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Un soldado se prepara para el ataque en una trinchera

Un soldado se prepara para el ataque en una trincheraGetty Images

¿De la guerra puede salir algo bueno? Cinco santos que se fraguaron en las trincheras

A veces, las «armas de Dios», el «escudo de la fe» o «la espada del Espíritu», de las que habla san Pablo en su carta a los Efesios, llegan al corazón después de haber empuñado, en un campo de batalla, las armas de acero o fuego concebidas para segar la vida ajena

San Ignacio de Loyola, san Francisco de Asís, santa Juana de Arco, san Maximiliano Kolbe, san Pablo Miki… A lo largo de la historia de la Iglesia, han sido numerosos los santos que han tenido un pasado militar, y tantos otros para quienes el encuentro con Cristo en el terreno de la vida les sucedió tras haber bajado al fango de las trincheras y de la violencia.

Estas seis historias, algo menos conocidas, son ejemplo de cómo la guerra puede ir más allá del combate físico para convertirse en una batalla espiritual por la fidelidad a Cristo Jesús, el Señor, vencedor de toda cruz e incluso de la muerte.

San Expedito (s. III): Un centurión siempre pronto a seguir a Cristo

San Expedito

San Expedito

Aunque rodeada más de leyenda que de documentación histórica, la figura de san Expedito ha sido venerada por la Iglesia como la de un centurión del ejército romano destinado en Armenia, y convertido al cristianismo en el contexto de las persecuciones imperiales de finales del siglo III.

Su nombre latino, Expeditus, aludía originalmente a los soldados «ligeros», sin cargas innecesarias, siempre listos para la acción. La hagiografía cristiana transformó ese dato militar en una catequesis espiritual. La leyenda cuenta que, en el momento de decidirse por Cristo, Expedito fue tentado por el demonio a aplazar su conversión. El tentador se le apareció en forma de cuervo, repitiendo una sola palabra: cras (mañana). Expedito, consciente de que retrasar la entrega a Dios era ya una forma de negarla, aplastó al cuervo y respondió con firmeza: hodie (hoy). Esa escena, recogida en la iconografía tradicional, convirtió a san Expedito en símbolo del cristiano que no negocia ni posterga su fidelidad, aunque esta pueda conducirlo al martirio. La verdad no conoce rebajas, ni demoras.

Aunque su culto fue retirado del martirologio oficial en 1906 por falta de datos históricos precisos sobre su vida, la Iglesia reconoce que su testimonio tradicional inspira a los fieles a responder sin vacilación a Dios, incluso en medio de ambientes hostiles.

San Martín de Tours (s. IV): El legionario que partió su capa con Dios

San Martín de Tours

San Martín de ToursMarcel Crozet

Martín nació en el seno de una familia militar, en el corazón del Imperio romano, y también él sirvió como soldado en las legiones. Sin embargo, su encuentro con un mendigo desamparado a orillas de Amiens cambió el rumbo de su vida… y de la Iglesia occidental. Según la tradicional narración hagiográfica, Martín volvía de una campaña cuando se topó con un pobre moribundo. Como la mitad de sus propiedades pertenecían a Roma, partió su capa con su espada, y le cedió su parte al mendigo para poder abrigarse.

Aquella noche, en sueños, recibió una visión de Jesucristo vestido con ese trozo de manto. Este encuentro marcó su conversión al cristianismo, y poco después solicitó ser bautizado, abandonó el ejército y empezó a servir exclusivamente a Cristo. Con el tiempo se convirtió en monje y llegó a obispo, dedicando su vida a la evangelización de las Galias y a la atención de los pobres. Su ejemplo primero, y su devoción después, se expandieron por toda Europa. San Martín representa al soldado cuya fe supera cualquier lealtad terrena, la oportunidad de la conversión que siempre brinda Dios, y que la mayor victoria no es otra que la de entregarle a Él el corazón para servir a los demás.

Mártires de Otranto (Italia, 1480): Sastres, agricultores y artesanos, fieles hasta la muerte

Los mártires de Otranto

Los mártires de Otranto

Entre los ejemplos más conmovedores de fe curtida en la guerra está el de los ochocientos trece mártires de Otranto, reconocidos por Benedicto XVI y canonizados por el Papa Francisco el 12 de mayo de 2013.

En 1480, durante el asedio contra esta ciudad del sur de Italia por las fuerzas otomanas del visir Gedik Ahmed Bajá, la población cristiana –principalmente, los varones mayores de quince años– fue hecha prisionera por los invasores musulmanes, y obligada a elegir entre abjurar de su fe o morir.

Quienes primero habían empuñado las armas para defender sus hogares y su modo de vida, comenzaron a animarse entre ellos para no desfallecer. Herreros, zapateros, hortelanos, comerciantes, incluso jóvenes y adolescentes miraron de frente y con valor a sus captores: les dijeron que permanecerían fieles a Cristo y que, por tanto, aceptaban ser decapitados por no renegar de su bautismo. No es que aceptaran ser asesinados: es que entregaban libremente su vida para no convertirse al islam.

El primero en morir fue quien más exhortó a sus convecinos: Antonio Primaldo, un anciano, sastre de profesión. Su sacrificio heroico representa una de las páginas más dramáticas y luminosas de la Iglesia: un grupo de hombres corrientes, sobrevenidos en soldados por la dureza de los tiempos, que pierden la batalla mundana contra el enemigo… pero salen victoriosos de la gran guerra espiritual que conduce al cielo.

San José Sánchez del Río (México, 1928): Valentía adolescente en la Guerra Cristera

José Sánchez del Río

José Sánchez del Río

Apenas tenía catorce años cuando José Sánchez del Río se convirtió en uno de los símbolos más extraordinarios de la defensa de la fe, y de la libertad religiosa, durante la Guerra Cristera que la masonería desató en México entre 1926 y 1929.

Natural de Sahuayo, Michoacán, Joselito insistió a sus padres para que le dejaran unirse a los cristeros, las milicias populares que se enfrentaban a las huestes anticatólicas de Plutarco Elías Calles, el presidente mexicano, masón y sanguinario, que había proscrito la fe católica y trataba de imponer una Iglesia nacional, al modo de la Iglesia patriótica en la actual China comunista.

Aquellos milicianos dudaron, por su temprana edad, en aceptar a Joselito en sus filas. Pero una vez acogido, el muchacho sirvió con valentía en los campamentos: cuidaba los caballos, preparaba alimentos y animaba con devoción a sus compañeros. En una acción heroica, cedió su propio caballo a su general para que pudiera escapar, mientras él afrontaba el peligro.

Capturado por las fuerzas federales, fue torturado cruelmente, pero no para que delatara a sus compañeros, sino para hacerlo renegar de su fe. Aquel joven, sin embargo, proclamó hasta el final, con voz firme y también con llanto, el grito de los cristeros: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!». Finalmente, fue ejecutado el 10 de febrero de 1928, después de haber sufrido terribles torturas y mutilaciones. Menos de un siglo después, en 2016, aquella víctima, aparentemente derrotada por las fuerzas del mal, era canonizado en la plaza de San Pedro. Y hoy, san José Sánchez del Río es modelo de valentía y coherencia, incluso frente a la violencia bélica.

Beato Franz Jägerstätter (Austria, 1943): Fe y conciencia frente al totalitarismo

la editorial Encuentro ha publicado todos los escritos inéditos del beato

La editorial Encuentro ha publicado todos los escritos inéditos del beato

Franz Jägerstätter, un campesino austríaco llamado a filas durante la Segunda Guerra Mundial, dio un testimonio singular de fe y no violencia. Cuando la Alemania nazi anexionó Austria en 1938, Jägerstätter se opuso públicamente, siendo el único en su pueblo que votó en contra del Anschluss.

La voz de su fe se plasmaba en el interior de su conciencia: ante el mal omnímodo que le sobrevenía, él se sentía llamado a una resistencia no violenta, pero no por ello menos firme. En 1943, ya en plena guerra, se negó tanto a combatir como a apoyar militarmente al Tercer Reich. Y, como aquellos primeros cristianos que se negaban a incensar las estatuas del César, Jägerstätter rechazó firmar la obligación de lealtad al Führer, pues sólo doblaba su rodilla al nombre de Jesús. Se ofreció, en cambio, a servir como paramédico en el frente para atender a los caídos, pues él sabía cuántos jóvenes alemanes morían en el frente, no por compartir las ideas del nazismo, sino por haber sido obligados a alistarse.

Esta objeción de conciencia, argumentada desde su fe católica, le valió el arresto, un juicio sumario y, finalmente, la ejecución por guillotina. Su fidelidad hasta la sangre demuestra que el verdadero valor del cristiano no reside en las armas, sino en la obediencia a Dios por encima de cualquier ley humana injusta. Franz es hoy patrón de quienes, por motivos de conciencia religiosa, se niegan a participar en actos moralmente reprobables y contrarios a la verdad que nace del Evangelio.

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