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Juana De Arco de Albert Lynch

Juana De Arco de Albert Lynch

Analfabeta, de 17 años y al mando de 5.000 soldados: 117 años de la beatificación de la 'soldado de Dios'

Una efeméride que recuerda cómo la Iglesia corrigió la injusticia de un proceso convertido en farsa que terminó en ejecución, y vindicó la figura de una campesina entendida como instrumento de la Providencia en la historia

El 18 de abril de 1909, la Basílica de San Pedro se vestía de gala para la beatificación de Juana de Arco a manos del Papa San Pío X. Aquel sábado la Iglesia ponía el sello oficial a lo que el pueblo ya sabía desde hacía siglos: que la joven quemada como herética y bruja en 1431 en Ruan era en realidad una mártir y una heroína, referente y guía para los soldados que liberaron Francia de los ingleses.

La historia de su vida no es la de una leyenda transmitida de boca en boca a lo largo de los siglos, sino la de un caso excepcional bien documentado que permite reconstruir con notable precisión la trayectoria de una mujer de una sorprendente actualidad. En la Francia de comienzos del siglo XV circulaban además profecías que anunciaban la llegada de una «Pucelle» —una doncella— destinada a salvar al país en un momento de grave crisis.

Nacida en 1412 en una familia campesina de Domrémy, Juana no fue una mística de clausura, sino una joven laica que con apenas 17 años se vio envuelta en los conflictos más duros de su tiempo. Muy pronto, su figura comenzó a despertar expectativas en su entorno. Su tío la llevó ante el comandante de la guarnición más cercana, quien en un primer momento la desestimó. Sin embargo, el contexto de aquellas profecías y el clima de desesperación general hicieron que algunos campesinos y soldados empezaran a verla como una enviada de Dios.

Una misión imposible y un ejército de 5.000 hombres

Con solo trece años, Juana comenzó a escuchar las voces del arcángel san Miguel, santa Margarita y santa Catalina, quienes le encomendaron una tarea que hoy calificaríamos de delirante: liberar a Francia del dominio inglés y coronar al Delfín Carlos. Pese a ser analfabeta, Juana demostró una audacia y una confianza absoluta en sus «voces» que dejaron boquiabiertos a los nobles de la época.

No solo montaba a caballo con una destreza superior a la de muchos guerreros experimentados, sino que con solo 17 años fue puesta al frente de un ejército de varios miles de hombres, siempre con su estandarte de Jesús y María en mano. Su presencia en el campo de batalla no era testimonial: elevó la moral de un ejército derrotado y logró lo imposible, levantando el sitio de Orleans en mayo de 1429 y allanando el camino para la coronación de Carlos VII en Reims.

El proceso farsa

La caída de Juana fue tan rápida como su ascenso. Capturada en 1430 por los borgoñones y vendida a los ingleses, fue sometida a un proceso eclesiástico con fuerte interferencia política en Ruan. El tribunal, encabezado por el obispo Pierre Cauchon —fiel a los intereses ingleses—, ya tenía la sentencia escrita antes de comenzar la primera audiencia.

Sus interrogadores quedaron sorprendidos por la entereza y la prudencia de sus respuestas. Le plantearon una pregunta capciosa: si se encontraba en la gracia de Dios. Responder afirmativamente implicaba, según la doctrina de la época, una presunción indebida; negarlo suponía admitir su propia culpa. Su respuesta desactivó la trampa: «Si no lo estoy, que Dios me ponga allí; y si lo estoy, que Dios me mantenga así. Sería la criatura más triste del mundo si supiera que no estoy en su gracia».

A pesar de su elocuente sabiduría, se la acusó de herejía, blasfemia y brujería, utilizando incluso el hecho de vestir ropas masculinas como prueba condenatoria. Lo más sangriento de su historia no fue solo el fuego de la hoguera, sino la indiferencia del rey Carlos VII, quien tras haber sido coronado gracias a ella, no la liberó de sus captores. El 30 de mayo de 1431, Juana moría en la plaza del mercado viejo de Ruan pidiendo que sostuvieran ante ella un crucifijo y pronunciando el nombre de Jesús hasta su último aliento.

La justicia tardó en llegar pero fue contundente. Veinticinco años después de su ejecución, un nuevo proceso de rehabilitación, iniciado precisamente por el arrepentido rey Carlos, declaró nula la condena original con apoyo de la autoridad eclesiástica. Sin embargo, hubo que esperar hasta principios del siglo XX para que Roma iniciara el proceso que culminaría este sábado hace 117 años con su beatificación, paso previo a su canonización definitiva en 1920 por Benedicto XV.

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