa Gregorio I —san Gregorio Magno—, preocupado por la situación de las Islas Británicas, decidió actuar.
Gregorio, que había fundado el monasterio de San Andrés en Roma, puso al frente de la misión a un hombre de su confianza: Agustín, su antiguo sucesor como abad, conocido por su celo, firmeza y espíritu misionero.
La idea inicial del Papa había sido formar a jóvenes esclavos ingleses como sacerdotes y enviarlos de vuelta a su tierra natal. Pero el plan era lento, y el tiempo apremiaba. Así que optó por una estrategia más directa: enviar a 40 monjes de inmediato.
Temor en el camino y una decisión firme
El viaje no fue sencillo. En Francia, al hacer escala en un monasterio de la Provenza, escucharon historias escalofriantes sobre los paganos británicos. Tanta fue la angustia que Agustín regresó a Roma a pedir instrucciones. Pero Gregorio les alentó a volver y a seguir adelante con la empresa.
Volvieron. Esta vez mejor preparados, incluso con intérpretes, cruzaron el canal de la Mancha y desembarcaron en Kent, al sudeste de Inglaterra. Y lo inesperado ocurrió.
El rey Etelberto de Kent, casado con una princesa cristiana, santa Berta, los recibió en persona. Les ofreció alojamiento en Canterbury, capital de su reino, y libertad para predicar. Era una chispa. El resto lo haría el fuego del testimonio.
La fe se abre paso
La conversión no fue inmediata, pero sí imparable. Agustín y sus compañeros vivían austeramente, oraban, ayudaban, predicaban. El ejemplo hablaba más que los discursos. Y Etelberto acabó abrazando la fe cristiana. Fue el primer rey anglosajón en recibir el bautismo. Detrás de esa decisión estaba, seguramente, también la discreta pero firme influencia de su esposa Berta.
Los milagros se sucedían, los signos se multiplicaban, y la noticia llegó a Roma. Gregorio se llenó de gozo y ordenó al obispo de Arlés que consagrara a Agustín como obispo de los ingleses. Más tarde, le concedió el palio arzobispal, signo de autoridad, y convirtió Canterbury en el nuevo centro espiritual de la isla.
Una obra que no muere
El rey Etelberto cedió su palacio para que fuera convertido en monasterio y residencia del obispo. La misión florecía. Nuevos monjes llegaban desde Roma. La cristiandad, que parecía extinguida, resucitaba.
Agustín de Canterbury murió el 26 de mayo del año 604, el mismo año que el Papa que lo envió. Había entregado todo pero había dejado una semilla plantada en tierra firme.
Sus restos reposan en lo que hoy es la catedral de Canterbury, testigo de una historia que no se entiende sin aquel 'sí' pronunciado en Roma, sin aquella travesía temblorosa, sin aquella fe que supo esperar y encender.