John Newman (1881), óleo sobre lienzo de John Everett Millais
El poeta, santo y doctor de la Iglesia que suplicó a Dios que le guiara: «La noche es oscura y estoy lejos de casa»
El gran converso del siglo XIX, que llegó a considerar al Papa como el Anticristo, será proclamado este sábado por León XIV como el 38º Doctor de la Iglesia
Ser Doctor de la Iglesia no es cuestión de inteligencia. Así lo explicó este jueves, 30 de octubre, el sacerdote inglés George Bowen, oratoriano y postulador de la causa de canonización de san John Henry Newman y de su proclamación como Doctor de la Iglesia, en un encuentro para periodistas en Roma.
«Se trata de decir algo atemporal sobre la enseñanza de la Iglesia. Expresar con palabras algo en el sentido de que sea eminente, algo que destaque», aseguró. Los escritos, añadió, deben ser fieles al magisterio y provenir de alguien santo, que hable dentro de la Iglesia, para la Iglesia y para el mundo.
Se puede haber escrito una biblioteca entera —una vasta producción, como hizo Newman— o una sola obra, como santa Teresa de Lisieux con Historia de un alma, y aun así ser proclamado Doctor de la Iglesia. Lo decisivo no es la cantidad, sino la cualidad: ambos comparten una misma característica, la capacidad de enseñar de forma atemporal, con una voz que sigue resonando hoy y que continúa hablando a la Iglesia en todo el mundo. A lo largo de la historia, han sido muy pocos los Doctores de la Iglesia: hasta ahora solo 37. Con Newman, desde este 1 de noviembre, son ya 38.
De la Iglesia de Inglaterra al corazón de Roma
Nacido en Londres en febrero de 1801, John Henry Newman creció en el seno de una familia anglicana: su madre era de ascendencia hugonota y su padre, banquero, tenía convicciones religiosas tolerantes. Educado en la prestigiosa Great Ealing School, desde joven destacó por su aguda inteligencia. Sin embargo, tras la quiebra del banco familiar en 1816, Newman atravesó una profunda crisis espiritual que lo llevó a abrazar el calvinismo más riguroso, llegando incluso a considerar al Papa como el Anticristo.
Años más tarde, el 29 de mayo de 1825, fue ordenado presbítero anglicano e inició un camino de búsqueda teológica que lo convertiría en uno de los predicadores más influyentes de la Iglesia de Inglaterra. Fue una de las figuras más destacadas del Movimiento de Oxford, que reunía a intelectuales cristianos ingleses decididos a promover una renovación espiritual en su país.
Pero su búsqueda honesta de la verdad lo fue llevando, poco a poco, a una conclusión que cambiaría su destino: la plenitud de la fe cristiana no se encontraba en la Iglesia de Inglaterra, sino en Roma. Aquella certeza, sin embargo, no llegó sin desgarro. Newman sabía que su conversión le costaría amigos, familia y prestigio académico. Todo lo que había construido parecía tambalearse.
En medio de esa crisis interior, durante una travesía por mar cerca de la costa de Sicilia, enfermo de cuerpo y alma, sintió que ya no podía sostener el timón de su vida. Entonces, del corazón del teólogo brotó la súplica del creyente: Lead, Kindly Light —Guíame, Luz benévola, también conocida como The Pillar of the Cloud, el Pilar de la Nube.
El título se inspiró en el pasaje del Éxodo (13, 21-22) donde Dios guía a su pueblo en la noche del desierto: «El Señor iba delante de ellos: de día, en una columna de nube, para guiarlos por el camino; y de noche, en una columna de fuego, para alumbrarlos, a fin de que pudieran caminar de día y de noche».
Newman transformó su confusión en oración: a pesar de las tribulaciones y las dudas, rogaba que Dios no dejara de conducirlo, paso a paso, a través de la oscuridad. En su súplica sencilla resuena la experiencia de toda alma que, «hasta que la noche se disipe», aprende a confiar y a dejarse guiar por la Providencia.
'Guíame, Luz Benévola'
guíame;
la noche es oscura y estoy lejos de casa,
guíame.
Guarda mis pasos;
no pido ver el paisaje lejano;
un paso me basta.
Nunca fui así, ni rogué que me guiaras;
me encantaba elegir y ver mi camino; pero ahora
guíame.
Amaba el día deslumbrante y, a pesar de los temores, el orgullo dominaba mi voluntad;
no recuerdes los años pasados.
Tu poder me ha bendecido por tanto tiempo,
seguro que aún me guiará.
Sobre páramos y ciénagas, sobre riscos y torrentes,
hasta que la noche se disipe;
y con la mañana sonrían esos rostros angelicales,
que amé hace tiempo y que perdí por un tiempo.