Hubo un reconocimiento especial para los educadores, voluntarios y hermanas, cuya entrega diaria es, según el Papa, un testimonio vivo de la ternura fiel de Dios que nunca falla: «Cuidando a estos niños, saborean la alegría prometida por el Señor a quienes sirven a los pequeños. Su dedicación tiene el rostro de la misericordia divina».