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El cardenal Rouco saluda a Benedicto XVI durante la JMJ de 2011

El cardenal Rouco saluda a Benedicto XVI durante la JMJ de 2011GTRES

La España que encontró Benedicto XVI y la que encontrará León XIV

De la euforia de la JMJ de 2011 a una nación polarizada, envejecida y en fase de descristianización: quince años separan la última gran cita papal en Madrid de la inminente visita de León XIV

Cuando Benedicto XVI aterrizó en el aeropuerto de Barajas el 18 de agosto de 2011, España era un país que vibraba con el eco del «esta es la juventud del Papa» en un Cuatro Vientos desbordado por 1,5 millones de peregrinos. Quince años después, la visita de León XIV este 2026 dibuja un paisaje distinto, pero no por ello menos vigoroso.

La Iglesia no ha perdido su capacidad de convocatoria: sigue llenando y desbordando plazas y viajes, como demostraron los jóvenes españoles en el Jubileo de los Jóvenes en Roma —llegando incluso a ser más numerosos que los propios italianos—, o como se verá en la movilización prevista en España para estos días. La diferencia es otra: esa fuerza de masas se ha diversificado hacia una presencia más social y capilar.

Breve recordatorio: en 2011, Benedicto XVI fue recibido por José Luis Rodríguez Zapatero en el ocaso de su mandato. Ahora, León XIV se encontrará con un Gobierno liderado por Pedro Sánchez, ambos gobiernos con una agenda que ha derivado intencionadamente en políticas anticristianas, como el intento de blindar el aborto en la Constitución, la aprobación de la ley de eutanasia, la reducción de la presencia de capellanes en prisiones y hospitales o la insuficiente financiación del sistema hacia colegios concertados católicos.

Por otra parte, el Papa se encontrará con una Iglesia que ha tenido que realizar una dolorosa pero muy necesaria investigación interna sobre los abusos a menores, un tema que ha dominado la opinión pública y que ha desgastado la credibilidad de la institución, a pesar de que los índices de abuso en España son sensiblemente inferiores a los de otros países europeos. Además, la Iglesia española se ha convertido en la primera entidad en establecer mecanismos de reparación para las víctimas de abusos legalmente prescritos. De hecho, en octubre de 2025, el Vaticano destacó el esfuerzo de la Conferencia Episcopal Española en la gestión de todo ello.

Una Iglesia más pequeña, pero más auténtica

Los datos sacramentales reflejan una España que ha cambiado su forma de vivir la fe. En 2011, la Iglesia registraba 292.143 bautizos; hoy, esa cifra ha descendido a 146.370, según los últimos datos del ejercicio 2024. También las bodas eclesiásticas han caído de forma significativa, pasando de 67.313 a 31.462 en el mismo periodo. En cambio, las confirmaciones —entendidas como el sacramento de la madurez cristiana— muestran una evolución mucho más estable, pasando de 109.275 en el año de la JMJ a 103.535 en 2024.

Esta cifra refleja la existencia de una generación para la que la fe ya no es solo una herencia recibida, sino una opción asumida personalmente. Es la España que León XIV encontrará: menos nominal, pero más convencida; menos numerosa, pero más arraigada en su vida interior. Una generación que vive la fe a partir de una experiencia personal de conversión, mientras que en generaciones anteriores la fe, aunque más extendida, se vivía más como una herencia cultural, sin llegar muchas veces a ser una elección consciente que transformara verdaderamente la vida. Por otra parte, las estadísticas apuntan a una sociedad más tolerante y abierta hacia lo religioso y lo espiritual.

Religiosas el Día Mundial de la Juventud durante la JMJ de Madrid en 2011

Religiosas el Día Mundial de la Juventud durante la JMJ de Madrid en 2011Arturo Rodriguez

El peso del laicado

Un cambio significativo en la fisonomía de la Iglesia se percibe en la acción misionera y universitaria, un terreno donde las cifras muestran una evolución dispar. Mientras que en 2011 España enviaba a 14.000 misioneros a todo el mundo, en este 2026 la cifra ha descendido hasta los 9.648, reflejando un relevo generacional más austero, pero aún significativo. No obstante, es en la educación superior donde se ha producido una expansión sin precedentes: la Iglesia ha pasado de formar a 78.471 alumnos en sus universidades en la época de Benedicto XVI a los 154.138 universitarios actuales.

La entrega personal también desafía la lógica demográfica. En 2011, sacerdotes y voluntarios dedicaban 49 millones de horas a la actividad pastoral. Quince años después, con casi 5.000 sacerdotes menos, la Iglesia sigue dedicando 48,8 millones de horas a su labor. Esta resiliencia se explica por el auge del laicado: hoy hay más de 407.356 laicos asociados y 82.106 catequistas que sostienen el día a día de las parroquias.

Si la visita de Benedicto XVI fue una reafirmación de la identidad católica en las plazas, el viaje de León XIV también tiene un aroma a periferia. Su paso por Arguineguín, en Canarias, no será casual. La Iglesia en España ha intensificado su labor con los más vulnerables: si en 2011 los centros para mitigar la pobreza asistían a 1,7 millones de personas, hoy la red asistencial de la Iglesia llega a 3,8 millones de beneficiarios.

En este sentido, la labor de Cáritas y Manos Unidas se ha vuelto un fuerte pilar, gestionando recursos que superan los 534 millones de euros anuales para programas de desarrollo y ayuda asistencial.

Un mensaje de paz para las Cortes

León XIV no solo hablará a los fieles, sino que protagonizará un hito histórico: un discurso en el Congreso de los Diputados. En una nación marcada por la herida de la polarización, el Pontífice llega con un mensaje que ya ha adelantado en sus escritos: «La paz se construye en el corazón y a partir del corazón, arrancando el orgullo y las reivindicaciones, y midiendo el lenguaje, porque también se puede herir y matar con las palabras, no sólo con las armas».

Un mensaje que aterriza en una España de 2026 que, con sus 499.183 peregrinos anuales en el Camino de Santiago y sus 22.922 parroquias abiertas, no es una tierra de cenizas, sino una Iglesia que busca y necesita un 'reseteo' pastoral y espiritual. León XIV encontrará una nación que, tras 21 siglos de presencia cristiana, convive en pequeñas comunidades firmes, verdaderas minorías creativas, llamadas a irradiar fe, cultura y caridad.

Una juventud con otros referentes

La España que recibió a Benedicto XVI en 2011 vivía bajo el influjo de una euforia colectiva sin precedentes; el país era todavía el vigente campeón del mundo de fútbol, un hito deportivo que marcó la identidad de toda una generación de jóvenes y generó un clima de optimismo nacional que hoy parece lejano. En aquel entonces, la revolución tecnológica que hoy lo domina todo estaba apenas en pañales: WhatsApp era una novedad que empezaba a popularizarse, Instagram no llegaba al año de vida y fenómenos como TikTok eran simplemente inexistentes. Era un mundo con referentes culturales radicalmente distintos, donde el fútbol dominaba los debates y figuras globales de hoy, como Bad Bunny, eran todavía adolescentes que no habían publicado ni una sola canción, marcando una brecha cultural y de lenguaje profunda con la juventud que ahora espera a León XIV.

Socialmente, el país ha experimentado un 'shock' demográfico silencioso pero contundente, rozando ya los 50 millones de habitantes frente a los poco más de 40 millones de la década anterior, un crecimiento impulsado por una inmigración masiva que ha llegado de forma muy rápida ante el desplome histórico de la natalidad. Esta transformación no solo ha cambiado la fisonomía de las ciudades, sino que ha desplazado las prioridades del ciudadano medio hacia desafíos urgentes de vivienda, convivencia e integración que en 2011 no tenían la misma intensidad. La sociedad que encontrará el actual Pontífice es, por tanto, mucho más heterogénea y multicultural, enfrentando el reto de gestionar una diversidad que ha llegado 'de golpe' y que requiere nuevos modelos de acogida que vayan más allá de la mera asistencia.

Finalmente, el ambiente público que respira hoy el español medio está marcado por una polarización política extrema que parece haberlo contaminado todo, desde las instituciones hasta las relaciones personales, alejando el foco del bien común para centrarlo en intereses partidistas. Esta crispación coincide con una fase de descristianización acelerada, en la que las familias ya no logran transmitir la fe a las siguientes generaciones con la misma naturalidad que antes, lo que se refleja en que menos de la mitad de los niños nacidos son hoy bautizados.

Por eso, tras analizar la situación, las palabras de Joseph Ratzinger en su entrevista radiofónica de 1969 adquieren una renovada actualidad. Allí afirmaba con claridad: «De la crisis actual surgirá una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña y tendrá que comenzar de nuevo casi desde los comienzos», y añadía que «la Iglesia del futuro será una Iglesia más espiritual… interiormente simplificada y espiritualmente más intensa».

No se trataba, insistía, de una mirada pesimista, sino de una lectura esperanzada del cambio histórico: «El futuro de la Iglesia no vendrá de quienes se acomodan, sino de quienes tienen raíces profundas y viven desde la plenitud de la fe». Y remataba con una idea decisiva: «La Iglesia será una Iglesia de convicción, no una Iglesia de costumbre».

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