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Residen unas 40 monjas en la Abadía Benedictina de Nuestra Señora de la Fidelidad en JouquesAbadía de Jouques

Las 45 monjas que cultivan la tierra y las vocaciones: dos siglos de fruto benedictino en la abadía de Jouques

No es ni un paradero ni un refugio turístico: la vida en Jouques se organiza entre los oficios litúrgicos, los talleres y el cultivo de la tierra

Algunos lugares parecen hechos para ser oasis de paz, pero no todos logran serlo. No se trata de silencio vacío ni de ausencia de actividad, sino de la paz que nace de una vida orientada a Dios, donde cada gesto se convierte en instrumento de su obra.

A poco más de veinte kilómetros de Aix-en-Provence, Francia, sobre una meseta que vigila el valle del Durance, se abre un pequeño mundo de contemplación y dedicación que marca el ritmo de cada día.

La Abadía Benedictina de Nuestra Señora de la Fidelidad en Jouques no es un museo ni un refugio para turistas: allí la vida se organiza siguiendo la Regla de San Benito, entre oración, estudio y trabajo, en un orden que ha sabido sostenerse durante décadas.

Reparar los ultrajes de la Revolución

El origen de estas monjas empieza en las cercanías de París, tras los ecos de la Revolución francesa. En 1816 surgió la Abadía de Saint Louis-du-Temple gracias a Louise-Adélaïde de Bourbon-Condé, prima del rey Luis XVI. Tras 11 años de exilio, había hecho sus votos en Varsovia y al regresar recibió del rey Luis XVIII la propiedad del Temple, donde la familia real estuvo prisionera. Desde su regreso, una misión la marcaba: reparar los ultrajes de la Revolución y honrar la memoria de la familia real prisionera, fundando un lugar de oración y recogimiento en plena Francia del XIX.

Tras el cierre forzado del Temple en 1848, la comunidad se trasladó a la rue Monsieur, en el corazón de la capital, convirtiéndose en un centro de espiritualidad y diálogo intelectual. Allí se alojaron abades, sacerdotes y misioneros, y la vida litúrgica del convento influyó en escritores y artistas. Incluso figuras como san Juan Bosco y el futuro Papa Pablo VI caminaron por sus pasillos.

El destino llevó a las monjas hacia Limon, Borgoña, en 1951 y, finalmente, a Jouques, Bocas del Ródano, en 1967, donde adquirieron un viñedo que posteriormente se convirtió en monasterio. Desde entonces, la abadía ha crecido y se ha renovado, ampliando la biblioteca, construyendo un campanario y remodelando jardines y espacios de trabajo. Este lugar mantiene viva la esencia benedictina de Ora et labora, ofreciendo un testimonio de fe y constancia que ha resistido más de dos siglos.

Poner la mira en las cosas de arriba

La jornada comienza a las cinco de la mañana con los matines, seguida del desayuno y la lectura espiritual. Continúa con laudes, misa y trabajo: en el huerto, en el taller de iluminación, elaborando mermeladas o dedicándose a la artesanía. Cada tarea, por sencilla que parezca, forma parte de un entramado de fraternidad; la cocina, la lavandería, el mantenimiento del monasterio y la producción agrícola aseguran la subsistencia de la comunidad.

Bajo el sol de la Provenza, las monjas de la abadía de Jouques trabajan con la constante presencia de Dios

Bajo el sol de la Provenza, las monjas de la abadía de Jouques trabajan con la constante presencia de DiosAbadía de Jouques

Entre olivos, lavanda, viñas y almendros, las monjas cultivan la tierra con la misma atención con que cultivan su espíritu. Por la tarde, la jornada sigue marcada por la rutina monástica: tras las Nonas, recitadas alrededor de las 3 de la tarde, y unas horas de trabajo, rezan las vísperas, disfrutan de un breve recreo y se reúnen en el refectorio para la cena. Tras el servicio y el lavado de platos, el día concluye a las ocho con Completas, la oración final que cierra la jornada y sella su ritmo de vida contemplativa.

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El trabajo manual es una extensión de la oración litúrgica y personal, lo que se conoce como la «oración de las manos»Abadía de Jouques

Centinelas del Absoluto

Y no solo eso: la creatividad también ocupa un lugar destacado. En los talleres de iconografía e iluminación, cada pincelada y cada letra tallada son un ejercicio de precisión y devoción. El estudio intelectual también tiene su espacio, desde la formación personal hasta la traducción de textos latinos para Éditions Sources Chrétiennes. Sin embargo, el trabajo monástico no persigue el lucro: forma parte de la vida de la monja como extensión de la oración litúrgica y personal, lo que se conoce como la «oración de las manos», vivida como un auténtico servicio.

La abadía no está cerrada al mundo: acoge a huéspedes que buscan silencio y contemplación, siguiendo la tradición de san Benito, para quien recibir al visitante es recibir al propio Cristo. Además, la comunidad comparte su modo de vida a través de una pequeña tienda donde ofrece productos artesanales y locales —desde mermeladas y aceites hasta vinos, pasta de aceitunas o jabones de lavanda—, fruto de su trabajo cotidiano.

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Mermelada de naranja amarga hecha por las monjas de la abadíaAbadía de Jouques

Hoy, unas 45 monjas mantienen la vida contemplativa en la Abadía de Jouques, siguiendo la tradición de san Benito, que subraya tres principios fundamentales: respeto por la dignidad de cada persona, trabajo como servicio a Dios y a los demás, y la oración como eje de toda actividad, un espíritu que san Juan Pablo II resumió al decir: «Vosotros sois la expresión del alma contemplativa de la Iglesia: perseverad en vuestro deber de centinelas vigilantes del Absoluto, en diálogo constante con Dios, para presentarle las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias del hombre de hoy».

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