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Beata María Laura Mainetti

Beata María Laura Mainetti

«¡Señor, perdónalas!»: las últimas palabras de María Laura Mainetti, la beata que perdonó a sus asesinas en pleno rito satánico

Detrás de la tragedia de Chiavenna en el año 2000, donde tres adolescentes inmolaron a una religiosa en un rito satánico, se esconde la historia de una mujer entregada a la educación de los jóvenes y cuyo perdón final logró resquebrajar el odio entre los muros de una prisión

La noche del 6 de junio del año 2000, el silencio de Chiavenna, una localidad lombarda enclavada entre los Alpes italianos, se quebró por una llamada de teléfono. En el convento de las Hijas de la Cruz, una joven que se identificó como «Érica» pidió ayuda urgente: aseguraba estar embarazada tras sufrir una violación y no tener adónde acudir ante la presión familiar para abortar.

Sor María Laura Mainetti, superiora de la comunidad, no dudó en acudir. Avisó al párroco del pueblo, el padre Ambrogio Balatti, quien quiso acompañarla en bicicleta. Al acercarse al lugar de la cita, la religiosa le pidió que se alejara para no asustar a la muchacha. Aquel gesto de delicadeza la dejó a solas con la trampa que tres adolescentes habían preparado contra ella.

La entrega como forma de vida

Para comprender la entereza de sor María Laura en aquella noche oscura, es preciso remontarse a las raíces de una fe forjada en la sencillez y la prueba. Nacida como Teresina Mainetti el 20 de agosto de 1939 en Colico, perdió a su madre durante el parto. Educada por su hermana mayor y por un padre de fe exigente y modesta, creció como una niña tímida, menuda y de mirada profunda.

A los 18 años, mientras luchaba contra una tuberculosis pulmonar que amenazaba con truncar su vocación, escribió en su diario espiritual unas máximas que definirían su existencia: «No pensar en sí mismo, ser una presencia discreta, contentarse con poco, saber dar y recibir». La chispa definitiva de su consagración había prendido poco antes en el confesionario, cuando un sacerdote le dirigió una frase que resonó como un mandato: «Debes hacer algo hermoso por los demás».

En 1958 vistió el hábito de las Hijas de la Cruz, congregación de origen francés volcada en la enseñanza y la atención a los enfermos, y tomó el nombre de sor María Laura. Al profesar sus votos perpetuos en 1964, dejó constancia de su convencimiento: «Servir a Cristo es reinar… que el gozo de mi entrega sea en todo momento conforme a su divina voluntad».

Entra para rezar, sal para amarFrase inscrita en la puerta del oratorio de la comunidad en Chiavenna

A partir de 1984, tras formarse como educadora y prestar servicio en diversas comunidades, sor María Laura se estableció en Chiavenna como profesora, responsable del internado y, más tarde, superiora. Quienes la trataron la recuerdan como una mujer de aparentes contrastes: frágil de salud, pero inagotable en el servicio; de carácter dulce, pero firme en la transmisión de los principios morales.

Sin embargo, a la religiosa no se le escapaba la transformación social de finales del siglo XX. Veía con preocupación el avance de la secularización, el consumismo y la crisis en la transmisión de la fe entre las nuevas generaciones. En 1997, ante el cierre de la escuela parroquial por falta de matriculaciones, escribía: «¡Esperemos que no sea porque somos poco creíbles! Sí, también es un riesgo dejar de ser luz y sal para aquellos a quienes nos acercamos».

Su gran pasión eran precisamente los jóvenes, a quienes no juzgaba, sino que veía como personas desorientadas y necesitadas de acompañamiento. Una antigua alumna recordaría años después el refugio que encontró en ella: «En una época terrible en que carecía de familia, fue la única persona que me amó… Cuando le decía: 'Sor María Laura, nadie me quiere', ella sonreía y me mostraba el crucifijo».

La emboscada y las 18 puñaladas

Aquella inclinación compasiva hacia la juventud fue el cebo utilizado por Ambra (17 años), Milena (16) y Verónica (17), tres adolescentes del propio pueblo. Ambra, ocultándose tras la identidad falsa de 'Érica', guio a la monja por un desvío apartado con la excusa de recoger sus maletas. Allí se unieron las otras dos jóvenes. De forma repentina, una de ellas golpeó a la religiosa en la cabeza con un ladrillo.

Instantes después, la arrastraron malherida hasta un parque municipal cercano. En un macabro ritual ideado tras meses de lectura de publicaciones ocultistas, música de rock satánico y pactos de sangre entre ellas, las agresoras obligaron a sor María Laura a ponerse de rodillas en actitud de sumisión. Mientras la injuriaban, se turnaron para asestarle 18 cuchilladas –seis cada una, en alegoría al número 666 de la Bestia del Apocalipsis– más un golpe decimonoveno propinado por error. Las investigaciones policiales posteriores confirmarían que las tres chicas actuaron de forma plenamente consciente, buscando «emociones fuertes» e inmolando a una víctima inocente para rendir culto al demonio.

Pero en el instante supremo, emergió la auténtica dimensión de su fe. Consciente de que su vida se apagaba, sor María Laura no pronunció palabras de maldición ni de desesperación. Mirando a sus verdugas, pronunció en voz alta sus últimas palabras: «¡Señor, perdónalas!».

El perdón que floreció en la prisión

Pocos días antes de su muerte, sor María Laura había dejado escrita una reflexión en una carta de condolencia: «¿Quiénes somos nosotros para querer sondear, explicar y comprender los proyectos de Dios Padre que se realizan incluso a partir de la maldad humana?». En otra ocasión, hablando del testimonio de los mártires del siglo XX, había comentado a su párroco: «Hacemos lo que podemos, pero nunca somos capaces de entregarnos por entero nosotras mismas; esa entrega total está en el martirio, pero en eso es Dios quien decide».

El 6 de junio de 2020, al cumplirse veinte años de su muerte, el Papa Francisco autorizó la promulgación del decreto que reconocía su martirio por odio a la fe (in odium fidei). María Laura Mainetti fue beatificada el 6 de junio de 2021.

El eco de su perdón llegó también a la prisión. Años después del crimen, Milena escribió a las religiosas de la comunidad de Chiavenna una carta en la que expresaba su arrepentimiento y la importancia que había adquirido para ella la figura de la religiosa: «Hice que sor María Laura cayera en una trampa, la maté y, mientras la estábamos asesinando, ella nos perdonó… Ahora encuentro en ella el consuelo y la gracia de soportarlo todo. Rezo sin parar y estoy segura de que me ayudará a convertirme en una persona mejor».

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