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Las monjas 'calculadoras' del Vaticano

Las monjas 'calculadoras' del Vaticano

Las 'calculadoras' del Vaticano: las cuatro monjas que pusieron nombre a medio millón de estrellas

Descubierto décadas después tras un largo olvido, su trabajo fue la respuesta del Papa León XIII a quienes acusaban a la Iglesia de dar la espalda al progreso

El firmamento que hoy observamos le debe una parte de su orden a cuatro mujeres cuyos nombres fueron, durante casi un siglo, figuras ocultas entre legajos del archivo vaticano. Emilia Ponzoni, Regina Colombo, Concetta Finardi y Luigia Panceri no eran científicas de carrera, sino monjas de la congregación de María Bambina que, armadas con una paciencia infinita y una agudeza visual fuera de lo común, se convirtieron en las 'calculadoras' del cielo. Su contribución a la astronomía moderna fue enorme, hasta tal punto que el Vaticano fue uno de los Estados que más contribuyó a la elaboración de uno de los primeros mapas del cielo.

Un proyecto para «llenar el cielo»

Todo comenzó en 1887 con la Carte du Ciel (el Mapa del Cielo), un ambicioso proyecto internacional liderado por el Observatorio de París que pretendía fotografiar y catalogar las coordenadas de millones de estrellas. El Vaticano, bajo el pontificado de León XIII, decidió sumarse a esta aventura científica. No era solo una cuestión de astronomía; el Papa buscaba acallar las voces que acusaban a la Iglesia de oponerse a la ciencia, demostrando que Roma no solo no se mostraba en contra de esta, sino que la promovía.

Sin embargo, el trabajo era ingente. Se necesitaban personas capaces de realizar cálculos mecánicos y tediosos para identificar la posición exacta de cada astro en las placas fotográficas. Fue el jesuita Johann Hagen, el primer director del Observatorio Vaticano, quien tras observar que en otros centros europeos eran mujeres las que realizaban esta labor, sugirió la idea de recurrir a religiosas.

El jesuita Johann Hagen

El jesuita Johann Hagen

Paciencia y predisposición

En 1909, el arzobispo de Pisa, Pietro Maffi, (quien también era científico y astrónomo) envió una carta a la superiora de las hermanas de María Bambina con una petición inusual: necesitaba dos hermanas con visión , paciencia y predisposición al trabajo metódico. Aunque inicialmente la congregación dudó, pues la astronomía parecía alejada de su misión de caridad, en 1910 las dos primeras monjas comenzaron su labor, a las que pronto se unirían otras dos debido a la magnitud de la tarea.

Durante once años, entre 1910 y 1921, estas cuatro religiosas pasaron sus jornadas pegadas a los microscopios, analizando placas de vidrio del firmamento. El resultado fue asombroso: anotaron la localización y luminosidad de 481.215 estrellas.

Su labor no pasó desapercibida para los Pontífices de su tiempo. El Papa Benedicto XV las recibió en audiencia privada en 1920 y, años más tarde, Pío XI las condecoró con una medalla de plata por su minucioso servicio. Pese a ello, sus nombres se hundieron en el anonimato hasta que en 2016, el jesuita Sabino Maffeo, archivista del Observatorio, encontró por casualidad los documentos que les devolvían su identidad.

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