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Padre damian

El padre Damian murió a los 49 años consumido por la lepra

El cura que eligió ser leproso: el increíble sacrificio en la «isla de la muerte» que la Iglesia no olvida

José de Veuster, más conocido como el padre Damián y hoy santo, se adentró en el infierno de Molokai cuando nadie quería acercarse

En pleno siglo XIX, la lepra era una condena invisible que aislaba y exterminaba sin piedad. Ante el riesgo de una epidemia descontrolada en Hawái, el rey Kamehameha IV tomó la decisión drástica de aislar a todos los enfermos en la isla de Molokai, un rincón del Pacífico que pronto se conoció como la «colonia de la muerte». Allí, los infectados vivían en condiciones infrahumanas, rodeados de abandono y sin el menor consuelo espiritual.

Un paso al frente hacia una condena segura

La suerte de estas almas de Dios preocupaba profundamente a la Iglesia. El obispo Louis Maigret,–destacado misionero católico francés y el primer vicario apostólico de las Islas Sandwich (actual diócesis católica de Honolulu en Hawái)–sabía que enviar a alguien allí era firmar una sentencia de muerte. Sin embargo, cuando se pidió voluntarios, cuatro misioneros dieron un paso al frente. El primero en partir fue un joven belga llamado José de Veuster, quien al ingresar en la Congregación de los Sagrados Corazones había tomado el nombre de padre Damián.

Su motivación era verdaderamente clara y radical: «Ningún sacrificio es demasiado grande si se hace por Cristo». El 10 de mayo de 1873, Damián desembarcó en Molokai, no como un visitante, sino como un hermano dispuesto a compartir el destino de los más olvidados.

Transformar un cementerio

Damián no se limitó a la oración. Con sus propias manos, transformó aquel cementerio viviente en una comunidad. Construyó una iglesia, un hospital, una escuela y viviendas para los desfavorecidos, devolviendo la fe y el sentido de la vida a quienes ya se daban por muertos.

En 1885, tras años de contacto directo con los enfermos a los que cuidaba y abrazaba, el misionero notó los primeros síntomas en su propio cuerpo. A los 45 años recibió el diagnóstico: tenía lepra. Pese a las recomendaciones de abandonar la isla para recibir tratamiento, su respuesta fue la de un alma entregada: «Me quedo con mis leprosos, hasta el final».

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El padre Damian murió el 15 de abril de 1889, a los 49 años, tras cuatro años de sufrimiento físico por la lepra

El padre Damián murió a los 49 años, el 15 de abril de 1889, tras cuatro años de calvario físico en los que quedó ciego y consumido por la enfermedad. Su sacrificio no fue en vano; su ejemplo conmovió incluso a sus críticos y calumniadores, quienes se acercaron a él antes de su muerte para pedir perdón y abrazar la fe.

Su labor fue reconocida oficialmente por la Iglesia décadas después. Juan Pablo II lo beatificó en 1994 y, finalmente, Benedicto XVI lo canonizó en 2009, declarándolo patrono de quienes trabajan con enfermos de lepra. El padre Damián, como tantas vidas edificantes de los santos, fue un ejemplo de aquello con lo que san Pedro resumió la vida de Jesucristo: «pasó haciendo el bien». Una frase que también puede definir el paso de cada alma por este mundo: una existencia entregada con grandeza al servicio de los demás.

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